Como decíamos ayer
José Antonio Ortega
¿Qué es la vida sino un repetirse?
Se hace difícil no empatizar con los millones de ciudadanos venezolanos que han visto la luz del túnel tras el apresamiento exprés del tirano Nicolás Maduro y su mujer a cargo de las fuerzas especiales del ejército estadounidense. Con los de fuera (este verano, tuvimos ocasión de hablar con varios que hacen de taxistas en la baja California) y con los de adentro, que han visto delante de sus ojos cómo les birlaban de manera escandalosa unos resultados electorales diametralmente opuestos a los declarados oficialmente.
Pero como casi todo lo que tiene que ver con el presidente americano, la aparente buena noticia vino con sordina. Apenas comenzada su esperada comparecencia televisada, Trump descartaba la proyección en el nuevo escenario venezolano de la muy reconocida María Corina Machado, con ese estilo tan suyo, entre displicente y despectivo. Poco tiempo después, hemos sabido que la persona encargada de pilotar este periodo se supone que transitorio, y que, por lo visto, ha permanecido entre bastidores hasta la caída definitiva del dictador (no es este, desde luego, un tiempo para lealtades), no será otra que su principal colaboradora y buena conocida de Zapatero y compañía, ¡Delcy Rodríguez! De repente, hasta el personal más entusiasta dejó de lanzar las campanas al vuelo del espacio digital, y las primeras apelaciones a la libertad y la justicia dejaron paso a cuestiones más prosaicas como la economía y la geopolítica.
Superado ya el primer impacto informativo, parece claro que la acción ejecutada por la inteligencia norteamericana tiene su principal objetivo en el control de los recursos y la demostración de poder en la zona, al estilo de otras acciones emprendidas en el pasado (con resultados poco lustrosos, por cierto), pero en un entorno global diferente, triangular, no bilateral, en el que el peso creciente de China y el recobrado imperialismo de Rusia marcará, por decirlo al modo de Henry Kissinger, un nuevo orden, o desorden, mundial, probablemente más incierto e inseguro que el de la Guerra Fría. Y en el que Europa, que es lo que realmente debería preocuparnos, pintará poco o nada, como esas organizaciones internacionales que ya casi ni protestan por el flagrante incumplimiento de la legalidad internacional por unos y por otros. Y ya, si eso, en otro momento hablamos de democracia.
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