Historias de Algeciras

La almadraba de Algeciras (I)

  • El 28 de abril de 1892 se concede permiso para la explotación de una almadraba en la playa de Getares

  • Nicolás Marset emprende viaje a la joven población de La Línea tras formar una sociedad para emprender el negocio 

En el número 1 de la calle Monet, anexa a la del Ángel, abrió oficinas La Madrileña. En el número 1 de la calle Monet, anexa a la del Ángel, abrió oficinas La Madrileña.

En el número 1 de la calle Monet, anexa a la del Ángel, abrió oficinas La Madrileña.

Si bien don Nicolás era un hombre hecho para los negocios, precisamente aquél tenía todas las trazas de no ser cosecha de su propia iniciativa. Fuera como fuere, el que su padre contase con él era suficiente motivo para embarcarse en una nueva aventura. Los tiempos no eran fáciles para arriesgar, pero él como buen industrial, sabía que la época de crisis para unos, también lo era de oportunidades para otros.

El día anterior, don Nicolás, como respetuosamente era llamado por sus empleados, le había dado las indicaciones oportunas a su administrador Agustín Benítez, para que a primeras horas del día siguiente, los mozos que atendían las cuadras de la compañía de transportes de su propiedad, sita en la plaza Juan de Lima -o de la Caridad-, conocida por todos los algecireños por su razón social La Madrileña -nacida en 1884-, le tuviesen preparado su cómodo coche tirado por el más robustos y tranquilo de sus caballos para emprender un cercano, pero a la vez duro trayecto por caminos de herradura. Por otro lado, si bien pudo haber optado por realizar el trayecto en vapor, quizá consideraría que un hombre tan inquieto y activo como él, no podía estar sujeto a horarios de salidas o llegadas. Y de vez en cuando no estaba mal comprobar in situ la realidad de los caminos por donde transitaban sus caballos y la profesionalidad de sus cocheros.

Si bien aún se consideraba un hombre con suficientes fuerzas para afrontar los avatares de la vida, Nicolás Marset, que por entonces contaba con 45 años, también era sabedor de que para él, había comenzado el vertiginoso y natural declive físico. En aquella lejana época a finales del siglo XIX, una persona de 50 años era considerada mayor.

Asumiendo su siempre responsable proceder, y teniendo clara cual era su obligación, tras indicarle al cochero que arreara a la bestia con apariencia de percherón. Tal conductor que bien pudo haber sido el imberbe pero diestro con las riendas en las manos Diego Serrano; o quizá el no tan joven Paco Hernández, quién tenía su domicilio en la calle Montereros; o tal vez, su propio hijo José, que para entonces había sobrepasado los veinte años y no estaría de más que acompañara a su padre en los negocios que algún día heredaría. Sea quien fuere el diligente cochero, con gran dominio manual de las bridas y acompañado de un silbido, direccionó al animal hacia la salida de la plaza de la Caridad, camino de la ronda que popularmente denominaban los algecireños como Secano. Destino: el aún joven municipio de La Línea de la Concepción.

Nada más comenzar la subida de aquel acceso extramuros por poniente que salvaba el centro del pueblo de Algeciras, el cochero mirando de reojo a su pasajero, observó como éste comenzaba a notar los baches de aquel camino, compuesto por auténticos socavones diariamente escarbados por los carruajes de peso cargados de reses en dirección al matadero, o los también carros de las vecinas fábricas de curtidos instaladas en lo que fue el caserón de Andrés Lacarcel, frente a la calle Panadería y camino de las Huertas, propiedad de Francisco Fernández. Más arriba aguardaba la llamada huerta de Linares, propiedad de José Paulete y el popular tunar de Ojeda, cuya dueña era Catalina Benítez, más al norte el paseo de Fita, llamado así por ser en el pasado propiedad del que fuera alcalde constitucionalista durante el Trienio Liberal, don Ventura Fita. Un poco más adelante la también fábrica de curtido de José Santacana, quién compartían el negocio con los hermanos Fernández Custodio, quedando a su norte la calle de San Isidro. Ya solo quedaba dejar a la izquierda el triángulo perfecto que componía la viña Dañino, propiedad de Mr. Percy Winston y a la derecha, la siempre impresionante figura de la plaza de Toros La Perseverancia; templo de la fiesta a la que era muy aficionada la familia Marset, no en vano en su momento había adquirido acciones del coso a la sociedad anónima del mismo nombre.

A partir de aquel momento, una vez pasado el cementerio en desuso -los restos desde 1846 habían sido trasladados al nuevo situado a extramuros de la ciudad por el norte y frente al Cortijo del Rosario, propiedad de Rosario Koch-, y la bajada del camino a la Estación, donde se encontraba la vieja fuente, el trayecto se hacía más llevadero. Metros más adelante, se observaba el inclinado terreno propiedad de Manuel Garrido -quién vivía en el número 4 de la calle Sacramento, junto a su esposa Ana Gómez-, y que dotado el matrimonio de un gran corazón para con los necesitados, habían permitido que estos edificaran sus humildes barracas, en la prolongación de las cañadas que provenientes de la Bajadilla y Calvario, atravesaban sus tierras; y recibiendo por nombre Hotel Garrido.

Manuscrito de Sánchez del Arco. Manuscrito de Sánchez del Arco.

Manuscrito de Sánchez del Arco.

La rutinaria visión del campo, aquí el arroyo que en su desembocadura llaman de los Ladrillos; allá, el Hoyo de los Caballos, donde había oído que reposaban los restos de los animales sacrificados en las corridas de toros de La Perseverancia; y acullá a la derecha el Cortijo Zarza del Moro, alcanzando el cruce del camino hacia Los Barrios, con su flamante nuevo puente del tren; y la gran heredad del Acebuchal cuyos límites llegaban hasta el playazo que parte del sur al norte, desde la punta del Rinconcillo hasta el Palmones.

