A vista de Águila

Las aulas de la memoria

  • Con el inicio del curso académico, institutos y colegios ganaban protagonismo en unos años en que la mirada de Miguel Ángel Del Águila se posó también en ellos

Apertura de curso en La Inmaculada.

Apertura de curso en La Inmaculada. / Archivo Hijas de Miguel Ángel del Águila

En los tiempos de la Transición los veranos eran más largos y los cursos académicos más cortos. Hasta bien entrado septiembre no comenzaba la actividad docente en los contados centros de segunda enseñanza de Algeciras.

Junto al histórico instituto de los altos del Calvario, en los años setenta la enseñanza pública se reducía al Isla Verde y la Escuela de Arte. Algo más amplia era la oferta de la privada, con centros como el centenario de la Inmaculada -últimamente de actualidad tras comunicar las religiosas que lo regentan que abandonan la ciudad-, los Salesianos, las Adoratrices, la Huerta de la Cruz o los Pinos.

Conforme se acercaba la nueva estación volvían las visitas a La Bomba, Mérida o Villanueva en busca de los zapatos gorila y ropa sufrida que resistiera los rigores de un invierno apenas presentido con el cambio de color de las primeras hojas caídas de los plátanos del parque, que se arremolinaban ante las puertas de Belmonte. Allí se formaban largas colas para comprar libros de texto que oportunamente se forraban y se les ponía nombre aquellos días de vísperas. Miguel Ángel Del Águila recorrió esos colegios e institutos en unos tiempos de cambios que afectaron especialmente a la enseñanza.

1. El instituto

Sin más adjetivaciones. Así fue conocido este edificio hasta finales de la década de los sesenta, ya que albergó la actividad docente del único centro oficial público de segunda enseñanza en la ciudad tras el incendio del recordado Kursaal en octubre de 1942. Debido a amenazas externas, las clases se reanudaron apenas un mes más tarde en un inmueble en obras desde tiempos de la república al que la guerra y la dura posguerra empujó a recurrentes retrasos.

Tras un fugaz intento a mediados del XIX, el instituto de Algeciras se erigió en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera y se ubicó en sus primeros años en la segunda planta del hotel Sevilla, junto al río. Desde allí se trasladó a un Kursaal salobre y mítico hasta que las llamas lo devoraron en pleno horario escolar y se produjo un eficaz desalojo sin planes de emergencia. Tras cuatro semanas de peripatética docencia en sacristías, salones y bendecidos techos, se trasladó a la inacabada edificación del Calvario diseñada por Trinidad Solesio, quien, en 1933, pasó largas temporadas en Algeciras junto a Eduardo Torroja, ingeniero de su equipo, entonces dedicado a la construcción del nuevo mercado. Su diseño es una destacada muestra de arquitectura orgánica sin premios nacionales, pero con una perfecta adecuación a su función docente.

Durante décadas fue el único referente de la enseñanza media pública en Algeciras y en todo el Campo de Gibraltar. Afortunadamente, apenas ha sufrido modificaciones debido a su catalogación y al celo de su comunidad educativa.

En invierno de 1978, cuando el fotógrafo tomó esta imagen, se observa una fachada que ha sufrido muy pocos cambios.

Los característicos faroles que escoltan la portada y el que se refleja en la pilastra de la entrada son las únicas mudanzas perceptibles en relación con la visión actual, además del porte de pinos canarios, palmeras y catalpas. Un ejemplo de conservación en una ciudad poco dada a ello.

2. Fragmentos de interior

Por aquel entonces abundaban las fotos de grupo de las diferentes promociones de alumnos formando filas paralelas racionalmente diseñadas por sagas de docentes y fotógrafos sin concesión alguna a la originalidad: rostros en línea, la misma postura repetida, todos posando con cara de buenos alumnos. El profesor del grupo y algún cargo otorgaban el tono displicente a una imagen repetida en todo menos en las expresiones contenidas.

Esta imagen es bien diferente. Miguel Ángel Del Águila muy a principios de los setenta traspasó la puerta de un aula y fue capaz de reflejar su atmósfera sin miradas a cámara ni medidas impostadas y plasma la autenticidad de lo natural. Dieciséis alumnas dan la espalda al fotógrafo y muestran lo que son en los breves descansos entre clases: susurros de cuerpos espigados; diálogo de rostros cómplices; soledades compartidas. Unas charlan animosas junto a libros abiertos que no miran; otras observan con interés a alguien que pasa por la acera; algunas dialogan con el ánimo que los gestos acrecientan. En primera fila, dos largas colas trenzadas copian apuntes y piensan; otras dos suspenden momentáneamente una conversación dándose la espalda. Sin embargo, el eje visual de la imagen se dirige a la joven de breve cola de caballo que a la derecha mira sin ver por la ventana: manos cruzadas de resignada indolencia; perfil de haber perdido ya algún tren. Las ecuaciones, las pasivas reflejas, la restauración borbónica y las declinaciones yacen en los libros. La vida de estas jóvenes mujeres late en sus gestos y en las miradas hacia la calle homónima al centro. No hay visillos, sino batas en esos otros cuartos de atrás que novelara Carmen Martín Gaite. Colegio nuevo de la Inmaculada.

3. Apertura de curso

Imagen poco conocida de un espacio que pervive en contados recuerdos. El fotógrafo acudió al centro de la Inmaculada para cubrir la apertura del curso académico 1970-71. El edificio, erigido en los altos del Calvario, lindaba con el antiguo instituto, con quien compartía su testero sur. Se iniciaron las obras a principios de los sesenta, pero se detectaron serios problemas de cimentación sobre la base arcillosa que acabaron precipitando su traslado y posterior derribo. En la imagen, nada parece barruntar tales desenlaces. Se muestra un salón de actos despejado, claro, con robustas vigas que sujetan un techo aéreo.

Sobre sillas de tijeras, las alumnas llenan el espacio: trajes estampados sustituyen habituales uniformes; alternancia de peinados recogidos con melenas sueltas; algún bolso de rafia y un pasillo expedito que conduce a la mesa presidencial. Bajo un ventilador de techo, tocas monjiles y medallas concepcionistas comparten espacio con jóvenes docentes y el guion de la casa. El único micrófono amplía el discurso del jefe de estudios. El acento de don Francisco Espadas salía por unos altavoces esquinados: el de la izquierda sobre el viejo piano de pie proveniente del viejo edificio de la calle Panadería. Meses después de la imagen, el colegio cerró sus puertas por amenaza de ruina; una década más tarde fue derribado y viviendas y más viviendas se alzaron sobre sus suelos de arcilla.

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