NOTAS AL MARGEN
David Fernández
Andalucía, entre la lealtad y la pataleta
En estos días desapacibles de lluvias continuas, cielos plomizos y vientos rabiosos, solo queda la opción de permanecer en casa y, si acaso, entretenernos contemplando a través de las ventanas lo implacable que son las fuerzas de la naturaleza.
Ensimismado con las gotas de lluvia que rebotan en los cristales, una vieja canción se me viene a la mente. Se trata de Stormy Weather (Tiempo tormentoso), un estándar del jazz de 1933 que fue escrita para el show musical del mítico Cotton Club de Harlem. La letra de la canción utiliza la metáfora del mal tiempo para describir la desolación y la tristeza que invaden a la interprete por la ausencia de su amado. El tiempo meteorológico parece que se estropea cuando uno sufre mal de amores; así al menos lo asegura la letra: “el tiempo está tormentoso desde que mi hombre y yo no estamos juntos, llueve todo el tiempo” y “no sé por qué no brilla el sol en el cielo”.
Aunque los versos no sean precisamente de gran altura literaria, la voz potente y profunda de Etta James trasmite pasión y dolor. En la inconfundible voz de Billie Holiday la melodía se vuelve triste, sugerente y sofisticada y fue la influencia de Lady Day la que inspiró a Frank Sinatra para grabar la mejor versión de este clásico estándar.
La melancolía y el desánimo que me provocan las notas de Stormy Weather como banda sonora de una infame climatología me hacen retrotraerme a un pasado ya lejano en que el tiempo lluvioso era la norma en invierno y el temporal, el vendaval y las tormentas eran compañeros habituales de nuestro día a día. Las calles sin asfaltar se convertían en inmensos barrizales dignos de un pueblo del Oeste, así que las botas de agua eran nuestro calzado cotidiano que generalmente complementábamos con el “impermeable plegable de Gibraltar”. Entonces no existían las alertas, cada uno lidiaba con las borrascas y aguaceros como podía y por malo que fuese el pronóstico meteorológico jamás dejábamos de ir al colegio.
La lluvia, el frío y el viento formaban parte inseparable de nuestro quehacer diario y difícilmente impedían que jugásemos a la pelota, las canicas o el jincote. Mojados y arrecidos llegábamos a casa y allí nos recuperábamos arremolinándonos junto a la mesa con un brasero de picón en el centro.
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