A cara descubierta

12 de enero 2026 - 03:06

Hubo un tiempo en el que las ambiciones expansionistas, los deseos de controlar territorios, el afán de aprovecharse de recursos y bienes, las ansias de domeñar a la gente, la sensación de sentirse poderoso y, prácticamente, sin límites, ni rival ocasionaban un cierto pudor. De ahí que con frecuencia aquellos grandes malvados disimularan, disfrazaran y hasta se molestaran en buscar argumentos para justificar sus fechorías. Sin embargo, hoy en día ya no hace falta. Quienes dirigen el estado de Israel, no tienen problemas en seguir adelante con el exterminio de la población gazatí, ni con la ocupación de Cisjordania; los ejércitos rusos llevan más de una década tratando de anexionarse territorios ucranianos, una escalada que se ha convertido en guerra total desde 2022; y el presidente de Estados Unidos y sus asesores tampoco han escondido sus intenciones respecto a la ya depuesta Venezuela, sometida a la depredación de las compañías petroleras, así como a los propios intereses personales del líder estadounidense y sus allegados que, por cierto, también han dejado claro que van a proseguir con otros territorios, como Groenlandia, aunque se podría decir que casi nadie está a salvo.

En realidad, esto viene siendo así desde que tenemos evidencias de guerra, al menos de conflictos a finales del Neolítico, aunque no fue hasta las primeras culturas urbanas, la mesopotámica y la egipcia, cuando la guerra pasó a ser la actividad principal y definitoria de algunas sociedades, las mismas que conformaron los primitivos imperios. Tendríamos que retrotraernos al proceso de jerarquización social, de la mano de la aparición de la propiedad privada, las primeras dinastías, etc.

Por eso, lo que más me asombra es ver cómo esas actitudes violentas y usurpadoras no sólo no se penalizan, sino que, a buena parte de la población, incluida la de las zonas invadidas, les parece bien, están conformes, incluso lo celebran. Este es el motivo, a mi entender, de que los malos ya puedan ir a cara descubierta, porque apenas reciben críticas y, sobre todo, porque saben de la atracción que ejercen sobre un colectivo que les aplaude. Tal vez sea por aquello de querer parecerse, por sentirse que están del lado de los más fuertes, de los vencedores, aunque sea llevándose por delante no sólo las leyes internacionales, sino también la moral, la ética y los principios humanos más básicos. Al débil, ahora, no hay que protegerle o ayudarle, sino machacarle y sustraerle lo que pueda tener. En fin, escuchar a hablar a algunos de estos individuos, es comprobar la orgía de poder en la que están inmersos. Un verdadero regocijo en la depravación.

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