Traspasado el citado río, y para una más exacta descripción del paisaje que los ojos de Nicolás Marset y su cochero observaban durante su cercano trayecto de aquel lejano entorno campogibraltareño de finales del sigo XIX, acudamos a la descripción -manuscrita- que hizo Domingo Sánchez del Arco, en su obra póstuma, titulada: La Provincia de Cádiz. (Colección de monografías de los pueblos que la forman). Algeciras. Y en la cual expresa: "Llegaré a la desembocadura del río Palmones, siendo este curso de agua límite entre los términos de Algeciras y Los Barrios. A 400 m del Palmones y siguiendo una limpia playa de arena se encuentra una torre llamada Entreríos, y á 400 m más allá el río Guadarranque ó de Las Yeguas, límite de Los Barrios y de San Roque. A 1.200 m de la desembocadura del Guadarranque el fuerte del Mirador sobre una eminencia. Es este fuerte de figura circular y se artillaba con cuatro cañones”.

De regreso al ligero coche que se dirigía hacia el otro extremo de la bahía, su propietario absorto en sus pensamientos, reflexionaba Nicolás Marset Nogueroles sobre el nuevo negocio que había emprendido por la plena y lógica confianza que le generaba su familia; en especial su padre. Vecino de San Fernando, Pedro Marset Pérez, en aquel año de 1893, contaba con 66 años, una edad muy avanzada para la época; siendo su estado civil viudo. Y según su hijo, el constante pensamiento en sus distintas propiedades y emprenderías de nuevos negocios: le hacía rejuvenecer. Y algo así tuvo que ocurrir, cuando ilusionado le propuso los pasos que previamente había dado con el que sería su socio -y yerno tras casarse con una de sus hijas y hermana de Nicolás- el también vecino de San Fernando José Ruiz Rodríguez, hombre de negocios de 38 años, quién varios años después (1898), se haría con todas las acciones de La Madrileña, abriendo despacho en el número 1 de la calle Monet, dándole a la popular empresa de transportes un cambio; expresando la documentación consultada sobre el particular: “Mejorando las condiciones en que hoy se hace la conducción entre Algeciras y San Fernando estableciendo un servicio de diligencias alternado entre estas dos poblaciones alternado con el ferrocarril de Cádiz”. Ya solo faltaba para crear el grupo inversor del nuevo negocio, la incorporación del amigo de la familia, el rondeño Julio Fortuni Casamata, hombre avezado de 50 años y considerado un gran propietario en la serranía cercana a la ciudad del famoso Tajo.

Todo comenzó cuando el más joven de los socios, su cuñado José Ruiz, consiguió el 28 de abril de 1892, la llamada: Concesión de Calamiento; es decir, permiso para la explotación de una almadraba. Y que estaría situada, según la concesión de la Real Orden: “En la playa de Getares (Algeciras), en las aguas jurisdiccionales de este Distrito marítimo, por el término de 5 años que empiezan á correr y contarse desde el actual según otra Real Orden de 4 de mayo de aquel año, con la obligación de satisfacer el canon anual de 125 pesetas y con las demás cláusulas y condiciones que correspondan á aquellas sobre varias disposiciones”. Una vez conseguida la concesión había que ponerse en marcha.

Mientras proseguía inmerso en sus pensamientos, Marset volvía a admirar la belleza del paisaje que le acompañaba, como así lo describió -siguiendo el relato-, Sánchez del Arco: “En dirección 60º O del fuerte, se encuentra a unos 300 m la torre del Rocadillo ó de Cartagena de gran importancia por marcar el emplazamiento de Carteia. Sigue la Punta del Gallo á 400 m del fuerte del Mirador rumbo E ¼ SE, punta la cual tiene unos arrecifes que la defiende recogiéndose al O y que la defienden hasta el Guadarranque. Desde la Punta para el E forma la costa hasta Punta Mala en cuya mediana está Puente Mayorga sobre el río poco caudaloso del mismo nombre”.

En lo personal, reflexionó en muchas ocasiones el alma de la popular casa-posada Parador de la Luz, lo que se hubiera alegrado su desaparecida mujer María, si el destino no se la hubiera arrebatado tan pronto. Él sabía que realmente el corazón de aquel negocio de aquella posada, establecida en la plaza Juan de Lima o de la Caridad, había sido -y para su familia seguía siéndolo desde el recuerdo- su siempre querida esposa María Llorca; aquella que le diera siete hijos, de nombres: Miguel, Mariana, Vicenta, Pedro, María, Nicolás Manuel y José Marset Llorca. La casa-posada había llegado al seno patrimonial de la familia Marset-Llorca, gracias a la herencia de la abuela materna Mariana Llorca López, quién al morir, dejó el gran caserón a sus hijas; Vicenta y María, la primera casada con el industrial Antonio Gutiérrez, y la segunda esposa de Nicolás Marset Nogueroles.

Aunque ambos jóvenes contrayentes -María y Nicolás- provenían de familias acomodadas, su incursión en el mundo de los negocios tras su enlace matrimonial no fue fácil. La situación política y social de aquella convulsa España de la segunda mitad de siglo, no daba precisamente garantías para la inversión en los negocios. Pronunciamientos, asonadas y levantamientos, así como los consabidos cambios de gobiernos, estaban a la orden del día. La guerra de ultramar y los cada vez más frecuentes enfrentamientos con las tribus rifeñas en el norte de África, hacían aún más insegura la situación. No obstante aquel luchador matrimonio optó por arriesgarse, y para cuando años después se produjo el fallecimiento de María, el patrimonio familiar había adquirido una considerable dimensión.

Continuará.

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