Los orígenes: fenicios en el valle del Guadiaro

Ciudades antiguas, monumentos y fortificaciones del Campo de Gibraltar

Los primeros colonizadores orientales se asentaron al oeste del río Guadiaro, en lugar conocido como los Castillejos de Alcorrín, datado entre mediados del siglo XI y el V a.C.

Ubicación del yacimiento los Castillejos de Alcorrín.
Ubicación del yacimiento los Castillejos de Alcorrín.

En la Antigüedad estaba extendida la creencia de que el Estrecho de Gibraltar había sido obra del semidios Hércules que, con un golpe de su gigantesca maza, había logrado separar las tierras de Europa y África y comunicar las aguas del océano con las del mar Mediterráneo. Para eterna memoria de tan gigantesca proeza, Hércules erigió dos columnas, una a cada lado del Estrecho, identificadas por los griegos como Calpe (Gibraltar) y Abyla (Jebel Musa o Monte Hacho en el lado africano). Pero la apertura de este angosto paso por aquel personaje mitológico no era sino una más de las fabulosas leyendas que adornaron, durante la llamada época de las colonizaciones y el posterior período greco-romano, un lugar que, por su importancia económica y sus valores estratégicos (era la puerta de entrada a la rica Tartesos), sus descubridores procuraron preservar de la competencia de otros pueblos navegantes propagando los males que recibirían quienes se arriesgaran a surcar sus aguas.

Rufo Festo Avieno, que escribió su Ora Marítima en el siglo IV d.C., pero basándose en textos muy antiguos, probablemente del siglo VI a.C., se refiere a las amenazas que acechaban a quienes osasen atravesar el Estrecho. Dice que en aquel lugar ningún viento impulsa las velas de las naves, que las algas se arremolinan y engullen a las embarcaciones, que monstruos marinos asaltan a los desdichados navegantes, que nieblas perpetuas impiden la visión y que un abismo sin fondo espera a los intrépidos marinos al otro lado de las Columnas.

Las Columnas de Hércules son uno de los tópicos que una y otra vez repiten los escritores clásicos cuando se refieren a las primeras navegaciones efectuadas por marinos orientales hacia Occidente. Se creía que las Columnas de Hércules marcaban el fin del mundo conocido y que, al otro lado, se abrían insondables abismos en el Mar Tenebroso. La primera alusión a las Columnas Heracleas aparece en el Tímaios de Platón (siglo IV a. C.), cuando refiere que “…había una isla frente al estrecho que vosotros llamáis en vuestra lengua Columnas de Herakles”. Pero la leyenda de las Columnas no se extinguió con el paso de los siglos.

Estrabón (siglo I a.C.) refiere que cierto oráculo mandó a los tirios fundar un establecimiento en las Columnas de Heracles; los enviados para hacer la exploración llegaron hasta el estrecho “que hay junto a Calpe”, y creyeron que los montes que forman dicho estrecho eran los confines de la tierra. Pomponio Mela, en el siglo I d.C., escribe: “Respecto a su nombre (Columnae Herculis), dice la fábula que este mismo Hércules fue quien separó ambas cumbres, antes unidas por una cadena montañosa continua, y que por ello el Oceanus, hasta entonces contenido por esta mole montañosa, inundó los espacios que hoy ocupa”.

Planta de uno de los edificios excavados (Fotografía de D. P. Mielke, 2007).
Planta de uno de los edificios excavados (Fotografía de D. P. Mielke, 2007).

Plinio (siglo I d.C.) menciona otras leyendas del ciclo heracleo acontecidas en los entornos del Estrecho. Refiere este naturalista que Lixus (junto a la actual Larache) fue el lugar donde estuvo ubicado el palacio de Anteo y donde se desarrolló el combate entre este mítico rey de Tánger y el propio Hércules. También dice que en sus alrededores se hallaba el Jardín de las Hespérides, donde el semidiós, para realizar su undécimo trabajo, tuvo que robar las Manzanas de Oro.

Lo cierto es que las leyendas sobre el Estrecho se prolongaron a lo largo de la Edad Media, como la que circuló en el mundo árabe medieval referente a la construcción sobre el Estrecho (al-Zuqaq) de un puente por Alejandro Magno (Du l-Qarnayn) para conectar ambas orillas. Al-Mas‘udi señala que se apoyaba sobre pilares levantados a una distancia regular. En otra versión de esta leyenda, Alejandro Magno abrió un canal para comunicar ambos mares (¿se ha cambiado la identidad de Hércules por la de Alejandro Magno?) y después construyó dos diques, uno en cada orilla. Al-Idrisi, autor nacido en Ceuta en el siglo XII, dice que él mismo había visto los restos de uno de esos diques en la parte de España.

No cabe duda de que las numerosas leyendas que se fueron creando en torno al Estrecho desde que los primeros navegantes orientales arribaron a estas costas, tuvo como principal objetivo, al margen de la aureola fabulosa y mítica que rodeaba al ignoto y temido Océano Atlántico o Mar Tenebroso, preservar la exclusividad de las rutas marítimas que conducían a los metales de la rica Tartesos y, después, a la ciudad fenicia de Gadir.

Barcos de tipología oriental pintados es la cueva de la Laja Alta (Jimena de la Frontera).
Barcos de tipología oriental pintados es la cueva de la Laja Alta (Jimena de la Frontera).

