La colmena
Magdalena Trillo
Socialistas de Vox
Hace tres años, cuando un fanático acuchilló a Salman Rushdie en un acto público en Nueva York –Rushdie perdió un ojo y sufrió heridas muy graves en un tendón–, varios intelectuales lo propusieron para el Premio Nobel de Literatura. Rushdie llevaba viviendo bajo amenazas de muerte desde 1989, cuando el ayatolá Jomeini, sin haber leído su novela Los versos satánicos, lo acusó de blasfemo y pidió a los fieles islámicos que lo mataran dondequiera que estuviera. Rushdie tuvo que esconderse en Londres y empezar a vivir una existencia clandestina bajo el nombre falso de Joseph Anton (en honor a dos de sus escritores favoritos: Joseph Conrad y Anton Chéjov). Y mientras él vivía oculto, un fanático mató a cuchilladas a su traductor japonés y otro chalado mató a tiros a su editor noruego. Y su traductor italiano y su traductor turco se salvaron por los pelos de morir asesinados, aunque los atacantes de Estambul quemaron un hotel y mataron a 37 personas. El caso Rushdie fue el ejemplo más sangrante de amenaza a la libertad de expresión que se ha vivido en Occidente. Y lo más lógico –teniendo en cuenta las dimensiones del caso– es que la Academia Sueca le hubiera otorgado a Rushdie el Premio Nobel de Literatura. Pero no lo hizo. Y sigue sin hacerlo.
¿Por qué? De hecho, han ganado el premio escritores –y escritoras– mucho peores que Rushdie y que nunca habían tenido que vivir en peligro por lo que habían escrito, pero Rushdie no lo ganó (ni creo que lo gane en el futuro). ¿Por qué? Ah, amigos, porque la condena a muerte contra Rushdie venía firmada por un ayatolá iraní en nombre de la religión islámica, y es dudoso que una institución cualquiera de Occidente se atreva a enfrentarse con una religión que puede movilizar a miles de fanáticos armados con un cuchillo (o con cosas mucho peores). Y ahora mismo, a pesar de la carnicería que están cometiendo las autoridades iraníes –herederas del ayatolá que condenó a muerte a Rushdie– contra la población civil que protesta en las calles, el silencio de nuestra izquierda es tan atronador que se oirá en la lejana Patagonia.
La razón es muy sencilla: para nuestra izquierda, el islamismo es intocable. O sea que no hay que preocuparse, amigos. Sigamos escuchando ese silencio atronador de los Bardem y los Iglesias.
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