La Guarda de la Costa de la bahía de Gibraltar en tiempos de la reina Juana de Castilla (I)

Instituto de Estudios Campogibraltareños

La frontera del Estrecho sufrió incursiones constantes que devastaron poblaciones, impulsaron cautiverios y obligaron a la Corona a reforzar defensas

El sistema de guardas y torres vigilaba la costa con medios limitados, frecuentes negligencias y proyectos defensivos difíciles de financiar

Vista de Gibraltar.
Vista de Gibraltar. / Ángel Sáez
Mario L. Ocaña Torres

16 de febrero 2026 - 04:01

Desde que la batalla del Estrecho destruyese el nexo de unión política, cultural, religiosa y militar que existía entre las orillas norte y sur del estrecho de Gibraltar, hasta entonces ambas dentro de la órbita musulmana, sus costas, sus habitantes y las ciudades que se asomaban a sus aguas se convirtieron en objetivo de desembarcos, asaltos, golpes de mano, secuestros y hostilidades permanentes que, procedentes tanto de una orilla como de la otra, convirtieron el territorio fronterizo en un espacio de alto riesgo para la vida y la presencia humana.

Durante los últimos años del siglo XV y los primeros del XVI la tensión se mantuvo en un crecimiento constante, así como los asaltos a la costa del sur de Andalucía que, en consecuencia, hizo aumentar la inseguridad de la población, el número de cautivos cristianos obtenidos durante los asaltos y las pérdidas materiales y económicas. La preocupación por esta cuestión es tan grande que la Corona de Castilla redactó ordenanzas reales en 1497, 1501 y 1511 con el fin de mejorar la vigilancia y la defensa de la costa.

Es en este contexto general de amenaza permanente en el que se produce un desembarco en las cercanías de la actualmente denominada bahía de Algeciras (entonces de Gibraltar) en el año 1511 de "moros que el mes de julio pasado captivaron la gente en Zetares, se desembarcaron en la cala de Juan Lozano, que es en el término de Tarifa, y se embarcaron en el de Gibraltar y en el hicieron la presa y la embarcaron por la dicha cala de Juan Lozano, término de Tarifa".

Según se recoge en el documento dado en Burgos el 12 de febrero de 1512, firmado por Fernando el Católico, rey regente en nombre de su hija Juana de Castilla, y por Lope de Conchillos, secretario de la reina Juana, no era la primera vez que por el mismo lugar se producía una incursión contra los habitantes de los montes de Getares, entonces término de la ciudad de Gibraltar, que antes fueron de Algeciras, ahora en ruinas y desaparecida como ciudad desde la segunda mitad del siglo XIV.

Aunque la documentación manifiesta que en estas fechas el territorio no estaba permanentemente despoblado "y que en todo el sitio de Zetares, que son cuatro dehesas de los propios, residían de ordinario desde el mes de septiembre hasta fin de junio más de catorce ganaderos y desde fin de junio hasta fin de agosto se quedaba sin gente".

Es decir, que solamente durante los dos meses de verano, los más bonancibles para la navegación y los más apropiados para las incursiones desde el otro lado del Estrecho, las tierras estaban por seguridad despobladas, permaneciendo ocupadas por vecinos de Gibraltar la mayor parte del año.

La forma en que se hacía la guarda de la costa

El documento del que procede la información es una relación sobre el modo en que se había venido haciendo la guarda de la costa del territorio bajo la jurisdicción de Gibraltar, que comprendía desde El Tolmo hasta la torre de La Chullera, dependiente ya de Casares. En el citado documento se expone la situación en la que se encontraba en ese momento la protección de la costa según mandaban las reales ordenanzas.

Según las órdenes reales, en el lugar de Getares, las guardas, es decir, las personas encargadas de vigilar la mar y la costa, eran seis, repartidas en dos estancias: El Tolmo y Punta Carnero. Estos hombres residían de día junto a las estancias en algunos pegujales que labraban y mantenían, y por la noche estaban donde les encargaba el requisidor, que era el responsable de controlar a las guardas sobre los que ejercía su autoridad. Pero, según el informe, estos "vigilantes por la mañana se iban sin atalayar ni hacer otra diligencia de las que Su Majestad manda". De esta actitud negligente podían llegar a derivarse graves daños tanto para las embarcaciones en la mar como para la gente en tierra. Y parece ser que el incumplimiento de las obligaciones resultaba frecuente a pesar de que podían sufrir castigos, como perder el salario de dos meses, el cual se empleaba de manera general en la construcción o reparación de las torres vigías, o podían llegar a perder el empleo.

Del siguiente punto de observación se encargaba el atajador de Algeciras. Su trabajo era recorrer la costa a caballo y dar la alarma en caso de vislumbrar algún barco o movimiento sospechoso en tierra. Estaba exento de hablar con la guarda de Punta Carnero por acuerdo de la ciudad de Gibraltar pues "en cuanto ha hablar con la Guarda del Barranco del Almirante por no ser necesario respecto de que el sitio que hay desde la playa de Zetares hasta la torre del Barranco del Almirante es tierra abierta y donde no importa darle ese trabajo al Atajador porque desde la torre descubren las Guardas del Almirante el sitio que él podría asegurar desde su istancia hasta la dha torre".

