PERSONAJES HISTÓRICOS DEL CAMPO DE GIBRALTAR (XXI) El infante don Pedro y el primer cerco de Algeciras

  • El primer intento castellano de conquistar Algeciras a los musulmanes fracasó tras un largo asedio en el que la flota del tercer hijo del rey Alfonso X acusó las calamidades de un asfixiante carestía

Torre albarrana de la muralla meriní conocida como de don Rodrigo o del Espolón que estuvo situada en la playa del Chorruelo. Acuarela de E. Louis Lessieux de finales del siglo XIX. (Museo Municipal de Algeciras).

Torre albarrana de la muralla meriní conocida como de don Rodrigo o del Espolón que estuvo situada en la playa del Chorruelo. Acuarela de E. Louis Lessieux de finales del siglo XIX. (Museo Municipal de Algeciras).

La invasión de la Andalucía occidental por los meriníes norteafricanos en el verano del año 1275 y la devastación que provocaron en los desguarnecidos territorios castellanos, desde Vejer a Sevilla, Córdoba y Jaén, obligaron a encastillarse a las poblaciones de la frontera meridional, convencidas las autoridades de las amenazadas ciudades del sur, que con el desembarco de los ejércitos del sultán Abu Yusuf en Algeciras y Tarifa se podría perder todo lo ganado al Islam desde que, en 1212, fueron derrotados los almohades en las Navas de Tolosa. Algeciras pertenecía al reino de Granada, pero, el 28 de mayo de 1275, mediante una paz acordada entre el sultán nazarí y el de Fez, el granadino cedió a los norteafricanos las ciudades de Tarifa y Algeciras, además de Ronda, que serían los puertos de desembarco en la invasión que acometerían en el mes de agosto del mismo año. La invasión de 1275 se completó, dos años más tarde, con la llegada a Algeciras y a las playas de Tarifa de un nuevo ejército musulmán para hacer la “Guerra Santa”.

Sin embargo, en esta ocasión, la tardía, pero contundente reacción del rey Alfonso X no se hizo esperar, convencido de que, sólo conquistando a los meriníes la ciudad de Algeciras, su principal puerto en la orilla norte del Estrecho, se podría poner fin a las invasiones que llegaban desde la otra orilla. A partir del verano del año 1278, los castellanos emprenderían una serie de prolongadas campañas militares, -llevadas a cabo sucesivamente por los reyes Alfonso X, Sancho IV, Fernando IV y Alfonso XI-, conocidas genéricamente como la gran “Batalla del Estrecho”, que no finalizaría hasta la conquista de la ciudad de Algeciras por el rey Alfonso XI en el mes de marzo de 1344.

En agosto del año 1278, el rey de Castilla envió a la escuadra castellana, al mando de su almirante Pedro Martínez de Fe, compuesta por 80 galeras, 24 naves, numerosas galeotas y muchos leños, a la bahía de Algeciras con la misión de bloquear el puerto de esa ciudad e impedir que desembarcaran tropas desde Ceuta o Tánger que pudieran reforzar su defensa. Unos meses más tarde, en febrero de 1279, el infante don Pedro, tercer hijo en la línea sucesoria del rey Alfonso X, marchó con el ejército de tierra, compuesto por más de diez mil guerreros y numerosas máquinas de asedio, hasta los alrededores de Algeciras poniendo sitio a la ciudad.

Casco de guerra musulmán de los siglos XIII-XIV hallado en aguas de la Bahía (Museo Municipal de Algeciras). Casco de guerra musulmán de los siglos XIII-XIV hallado en aguas de la Bahía (Museo Municipal de Algeciras).

Casco de guerra musulmán de los siglos XIII-XIV hallado en aguas de la Bahía (Museo Municipal de Algeciras).

El asedio se alargó hasta el verano de ese año. Pero, desde la primavera, los hombres de la flota, que estaban en el cerco desde hacía casi un año sin recibir el dinero de sus pagas ni ser abastecidos, porque el infante don Sancho había confiscado el dinero de la campaña para dedicarlo a otros fines, comenzaron a padecer hambre y a sufrir enfermedades carenciales (escorbuto) y muchas muertes, como refiere la Crónica de Alfonso Décimo. Agotados y sin fuerzas, los hombres de la escuadra abandonaron los navíos y se refugiaron en las chozas y tiendas de campaña que habían levantado en la  cercana costa (actual meseta de la Villa Vieja) y en la Isla Verde, dejando desasistidas las embarcaciones.

