Monticello
Víctor J. Vázquez
Nobleza obliga
Vivimos una época ruidosa, saturada de opiniones y pobre en escucha. No es una percepción subjetiva: es una dinámica social cada vez más evidente. Escuchamos menos porque creemos saber más, porque confundimos información con conocimiento y convicción con verdad. Esta tendencia a no escuchar al otro –a invalidarlo antes incluso de comprenderlo– es uno de los grandes males contemporáneos.
La escucha es un acto profundamente político y ético. Escuchar implica reconocer al otro como legítimo, aceptar que puede tener razón o, al menos, una parte de ella. Sin embargo, hoy predomina la lógica del play: damos al botón para reproducir aquello que confirma lo que ya pensamos y pausamos –o directamente cancelamos– lo que nos incomoda. Los algoritmos no nos obligan, pero nos allanan el camino hacia la autosatisfacción ideológica. Consumimos discursos como entretenimiento, no como espacios de reflexión.
En este contexto, la ideología deja de ser un marco para interpretar la realidad y se convierte en una identidad cerrada. Ya no se discuten ideas, se defienden trincheras. La política se transforma en un escenario emocional donde disentir equivale a traicionar. La intolerancia no siempre grita; a veces simplemente deja de escuchar.
Numerosos líderes políticos han sabido –o querido– explotar esta dinámica. La radicalización no surge de la nada: se alimenta de mensajes simples, repetidos hasta la saciedad, que apelan al miedo, al agravio o a la superioridad moral. Un ejemplo paradigmático es Donald Trump, cuya estrategia consiste en ridiculizar cualquier forma de escucha, empatía o sensibilidad, presentándola como debilidad. En su discurso, escuchar al otro no es dialogar, es “perder”; matizar es traicionar; dudar es signo de incompetencia. La burla sustituye al argumento, y el desprecio al adversario se convierte en virtud.
Pero, desde luego, este patrón no es exclusivo de Estados Unidos. También en Europa y en España observamos cómo distintos liderazgos caricaturizan al contrario, reducen la complejidad a consignas y convierten el desacuerdo en amenaza. Da igual el signo ideológico: cuando se renuncia a escuchar, se renuncia a la democracia en su sentido más profundo.
El problema no es discrepar; es dejar de escuchar. Cuando creemos que siempre tenemos razón, dejamos de aprender. Y cuando una sociedad deja de aprender, se vuelve frágil, manipulable y violenta, aunque sea de forma simbólica. Recuperar la escucha no es ingenuo ni tibio: es un acto de resistencia. Escuchar no nos debilita; nos hace más lúcidos. Quizá el verdadero gesto revolucionario hoy sea volver a darle al play… pero esta vez al discurso del otro.
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