Confabulario
Manuel Gregorio González
Una buena noticia
Se cumplen ahora 35 años de la muerte en Roma, en febrero de 1991, del padre Arrupe, general de los jesuitas desde mayo de 1965 hasta su súbito accidente cerebral ocurrido en el verano de 1981, uno de los religiosos más relevantes, y controvertidos, de la Iglesia del siglo XX, y gran dinamizador de los efectos, no siempre pacíficos, del Concilio Vaticano II.
Posiblemente el devenir de la Iglesia católica tras la muerte Juan XXIII, el Papa bueno, no se entienda sin este bilbaíno tan influido por los desastres de la bomba atómica en Hiroshima, que tan de cerca vivió (sus estudios de Medicina previos al noviciado le permitieron asistir a cientos de damnificados que acudían a la casa de la Compañía en Japón “como animalitos”) y la figura intelectual de ese líder tan poco valorado como lo fue Pablo VI. Ambos, con sus recelos, distancias e incomprensiones, pero con el infinitito respeto que recíprocamente se mantenían, fueron capaces de sacar adelante, cada uno en su espacio, las conclusiones más importantes del Concilio, plasmadas en las constituciones Lumen Gentium y Gaudium et Spes, afirmaciones sobre el ser y el estar de la Iglesia en aquel mundo cambiante de los sesenta. En el caso de Arrupe, su apuesta por una Compañía reorientada a sus inicios, con la justicia social como interpretación radical de esa opción preferencial por los pobres oficialmente declarada en el Concilio, le valió no pocos quebraderos de cabeza, dentro y fuera de la Compañía. Aquella novedosa forma de aunar fe y justicia en situaciones de conflicto utilizando métodos de la dialéctica marxista situó a la Compañía al borde del abismo, y si no cayó por el precipicio fue por la templanza del padre General mientras vivió el papa Montini… Con Juan Pablo II ya fue otra cosa, pero eso forma parte de la historia.
Los que estudiamos con los jesuitas en los setenta y ochenta algo sabemos de eso, aunque realmente entonces no nos diéramos cuenta. Aquel colegio grande de Nervión ya no era el elitista estrenado por nuestros padres tras el cambio de Villasís. No había uniforme, ni segundas puertas, y apenas quedaba la sotana del padre Aldama. Pero seguía imprimiendo carácter esa forma avanzada del ver el mundo, predominando el discernimiento sobre la dogmática, y eso es algo que siempre agradeceremos. Y que hago yo hoy, otra vez, en este recuerdo grato del padre Arrupe.
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