Fenicios en el valle del Guadiaro (siglos XI al V a.C)

Las primeras evidencias de la presencia de colonizadores fenicios en los entornos del Campo de Gibraltar la encontramos al oeste del río Guadiaro, a unos dos kilómetros de su desembocadura, en un yacimiento estudiado y excavado, entre otros, por José Suarez Padilla e Ildefonso Navarro Luengo, conocido como los Castillejos de Alcorrín, datado entre mediados del siglo XI y el V a.C. Se trata de una extensa fortaleza ocupada por gente del Bronce Final y primeras etapas de la Edad del Hierro. Es un yacimiento que se considera clave para conocer los primeros contactos que existieron entre los navegantes orientales y las poblaciones autóctonas asentadas en los entornos del Estrecho, precursores de los asentamientos fenicios de Montilla y el Cerro del Prado (San Roque) y los hallazgos de la cueva-santuario de Gorham, en el peñón de Gibraltar. Como el Cerro del Prado en los siglos siguientes, el poblado de los Castillejos de Alcorrín sería un espacio en el contactarían los primeros navegantes orientales con la población indígena y con la gente que habitaba las tierras interiores a través de los ríos Guadiaro y Guadarranque.

Se trata de un extenso poblado fortificado ocupando un cerro a 165 metros sobre el nivel del mar, desde el que se puede ver, hacia el oeste, la sierra de Mijas y, hacia el este y el sur, el peñón de Gibraltar y la costa africana del Estrecho. Las primeras excavaciones realizadas permitieron exhumar un recinto de murallas de entre 3 y 4,5 metros de anchura y un alzado conservado de unos 1,7 metros, constituido por bloques de piedra con un núcleo o relleno de cantos de menor tamaño. La muralla, de unos 2.000 metros de longitud, abarca una extensión de unas once hectáreas.

Se trata de un extenso poblado fortificado ocupando un cerro a 165 metros sobre el nivel del mar

En el transcurso de las excavaciones se pudieron documentar varios edificios. Uno de ellos situado en la cumbre del cerro. Una fortificación interior rodeada por un foso de sección en U. En una de las edificaciones se localizó un pavimento compuesto de conchas (esta clase de pavimento se ha hallado en otros yacimientos fenicios de Andalucía).

Se han recuperado fragmentos de cerámica hecha a mano, muy deteriorados, entre ellos algunos pertenecientes a cuencos carenados, cuencos esféricos, vasos de forma ovoide y ollas que se pueden datar en el Bronce Final o primeras etapas de la Edad del Hierro. La cronología de algunos fragmentos de cerámica a torno habría que situarla en la primera mitad del siglo VII a.C., por tanto, coincidente con la presencia de los colonizadores fenicios.

Alguna cerámica hecha a mano presenta grafitos fenicios arcaicos. Según los arqueólogos que han estudiado las cerámicas exhumadas en los Castillejos de Alcorrín, uno de los fragmentos, que muestra lo que parece un antropónimo, al haberse realizado antes de la cocción, indica que el alfarero conocía a quien iba dirigida la pieza. Como este fragmento ha sido datado entre el año 1.000 y el 850 a.C., este hallazgo sería el primer testimonio de escritura fenicia aparecido en un contexto arqueológico.

Tramo exhumado de la muralla (Fotografía de J. Patterson, 2008).
Tramo exhumado de la muralla (Fotografía de J. Patterson, 2008).

Los arqueólogos que han excavado este yacimiento en varias etapas, aducen que, aunque aún será necesario continuar con los trabajos de datación, es muy probable que se pueda fechar a finales del siglo XI a.C., continuando la presencia en el lugar, al menos, hasta el siglo V a.C. En opinión de dichos arqueólogos “el colosal planteamiento defensivo, evidenciado por sus específicas características poliorcéticas… refleja el poder de una élite y su capacidad para movilizar una considerable cantidad de mano de obra”.

Este importante yacimiento, sin duda el primero con evidente presencia de los colonizadores fenicios en la zona del Estrecho, serviría de punta de lanza de estos navegantes orientales para asentarse y acometer los contactos tempranos necesarios con las poblaciones indígenas que los llevarían a establecerse en el cercano Cerro del Prado y Montilla (San Roque), el santuario de la Cueva de Gorham en Gibraltar, la isla de Tarifa, el norte de África y Gadir.

Yacimientos cercanos a los Castillejos de Alcorrín documentados, también, al final de la Edad del Bronce y primera etapa de la Edad del Hierro, son los Castillejos, en Estepona; Villa Vieja, en Casares y Montilla, éste en San Roque, cerca de la desembocadura del río Guadiaro, que pudo tener la función de puerto comercial al que llegaban las mercancías procedentes de los asentamientos situados aguas arriba del río, que por entonces era navegable unos dos kilómetros en su curso bajo, y desembarcaban los productos que traían los navegantes fenicios desde Oriente.

Es necesario vincular estas actividades de comercio marítimo realizadas en el curso bajo del río Guadiaro en torno a lo siglos XI o X a.C. entre fenicios e indígenas con las pinturas esquemáticas con representación de embarcaciones de tipología oriental, dotadas de remos, jarcias y timón localizadas en las paredes de la cueva conocida como la Laja Alta, en el término municipal de Jimena de la Frontera.

Pavimento de conchas en uno de las edificios excavados.
Pavimento de conchas en uno de las edificios excavados.
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