30 años del Instituto de Estudios Campogibraltareños

Los fortines de Franco (I)

  • Cuando España estuvo cerca de intervenir en la Segunda Guerra Mundial, se construyó con carácter de urgencia una gran cantidad de búnkeres entre el río Guadiaro y cabo Roche

Uno de los fortines del parque Princesa Sofía de La Línea.

Uno de los fortines del parque Princesa Sofía de La Línea. / Erasmo Fenoy

Cuando España estuvo muy cerca de intervenir en la Segunda Guerra Mundial, las costas del estrecho de Gibraltar, en el sentido más amplio, se poblaron de fortines de hormigón –también conocidos como nidos o búnkeres–. Se construyeron, con carácter de urgencia, entre el río Guadiaro y cabo Roche, concentrándose una gran densidad de defensas en el istmo de Gibraltar y en Sierra Carbonera. Los estudios realizados hasta la fecha se han centrado principalmente en las zonas central y oriental del dispositivo, mientras que la occidental –en la que entra en mayor detalle este estudio– presenta interesantes características estratégicas, tácticas e ingenieriles que ahora quedarán desveladas.

Aquello “era un teatro que tenían” -relataba un alférez provisional con mando directo sobre la tropa destinada en los fortines de hormigón de la playa de Guadarranque en 1942-. La guarnición española del centro de resistencia coincidía en que, cuando comenzase el ataque aliado desde Gibraltar, no se podría resistir lo más mínimo, debiendo retirarse a la sierra para tratar de contener al enemigo allí. Todos, igualmente, parecían convencidos de que el ataque podía producirse cualquier día.

La costa norte de la bahía de Algeciras, sobre la que hace medio siglo largo se construyó el polo químico que debía servir para desarrollar económicamente a esta deprimida y paradisíaca comarca, se llenó de búnkeres a principios de los años cuarenta. Una docena se construyó, en primera línea de playa, entre el conjunto arqueológico de Carteia y Punta Mala, hoy desaparecida bajo el hormigón de los diques de la antigua Crinavis. En este sector defensivo se inscribe la información facilitada por aquel joven alférez, al mando de los fortines 176, 177 y 178 de la Punta del Gallo, correspondientes a las designaciones I-C-30, I-C-31 y I-C-33, respectivamente, de la Comisión de Fortificación que diseñaba estas obras y establecía su emplazamiento.

Densidad de defensas costeras en tres sectores de playas arenosas de similar extensión. Leyenda: E = existentes; P = perdidos; T = total. Densidad de defensas costeras en tres sectores de playas arenosas de similar extensión. Leyenda: E = existentes; P = perdidos; T = total.

Densidad de defensas costeras en tres sectores de playas arenosas de similar extensión. Leyenda: E = existentes; P = perdidos; T = total.

Al iniciarse estas tareas de defensa, las órdenes emanaban de una “Comisión de Fortificación de la Frontera Sur”, que desarrolló su labor entre mayo y diciembre de 1939. Ha sido también denominada “Comisión de Fortificación de Costas”, “Comisión de Fortificación del Campo de Gibraltar” o “Comisión de Fortificación del Estrecho”. Dicho equipo continuó su trabajo, desde 1940, bajo el mando del Gobernador Militar del Campo de Gibraltar. El 1 de septiembre de ese año se convirtió en la “Comisión Técnica de Fortificación de la Costa Sur”, con el teniente coronel de ingenieros Ángel Ruiz Atienza como presidente.

Nuestro informante, don Carlos Gómez de Avellaneda Martín, nació el 23 de abril de 1921 en León y falleció en San Pablo de Buceite el 2 de octubre de 2018. Con 96 años bien cumplidos, nos relataba aquellos hechos con una seguridad y frescura admirables. Había ingresado en el ejército en 1938, siendo nombrado alférez provisional en 1939. Dentro de la escala de complemento, ascendió a teniente en 1943, a capitán en 1958 y a comandante en 1974.

Como alférez del Regimiento de Pavía en 1942, estuvo al mando de un grupo de fortines anticarro del centro de resistencia C, dentro del Subsector I -el de San Roque-, en Guadarranque. Son los citados I-C-30, I-C-31 y I-C-33, tratándose en los dos primeros casos de excelentes obras de defensa hormigonadas, recubiertas de una superficie de adoquines que debía reducir la capacidad destructiva de los obuses navales. Esta técnica edilicia es la que se aprecia en buena parte de los exteriores de los fortines del Parque Princesa Sofía de La Línea de la Concepción. A pesar de su buen diseño ingenieril y acabado constructivo, sus ocupantes no los creían capaces de afrontar con mínimas garantías el ataque aliado que se esperaba. En buena medida, a causa de su deficiente artillado, como explicaba el citado oficial, “unos cañones Ansaldo con un tubo tan corto que, cuando tiraban, llenaban el fortín de humo”. Aclaró que eran tres piezas italianas de 37 mm, dotación completada con las habituales ametralladoras Hotchkiss de calibre 7x57 mm.

