Pixar se vuelve oscura y desconcierta a los niños con 'Hoppers', una fábula ecológica que acaba dando miedo
La nueva apuesta del estudio mezcla ciencia ficción, activismo y animales parlantes, pero su tono sombrío y su giro narrativo convierten la aventura en un relato tan ambicioso como desconcertante
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Hay películas infantiles que, en realidad, no lo son. Uno entra en la sala con un niño de la mano y sale con una pregunta filosófica en la cabeza, además del temor de sufrir pesadillas nocturnas. Algo así ocurre con Hoppers, la nueva producción de Pixar Animation Studios que lidera la taquilla este fin de semana con una recaudación de 88 millones de dólares en todo el mundo, y que habla de ecología, urbanismo y poder político utilizando un castor robótico.
Dicho así suena disparatado, pero el cine —como la literatura— vive de esas extravagancias que de pronto adquieren sentido. El problema aparece cuando ese sentido se pierde por el camino.
La protagonista es Mabel, una joven de diecinueve años con aire japonés que ama a los animales con la intensidad de quien sospecha que los humanos somos una especie poco recomendable. Es caótica, gritona, rebelde, un pequeño huracán con zapatillas y monopatín. Cuando el alcalde de Beaverton decide construir una autopista sobre el claro del bosque donde ella pasó su infancia —todo para ahorrar cinco minutos de trayecto a los conductores—, Mabel se enfrenta al sistema con la única arma que posee: su indignación.
La solución que encuentra es tan insólita como el propio argumento de la película. Gracias a un experimento universitario llamado Hoppers, capaz de transferir la conciencia humana a cuerpos robóticos con forma de animales, Mabel decide infiltrarse en el bosque convertida en castor.
Hasta aquí la película dirigida por Daniel Chong funciona como una fábula incluso prometedora con gráficos 3D y efectos digitales que hacen casi invisible la frontera entre realidad y ficción. Pixar introduce a la protagonista en una comunidad animal organizada como una pequeña monarquía absoluta: cada especie tiene su rey, todos llevan su corona, y uno sospecha que Shakespeare habría disfrutado mucho viendo a esos animales discutiendo sobre poder, jerarquía y territorio.
Durante esta primera mitad, el filme mantiene cierta coherencia. Mabel descubre el funcionamiento del mundo animal, aprende a mirar el bosque desde dentro y comprende que cada presa, cada árbol y cada madriguera forman parte de un delicado equilibrio. Es la vieja moraleja ecológica. Pero entonces ocurre algo extraño.
La historia decide dejar de ser una fábula ecológica para transformarse en otra cosa mucho más oscura. Los animales, organizados como una especie de consejo revolucionario, comienzan a considerar la posibilidad de dominar a los humanos tomando el control de la mente del propio alcalde. El relato abandona la defensa del bosque y entra en un terreno ideológico y narrativo mucho más confuso.
Uno recuerda entonces inevitablemente Rebelión en la granja (1945) de George Orwell, esa novela en la que los animales expulsan a los humanos para acabar reproduciendo exactamente sus mismos abusos. Pixar parece insinuar algo parecido, pero lo hace sin la claridad ni la ironía del escritor británico.
El resultado es una segunda mitad caótica y desmedida. Hay serpientes amenazantes, insectos inquietantes, persecuciones absurdas —incluida una escena en la que unos pájaros transportan a un tiburón blanco para asesinar al alcalde— y un clímax con incendio forestal que introduce un tono cercano al cine de terror. Todo esto en una película oficialmente “para todos los públicos”.
La pregunta, inevitable, es qué niño entiende realmente una historia sobre planificación urbanística, activismo ambiental y manipulación política del poder. Probablemente ninguno. Y sin embargo son ellos quienes tienen que enfrentarse a imágenes inquietantes que hacen fruncir el ceño incluso a más de un adulto.
Pixar ha pasado más de seis años desarrollando esta historia en su estudio de Emeryville, y se nota la ambición. Hoppers quiere ser una fábula ecológica, una sátira política y una aventura de animación al mismo tiempo. El problema es que intenta ser demasiadas cosas a la vez y termina perdiendo el equilibrio.
Lo que queda es una película emocionalmente desconcertante. Puede interesar a padres, adolescentes y espectadores curiosos por su tono algo punk y su crítica al desarrollismo urbano. Pero para los niños —los mismos que deberían encontrar aquí un refugio imaginativo— la experiencia puede resultar muy inquietante.
Porque uno sale del cine con la sensación de que alguien ha olvidado una regla básica del cuento infantil: las fábulas pueden ser profundas, sí, pero no deberían obligar a los pequeños espectadores a mirar de reojo la oscuridad del cine.
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