A vista del Águila

El entorno de la Plaza

  • En los años de la Transición, a la Plaza no solamente se iba a comprar. Era lugar de encuentros y negocios, tratos y tertulias, cafés y campañas que Miguel Ángel Del Águila no dudó en fotografiar

El bar Rosaleda y Bermejo.

El bar Rosaleda y Bermejo. / Archivo Hijas Miguel Ángel del Águila

De los dos grandes espacios abiertos que proyectó Jorge Próspero de Verboom en su ortogonal trazado de la nueva Algeciras dieciochesca, el ubicado sobre las antiguas atarazanas medievales fue el que desarrolló una función eminentemente comercial. A un paso de la Marina, de la Pescadería, de la entrada al puerto y del Ojo del Muelle, de allí partía la calle que llevaba hasta la antigua puerta de Tarifa y también el camino real que, tras discurrir frente a la capilla de Europa, conducía hasta la puerta del Fonsario o de Gibraltar y que, con el tiempo, mantuvo entre las dos plazas su secular toponimia de calle Real, hoy oficialmente suprimida.

Su estratégica posición sirvió para que en la plaza Baja se establecieran negocios y locales al amparo de una función mercantil que se asentó definitivamente con la ubicación del mercado. La construcción del innovador edificio diseñado por Torroja no acabó con la heterogénea perspectiva del espacio. En el perfecto cuadrado cerrado al levante han convivido provisionales puestos con despachos ambulantes; cafés donde se cerraban tratos con bancos donde se movía el dinero que el rol comercial de la Plaza por antonomasia generó en un palimpsesto de imágenes que Miguel Ángel Del Águila tuvo oportunidad de plasmar.

El bar Rosaleda y Bermejo. El bar Rosaleda y Bermejo.

El bar Rosaleda y Bermejo. / Archivo Hijas Miguel Ángel del Águila

El bar Rosaleda y Bermejo

Primer mediodía de junio de 1975. Un sol caliginoso apenas proyectaba sombras desde su posición cenital cuando el fotógrafo tomó esta imagen del abierto flanco sur de la Plaza. En ella se contempla un fondo de venerables fachadas dieciochescas con elaboradas rejerías de forja que aún sostenían las sólidas balconadas que cubrían las puertas de entrada del bar Rosaleda, cuyos paramentos se ilustraban con pinturas publicitarias de centenarias bodegas jerezanas. A la sombra, varios veladores redondos acogen a la habitual clientela de un lugar donde se cerraban verbales tratos y cercanos negocios. Hablan con la holgura de quien no se siente empujado por el tiempo y con la nobleza de la confianza en la palabra dada.

Chaquetas oscuras, pantalones de tergal, camisas blancas, algún pañuelo de algodón que sobresale con blanco pico del bolsillo, cabellos canos, miradas sobrias acostumbradas a constantes tertulias de olorosos vinos y quintos de cerveza. Frente a las pausadas tertulias se extiende un antitético conjunto de botijos de barro, orzas, macetas, lebrillos, cerámica esmaltada y capazos de esparto: dos universos distintos compartiendo un espacio que se aleja de cualquier espontáneo caos. Todo medido, reglamentado, en su justo lugar: hileras perfectas de cacharros, búcaros en línea recta, jarrones en gradación simétrica, cazuelas en paralelo, vacías jaulas que dibujan perspectivas de manual. Tertulias y exposiciones; tratos seculares frente a frágiles vasijas; vinos de Jerez junto a jarras de barro.

Los bancos de la Plaza Los bancos de la Plaza

Los bancos de la Plaza / Archivo Hijas Miguel Ángel del Águila

Los bancos de la Plaza

La mitad oriental de la Plaza siempre estuvo orillada de bancos. Aquí el homónimo nunca tuvo el significado de la primera acepción de la RAE. No había asientos fijos en su entorno, pero sí un buen número de entidades que acudieron al reclamo del lugar para ubicar oficinas y sucursales; el dinero siempre ha llamado al dinero y no permanecían eternamente en los bolsillos los gruesos fajos de billetes sepias de cien, azules de quinientas o verdes de mil pesetas que abultaban bajo ternos de alpaca cubiertos de cintas elásticas y protectoras manos.

Miguel Ángel Del Águila fotografió una mañana de verano la oficina del banco Central que se alzaba en la esquina roma de la Plaza con la Pescadería. No debía de hacer mucha calor: los ventiladores están apagados y las ventanas de cristales de ondas y esmeril apenas dejan vislumbrar las rejas que lo protegían de un exterior poco hostil. Las persianas de lamas permanecen levantadas y los clientes portan las ropas claras y holgadas de la estación: camisas y saharianas; gorras y pantalones frescos. No hay colas, ni aforamientos, ni números, ni citas, ni distancias. Junto al mostrador de grueso y también romo mármol negro se agolpan cuadro hombres que cuentan relajados los billetes, hablan con el empleado o esperan su turno tras unas gafas de concha. No hay mamparas, no hay cristales, solo gruesos ceniceros y una atmósfera humana de miradas cruzadas y palabras sin nombre para amortiguar la espera en un tiempo anterior a los cajeros, a las tarjetas, a la banca digital y las pantallas.

La Plaza en campaña La Plaza en campaña

La Plaza en campaña / Archivo Hijas Miguel Ángel del Águila

La Plaza en campaña

La Plaza no ha sido solamente mercado: se ha comprado y se han hecho tratos; ha sido foro y ágora; lugar de encuentro y discusiones, visitado por los políticos y espacio referente en las campañas electorales. El fotógrafo se desplazó hasta allí después de celebrarse las primeras elecciones municipales democráticas. Los muros que sostienen la ingrávida cúpula de Torroja sirvieron de soporte de carteles y más carteles con los que los partidos los empapelaron con la efervescente eclosión de las primeras veces. Eran momentos de cambios e ilusiones, de prevención y esperanza, de inquietudes y proyectos. Tras darse por concluida la campaña, los militantes que semanas antes habían cubierto la ciudad con propaganda electoral se dispusieron a retirarla y fue precisamente el mercado el lugar elegido para este acto. Las imágenes y los textos cubrían ladrillos y celosías que de forma diligente quita espátula en mano uno de los candidatos que se presentaron a aquellos comicios.

Sobre escalera de madera retira la cartelería un afanoso Paco Esteban con camisa de cuadros y actitud diligente. Frente a él se refleja repetida su imagen electoral con chaqueta, corbata, esbozo de sonrisa y mirada a la izquierda enmarcada en leyendas para solicitar el voto a una lista electoral que acabó resultando ganadora. Casi diez mil votos de Algeciras lo convirtieron en alcalde, y una icónica decisión inicial suya fue esta de borrar las huellas de su propia propaganda una vez pasados los comicios. El fotógrafo captó a la persona real frente a la imagen: una esboza una sonrisa, otra actúa retirándola. Juego de perspectivas enfrentadas derribando una cuarta pared que aquí es el muro de celosías bajo la blanca cúpula diseñada por Torroja que sigue cubriendo el mercado de Algeciras, la Plaza sin más, con mayúsculas, que no necesita adjetivos y que sigue viendo pasar el tiempo y las campañas, aunque no se utilicen sus muros para pegar unos carteles que ahora nadie tiene que retirar.

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