El fortín de la playa de Palmones. El fortín de la playa de Palmones.

El fortín de la playa de Palmones. / Erasmo Fenoy

Este dato llamó mi atención. Yo conocía los estadillos de armamento del Pavía-19 en esas fechas, ya que amablemente me los había mostrado el Sr. Sánchez de Alcázar en 2007, donde figuraban tres cañones de ese tipo, de ese calibre y de ese nombre. También había leído que estaban de dotación en Canarias por las mismas fechas. Sin embargo, había comprobado que no había llegado a España ningún anticarro italiano de 37 mm durante la Guerra Civil. Consultados algunos expertos en el tema y, muy especialmente, los muy documentados y generosos investigadores Sres. Mercey y Pedrete del Foro Gran Capitán, pude confirmar dicho extremo. Y que sin lugar a duda el famoso Ansaldo de 37 mm no era italiano ni anticarro, sino una sorprendente pieza de la I Guerra Mundial: el cañón modelo 1916 TR Schizzetto, es decir, la versión del Regio Esercito del Puteaux 1916, una pieza francesa de infantería de 37 mm, modelo 1916 TRP.

Los expertos sostienen que no se trata de un error casual en un documento, ya que dichas piezas aparecen repetidamente -como Ansaldo de 37/22- en los estadillos de armamento de diversas unidades, en los años 1941, 1942 y 1943, aunque, visto con qué arbitrariedad se designaba al armamento en aquellos años, casi se podría tratar de cualquier cañón de 37 mm, y no necesariamente italiano. Aunque no fue diseñado como contra-carro, dispuso de proyectiles perforantes y su munición era compatible con la de otros cañones cortos de 37 mm procedentes del ejército republicano.

Mi informante era fuente fiable, dado que conocía bien el tema del que hablaba. Resulta que ese mismo año, 1942, fue destinado al Gobierno Militar del Campo de Gibraltar, la antigua Comandancia General, en la sección de Cartografía del Estado Mayor. En consecuencia, participó directamente en las tareas de asignación de emplazamientos exactos y adecuación topográfica de los fortines —él los designa así, “fortines” o “nidos”; en los proyectos se citan como “obras” o “elementos”, nunca por el barbarismo “búnker”.

Su relato era pausado, pero sin interrupciones. Su mirada, viva, chispeante, no dejaba lugar a ninguna duda. Su tono, tampoco. Describía vívidamente cada episodio de una historia lejana, dramática, plagada de imágenes certeras y detalladas. La narración seguía un eje cronológico muy trillado en su mente, muy transitado por una larga vida de recuerdos que iba desgranando con un verbo fácil, de perfecta dicción, solo salpicado de matices subjetivos en la calificación de hechos atroces, de capítulos desgraciados, de referencia a personas que, tal vez, no quisieron haberse visto en determinadas circunstancias, pero que hubieron de afrontarlas.

El entrevistador trataba de dirigir el curso de la charla hacia los aspectos técnicos de su interés, pero don Carlos, a veces, deseaba finalizar una historia paralela que -entendía- había de servir para crear el contexto imprescindible para que los oyentes captasen toda la intensidad del escenario histórico al que aludía.

El sistema fortificado contemporáneo del Campo de Gibraltar

La infundada información sobre la amenaza aliada que se preparaba en el Peñón fue digna de crédito para el Cuartel General de Franco. El clima prebélico en Europa, y la susceptibilidad de la “nueva España” ante cualquier maniobra o noticia procedente de las potencias democráticas occidentales, actuaba en tal sentido. Pero, además, el Generalísimo sentía especial predisposición contra ingleses y franceses. Es bien conocido que Franco los consideraba responsables del declive colonial de España, por lo que les guardaba un hondo resentimiento. A pesar de las ventajas que para el bando sublevado se habían derivado de la postura británica durante la Guerra Civil, estaba convencido de que aquel país había actuado de manera reprobable al no haberse alineado claramente a su lado desde el principio. Igualmente le molestaban las noticias de la ayuda prestada por el Gobierno británico a los refugiados españoles bloqueados en el lado francés de los Pirineos al final de la guerra. Finalmente, el reconocimiento oficial por Londres del Estado nacional no habría de llegar hasta el 22 de febrero de 1939.

Tenía reticencias similares respecto a los franceses, quienes habían realizado gestos similares a los referidos de los británicos, como el envío de harina y leche condensada de la Cruz Roja Francesa al pueblo de Madrid a primeros de mayo de 1939. Todo ello a pesar de que el nuevo primer ministro de Francia -desde abril de 1938-, Édouard Daladier, había representado el triunfo de la política de apaciguamiento y no intervención en la guerra de España, siempre en contra de su predecesor, Léon Blum, partidario de ayudar a la República. El radical “no intervencionismo” de Daladier, coincidente con las tesis del británico Chamberlain, encontraría definitivo desengaño tras el Pacto de Múnich, en septiembre de 1938, frente a Adolf Hitler. La bienintencionada y errónea posición del mandatario francés facilitó el establecimiento de regímenes totalitarios de derechas, primero en España y, después, en Checoslovaquia.

