Confabulario
Manuel Gregorio González
Una buena noticia
En nuestra comarca, la presencia de las congregaciones religiosas ha sido mucho más que un hecho eclesial: ha formado parte de la vida cotidiana, de la educación, de la asistencia a los más vulnerables y, en definitiva, de nuestra propia historia colectiva. Salesianos, Hijas de la Caridad, Hermanas del Rebaño de María, Trinitarios, Institución Teresiana, Marianistas y tantas otras comunidades han acompañado durante décadas el crecimiento humano y espiritual de nuestro pueblo, dejando una huella silenciosa pero profunda en generaciones enteras.
Tarifa vivió el pasado domingo 22 de febrero un momento cargado de emoción al despedir a las Religiosas Misioneras de la Inmaculada Concepción (MIC). Con su marcha se cierra una etapa que ha superado el siglo de presencia discreta, constante y entregada. Su espiritualidad, centrada en la devoción a María Inmaculada, la educación integral y el servicio a los más necesitados, ha sido durante años un reflejo vivo del Evangelio hecho cercanía.
Llegaron a finales del siglo XIX, tiempo marcado por profundas necesidades sociales, para hacerse cargo del Asilo de San José, lugar que convirtieron en un hogar para quienes más lo necesitaban: ancianos sin recursos, enfermos y personas que encontraron dignidad y compañía.
Durante más de un siglo, sostuvieron una labor callada, sin protagonismo, con pequeños gestos diarios: manos que cuidan, palabras que consuelan, presencia que acompaña y fe compartida en los momentos más frágiles de la vida.
En el siglo XX vivieron crisis económicas, epidemias y la Guerra Civil, con momentos de inseguridad. Sin embargo, mantuvieron abierta la puerta del servicio.
El asilo es referencia asistencial para Tarifa y las religiosas son conocidas como “las monjas del Asilo”, nombre que resume el afecto del pueblo.
La disminución de vocaciones fue reduciendo la comunidad. Hoy llega el momento de la despedida.
Pero las hermanas no se van del todo. Permanecen en la memoria de quienes encontraron consuelo en sus palabras, en las familias que recibieron ayuda, en los mayores que hallaron compañía y en la historia silenciosa de Tarifa. Su legado se mide en vidas tocadas por la ternura y el cuidado.
Hay presencias que, aunque desaparezcan físicamente, continúan habitando para siempre en el corazón de un pueblo agradecido.
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