Carta abierta a Novak Djokovic

03 de febrero 2026 - 03:08

Estimado Sr. Djokovic. Quiero agradecerle la final que nos regaló en Melbourne el pasado domingo. Quizá fui de los pocos españoles que deseaba que la ganara. En un deporte individual, la nacionalidad no debería ser relevante para las filias… y mucho menos para las fobias.

Usted es un ejemplo que nos enseña muchas cosas: que el talento no tiene edad –aunque en el deporte sí, y de forma definitiva–, pero también que el talento, en la vida, no debería entenderse tanto como una herramienta para competir, sino como algo al servicio de la esencia y de los resultados.

Verle jugar el primer set me recordó a aquellos tiempos en los que su mejor versión era sencillamente invencible. Ganara o perdiera, ya había hecho historia. El resultado es solo un número. La esencia es más importante, aunque exista una relación profunda entre ambos.

Usted es un ejemplo de cómo el talento resiste e incluso mejora con el paso del tiempo, no solo en comparación con los demás, sino en relación con el respeto hacia uno mismo; una cuestión que hemos olvidado en esta sociedad absurdamente competitiva en la que vivimos.

Gracias por el ejemplo que ofrece a los jóvenes sobre el valor de cuidarse y por mostrar que ese cuidado está íntimamente ligado a la belleza asociada al talento. Qué importante es deslegitimar la obsesión por el resultado máximo, porque, cuando lo idealizamos en exceso, incluso los grandes resultados pierden valor.

Nos regaló una primera manga primorosa que nos recuerda que el talento excelso siempre, siempre, siempre se abre paso y deja una huella imborrable. Una huella que algunos convierten en recuerdo, como un tributo invisible de lo nuevo a lo clásico, cuya certeza de paso es inevitable. Es la vida. Simplemente, la vida.

Al margen del resultado, su comportamiento –aplaudiendo los golpes del contrario–, su forma de vivir el deporte con pasión, su amor sincero por lo que hace y esa coherencia personal suya, cuya consecuencia es, a menudo, la incomprensión de algunos (algo tan habitual cuando se es auténtico), merecen un reconocimiento especial.

Gracias por todo ello, por haber hecho historia, por ser el mejor tenista de todos los tiempos, pero, sobre todo, por haber demostrado que la trascendencia no se alcanza solo por los resultados, sino por el amor a lo que se hace y el respeto por uno mismo. Porque, al final, los resultados son una consecuencia. La belleza —y la verdad— está en la esencia que los hace posibles. Gracias, Nole.

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