Conociendo el sultán Abu Yusuf, que se hallaba en Ceuta, las penalidades que estaban sufriendo los sitiadores, sobre todo los guerreros embarcados en los navíos y la marinería, ordenó a su hijo Abu Yaqub que reuniera una gran flota con barcos de Ceuta, Tánger, Salé y del reino de Granada. Con esta escuadra atacó por sorpresa, el 19 de julio de 1279, a la debilitada y desmoralizada flota castellana en aguas de la Isla Verde, ocasionándole una gran derrota. El cronista musulmán Ibn Abi Zar, escribe lo siguiente: “Cuando los cristianos vieron la rapidez con que los musulmanes se dirigían contra ellos, y que les habían cerrado todos los caminos, yendo a la guerra y al combate, llenó Dios de espanto sus corazones y se estrecharon unos con otros para estar mejor defendidos en la batalla... Las flechas de los musulmanes cayeron sobre ellos certeras, como la lluvia densa o el viento huracanado, atravesando los escudos y lorigas, separando los batallones y llenando las naves de muertos y heridos... Cuando vieron los infieles la esterilidad de sus esfuerzos y los estragos que sufrían, se dieron a la fuga... Los musulmanes entraron en el campamento cristiano, pasando a cuchillo a los que había en él, cautivando a su almirante Pedro Martínez de Fe y a muchos jefes de su ejército, entre ellos al hijo de la hermana del rey don Alfonso”. En los Miráculos Romançados, escritos por el monje Pedro Marín en 1283, se recogen los testimonios de varios cristianos que fueron hechos prisioneros por los meriníes en la Isla Verde en aquella aciaga jornada. Refiere el texto que “cautivaron a Juan y Esteban Domingo, a Domingo Pérez de Jaén, a Gil Pérez de Burgos, a Fernán Juanes, a Domingo Pérez de Huete y a Domingo Pérez de Constantina. A todos estos los tomó cautivos un moro principal que decían Abdalla, dentro de la Isla de Algeciras, y los llevó a Tarifa metidos en hierros (grilletes)”.

Sin el apoyo de la flota, el joven infante don Pedro se vio obligado a levantar el cerco y abandonar el asedio y el campamento, que estaba situado en el solar donde hoy se halla la llamada barriada de la Villa Vieja, dejando tras de sí numerosas máquinas de asalto, armas y otros bienes que no pudieron llevar consigo. Una vez que hubieron partido los soldados vencidos hacia Jerez, los musulmanes de Algeciras, libres del asedio, salieron de la ciudad y se dirigieron a las tiendas de campaña, aún ocupadas por los guerreros enfermos y heridos, matando y cautivando. “Encontraron en ellas despojos, dinero, frutas, odres, cebada y harina en cantidades inmensas -refiere Ibn Abi Zar-. Todo lo transportaron a la ciudad. Tal fue la cantidad de trigo, de frutas y de otros víveres dejados por el enemigo, que los mercados de la ciudad estuvieron aprovisionados durante varios días”. Dice, también, la crónica árabe, que una vez vencida flota cristiana y levantado el sitio por el infante don Pedro, los navíos musulmanes retornaron a Tánger para volver a Algeciras cargados con vituallas con las que abastecer a los sitiados.

El primer intento castellano de conquistar Algeciras a los musulmanes había fracasado.

Como durante los meses de asedio, la artillería neurobalística castellana, que se había situado en la meseta ubicada al sur de la ciudad, al otro lado del río, había batido la parte baja de Algeciras, donde se hallaban el puerto y las atarazanas, los meriníes entendieron que era necesario dominar ese lugar erigiendo en él una ciudad para tener acantonadas las tropas expedicionarias y un palacio para el emir cuando éste cruzara el mar. A partir del verano de 1279, los norteafricanos comenzaron a edificar la Villa Nueva de Algeciras, denominada por las fuentes árabes Al-Binya, Al-Bunya o Al-Buniyya, que estuvo terminada en el mes de octubre del año 1285 según el Qirtás. Leemos en dicha crónica: “Volvió el emir de los musulmanes, Abu Yusuf, a Algeciras, donde entró el 28 de octubre del 1285 y encontró que el alcázar que construía en la ciudad nueva, la sala de audiencias y la mezquita se habían terminado por completo”.

El infante don Pedro falleció en Ledesma, en octubre de 1283, a los veintitrés años de edad.

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