Las guardas de la torre del Barranco del Almirante, torre cuyos restos aún se conservan en pie, eran dos, que servían uno en la torre y otro de escucha según las órdenes del requisidor. En la torre de Entre los Ríos, las guardas permanecían juntas durante la noche y el día, lo mismo que las guardas de la torre del Rocadillo. En la parte de levante del Peñón se levantaba la torre de los Diablos en la que Gibraltar ponía dos guardas cuando lo consideraba conveniente, "y esto se solía hacer algunas temporadas de agosto y vendimia por asegurar la gente que madruga por asegurar los frutos". A una legua de ésta se encontraba la Torre Nueva, en la que la ciudad de Gibraltar situaba dos guardas, y entre estas dos había un atajador.

En la torre de la Carboneruela, a la que en 1512 se denominaba de la Carbonera, había cuatro guardas de los cuales “sirven uno en la ensenada que está cerca de la dha torre hacia la ciudad, y otro en la torre y dos en Guadalquitón, velando de noche y de día asisten en la dha torre o cerca en un güertezuelo que tienen".

Vista del estrecho de Gibraltar desde la costa norte.
Vista del estrecho de Gibraltar desde la costa norte. / Mario Ocaña

En la desembocadura del Guadiaro, donde existía una torre, se situaban dos atajadores que atalayaban la playa desde la boca del río hasta conectar con las guardas de Guadalquitón.

La última torre que cita el documento es la de Chullera, que al quedar cerca del término de Casares no se visitaba desde Gibraltar, a pesar de ser de su partido.

Añade el documento lo siguiente: "De más de las Guardas referidas hubo en tiempos pasados otras seis Guardas más en Getares y en la villa nueva de Algeciras hubo otra, cuales se pusieron por voluntad que de ello tubo la Ciudad [de Gibraltar], y por no ser contenidas en la instrucción ni necesarias precisamente se quitaron y porque si se tuviesen que poner de nuevo no se podrían pagar de los propios si no es faltando para lo que está situado sobre ellos".

A pesar de la vigilancia de la costa, los asaltos desde la orilla sur del Estrecho no eran infrecuentes. El documento hace referencia a uno acaecido en el mes de julio de 1511 que tuvo como consecuencia la toma de varios cautivos vecinos de Getares. El desembarco se produjo en la cala de Juan Lozano, en el término de Tarifa, muy cerca de El Tolmo, y parece que no era la primera vez que el sitio se utilizaba como punto de desembarco.

"Y otra vez se tiene noticia y memoria que por la dha cala de Juan Lozano hicieron los Moros otra presa, y no se puede negar ser conveniente que se haga la torre en la parte que el Cappan Rojas dice porque haciéndose allí y velando en ella dos hombres se excusarán semejantes cautiverios y estos hombres, pues han de guardar la linde de los términos de Gibraltar y Tarifa, será justo que se pague por mitad".

La propuesta del Capitán Rojas, del que nada más sabemos, parece ser que no es otra que la de levantar una torre en las proximidades de la cala de Juan Lozano situada “en la punta de Quebranta Votijas que descubre la cala de Juan Lozano”, en el extremo oeste de la ensenada del Tolmo, donde desemboca el arroyo del mismo nombre, es decir, entre las torres de Guadalmesí y la del Fraile o de los Canutos, construidas en años posteriores y aún vigilantes de la costa.

Aunque la Corona reconoce la importancia que tendría la torre para la seguridad, no deja de poner de manifiesto los obstáculos que conllevaría su construcción.

"El modo de hacer esta torre […] tendrá más dificultad que la que a él [al capitán Rojas] se le ofrece porque la ceniza no valdrá dineros, ni abrá quien se ocupe en hacerla allí aunque se la den dada y el carbón es imposible que valga cosa de consideración, si no es que so color de la fábrica de esta torre se metiese mano a talar algún alcornocal de la ciudad [de Gibraltar] que no esté lejos de lo que dice el Cappnn Rojas, lo qual sería tan dañoso como se puede entender".

Hace constar la administración la dificultad para proteger toda la costa desde Quebranta Botijas a Getares dado lo complicado del perfil costero en el que se abren, desde un punto a otro, entre calas y caletones, un total de dieciocho posibles lugares de desembarco y a modo de alternativa manifiesta que, para reducir el riesgo “de los caminantes de Gibraltar a Tarifa se asegura con dejar perder el camino viejo que es montuoso y cerrado y mandar que se siga el camino alto que es lejos del mar, y seguro, y fuera del monte.

Artículo publicado en el número 63 de Almoraima, revista de estudios campogibraltareños

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