¿Burkas en Algeciras?

13 de enero 2026 - 03:07

De momento no son exactamente burkas sino, más bien, niqabs (esa otra prenda de tradición árabe que cubre todo el rostro a excepción de los ojos). Este velo integral ha sido prohibido en Francia, Suiza, Austria, Países Bajos o, más recientemente, Portugal (entre otros muchos). Y, con la justificación de la “identificación y la comunicación visual”, también lo prohíben en edificios públicos varias ciudades de Cataluña, con Barcelona a la cabeza.

Creo que todos tenemos claro que en España cualquier ciudadano goza de libertad para cubrir o no su cabeza (insisto: solo su cabeza, no el rostro) con un gorro, kipá o pañuelo. Cualquier mujer tiene derecho a usar una toca o hiyab sobre el cabello. No es necesario justificar que el hiyab es una prenda religiosa o una obligación coránica (cosa que ni está clara ni sobre la que hay unanimidad). Para ponerse un gorro o pañuelo en la cabeza no hay que pedir ningún permiso a nadie ni dar explicaciones, faltaría más.

El burka, sin embargo, es otra cosa. Ese lienzo enorme importado de Afganistán, tan popular en las calles de Kabul, con una celosía que coincide con los ojos, es una cárcel portátil, una especie de mazmorra textil y móvil. No existe ninguna razón, ni religiosa ni social, que justifique la presunta obligación de cubrir, desde la coronilla a los pies, el cuerpo de la mujer. Mi dictamen es muy simple: burka NO.

¿Y el niqab, esa prenda que empezamos a ver en ciudades como Algeciras y que tanto sorprende a los viandantes? Muchos países oficialmente musulmanes prohíben su uso: Argelia, Senegal, Túnez o Sri Lanka son solo algunos ejemplos. La mujer que usa niqab deja los ojos al descubierto (es decir, puede ver bien) pero resulta completamente irreconocible a los demás. Cubrirse la boca fue común, no solo entre mujeres, en la Península Arábiga para protegerse de la arena removida por el viento. En Marruecos, por idéntica razón, era costumbre un pañuelo que cubría nariz y boca. Los tuaregs del Sáhara y Sahel, hombres y mujeres, lo siguen haciendo.

Quizá las mujeres con niqab no generan en nuestras calles sureñas el rechazo frontal y la alarma que sí generan en otras regiones europeas, pero esas anónimas presencias femeninas ayudan poco a la urgente convivencia intercultural, la necesaria integración y, aún menos, a la imagen de modernidad y evolución que me consta que quieren proyectar la mayoría de nuestros vecinos musulmanes.

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