Productividad vs competitividad
Tribuna abierta
Aumentar el SMI y reducir la jornada laboral son dos medidas que hay que manejar con suma cautela porque no sólo afectan a la economía país, sino a la decisión de inversión empresarial en España, cuyo marco legal prioriza los derechos laborales

La productividad se define por la relación entre los resultados obtenidos y los recursos utilizados. Por tanto, si reducimos los recursos, la productividad aumenta. Dicho de otra forma, si reducimos las horas de trabajo, la productividad aumentará, de lo que se deriva que el argumento de que en un país, España, con serios problemas de productividad, reducir la jornada laboral es ser más improductivos no es correcto, pues sucede todo lo contrario: si reducimos el horario laboral seremos más productivos si se mantiene el resultado o si su descenso es menor en términos relacionales con la reducción del recurso, en este caso, el número de horas trabajadas. Dicho de otra forma, reducir la jornada laboral no tiene una relación directa con la productividad, sino que incide en la competitividad, la cual influye sobre la realidad económica que perciben los ciudadanos.
Lo que sí implica la reducción de la jornada laboral es un aumento del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), dado que el empresario recibirá menos por el mismo coste laboral, mientras que el trabajador recibirá el mismo importe por menos dedicación en términos de tiempo de trabajo.
Si entramos en una espiral de reivindicación continua sobre la jornada laboral se está justificando un aumento del SMI, pues al reducirse las horas laborales por el mismo salario, las mismas 40 horas anteriores a la reforma, valdrán más que el SMI.
"El mayor coste que supone la reducción de la jornada laboral se trasladará al consumidor vía precios y lo que sufrirá un descenso no será la productividad, sino la competitividad. Y ello sí es un problema importante"
Es preciso que el ciudadano sin un mínimo de cultura financiera -uno de los grandes despropósitos de nuestro sistema educativo- no confunda productividad con competitividad, pues no es lo mismo, aunque una elevada productividad va asociada a una elevada competitividad, matizada por la mayor o menor presión que ejerce el peso del beneficio que define en última instancia la definición del precio, que es un factor fundamental en el nivel de competitividad.
Es de una lógica aplastante que, como no es el trabajador quien tiene la opción de establecer el precio, sino el empresario, el mayor coste que supone la reducción de la jornada laboral se trasladará al consumidor vía precios y lo que sufrirá un descenso no será la productividad, sino la competitividad. Y ello sí es un problema importante, porque mientras la productividad afecta al bolsillo del empresario tanto como la competitividad, el descenso de la competitividad afecta a la economía de forma global hasta el punto de perjudicarla de manera significativa, más aún en el caso español, donde la productividad es baja debido, esencialmente, a que no somos capaces de generar los mismos outpouts con menos inputs -en parte, debido a la falta de digitalización- y a que en la estructura de generación de PIB de la economía española, ser competitivos es absolutamente esencial.
Aumentar el SMI y reducir la jornada laboral son dos medidas que hay que manejar con suma cautela porque no sólo afectan a la economía país, sino a la decisión de inversión empresarial en España, cuyo marco legal prioriza los derechos laborales.
Lo fácil es aumentar el SMI y reducir la jornada laboral, pero nuestros dirigentes políticos deben entender que estos dos instrumentos no son capaces de dopar la economía, como han hecho la inundación de liquidez y los tipos de interés bajos -¡oh, milagro!- sin disparar la inflación. Aumentar los costes salariales vía aumento del SMI y la reducción de la jornada laboral es algo que impacta en el precio y de ahí al consumidor, lo que genera ineludiblemente inflación. Otra cosa distinta sería abordar la subida del SMI y sobre todo de la reducción de la jornada laboral a sectores determinados, pero manejar estas palancas a discreción y de forma generalizada en el estado actual de la economía española, no es lo más adecuado.
Quizá una línea de actuación más sensata desde el plano económico sería mantener la subida del SMI incrementándola en el futuro para potenciar la demanda interna, sin tocar a medio plazo la reducción de la jornada laboral para no incurrir de forma directa en mayores costes de producción, lo que se trasladaría a precios de manera automática, aumentaría la inflación y dificultaría las exportaciones y el turismo que, en nuestro modelo de generación de PIB, son esenciales.
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