El reconocimiento oficial por París de la España de Franco se produjo cinco días después que el británico, el 27 de febrero de 1939.

La desconfianza de Franco ante cuál acabaría siendo la postura del Gobierno francés llevó a comenzar un sistema defensivo de fortines en los Pirineos de Guipúzcoa y Navarra en 1939, conocido como “Línea P” o “Línea Pirineos” ya en 1944. Se trata de un “conjunto de aproximadamente 7.000 elementos de fortificación (blocaos, observatorios, abrigos, emplazamientos para artillería ligera, etc.) realizados entre 1944 y 1950 con la misión de impermeabilizar los 500 km de la frontera hispano-francesa. Fue una línea de carácter relativamente ligero, en nada comparable con la línea Maginot”.

Antes de que esa “Línea Pirineos” o cualquier otro sistema defensivo basado en fortines de hormigón se hicieran realidad en las fronteras españolas, el del Campo de Gibraltar -prolongado por el oeste hasta Conil de la Frontera- se construyó con la mayor rapidez posible. Así lo dispuso el General Jefe del Ejército del Sur, Gonzalo Queipo de Llano, quien había recibido orden perentoria del Generalísimo, ya que, ante la presunta amenaza franco-británica, debía procederse a establecer un dispositivo defensivo “con toda urgencia” en “los accesos del peñón de Gibraltar a La Línea cortando las carreteras en tres puntos con muros de cemento y piedra (…) en evitación de una sorpresa”. El telegrama de Franco fue el punto de partida del complejo y dilatado proceso desarrollado durante todo el tiempo que duró la guerra mundial. La orden se transmitió también al Gobernador Militar del Campo de Gibraltar, al Coronel Jefe de la División 112, al jefe del Regimiento de Fortificaciones Nº 4 -Andrés Mulero- y al Comandante General de Ingenieros.

Gracias a una información recientemente recabada de don Carlos Gómez de Avellaneda Sabio, hemos podido constatar la participación de otro miembro de su familia en la construcción de este sistema fortificado. Se trata de su abuelo materno, don Rafael Sabio Dutoit, ingeniero militar republicano -comandante en 1936- depurado por las autoridades franquistas al finalizar la guerra. Este señor, en el asedio de Madrid, había sido pionero en los tratamientos modernos para la restauración de monumentos, ocupándose de diseñar y ejecutar los blindajes antiaéreos de algunos monumentos importantes de Madrid, como la fuente de Cibeles y la famosa fachada del Hospicio. Para ello desarrolló un sistema de tabiques de ladrillo con relleno y cobertura de sacos terreros, que se mostraron muy eficaces. Pero sería víctima de la represión franquista porque también participó en las fortificaciones republicanas de la capital, además de ser hermano de Fernando Sabio Dutoit, quien fuera jefe honorario del Quinto Regimiento y, después, jefe efectivo de la 5ª Brigada Mixta. Lo curioso es que, poco después, Rafael -que llegaría a ser comandante de los ingenieros de la zona centro- trabajó como ingeniero civil para la Comisión de Fortificaciones del Estrecho, diseñando puentes y pistas militares. Y para ello se hizo acompañar de su equipo técnico habitual de antes de la guerra, como su delineante de confianza, Máñez.

Todos estos apuntes pueden servir para conocer mejor cuál fue el origen del sistema fortificado contemporáneo del Campo de Gibraltar, más conocido hoy como la “Muralla del Estrecho”.

El trabajo de campo realizado en los últimos años para la localización, identificación y catalogación de los vestigios de este sistema fortificado dio un primer fruto en el Catálogo de los búnkeres del Campo de Gibraltar. Redacción de documentación para la catalogación de elementos defensivos del siglo XX en el área del estrecho de Gibraltar (Sáez et alii, 2006). Este se convirtió en la base del proyecto de declaración protectora del conjunto patrimonial por parte de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, que había puesto en marcha, en 2005, el denominado Plan de Arquitectura Defensiva de Andalucía o PADA, con el objeto de actualizar la protección de la arquitectura militar y defensiva de la comunidad. El PADA fue diseñado como la base para la actualización del Inventario de Arquitectura Defensiva existente en Andalucía, con la finalidad de incluir “desde un fortín prehistórico de la cultura de Los Millares -Almería-, que se desarrolló hace 5.000 años, hasta los búnkeres de la Guerra Civil”.

Artículo publicado en el número 52 de Almoraima. Revista de Estudios Campogibraltareños (marzo de 2020).

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