Historias de Algeciras La huerta y la venta de Pelayo (I)

  • El benalizo Francisco Ros Sánchez y su esposa, Rosa Moreno Durán, fueron los primeros propietarios de los terrenos sobre los que hoy se asienta la barriada algecireña

El Ayuntamiento de Algeciras en una imagen de época. El Ayuntamiento de Algeciras en una imagen de época.

El Ayuntamiento de Algeciras en una imagen de época.

Aquel día Francisco se despidió de sus padres, su joven mente llevaba mucho tiempo dándole vuelta a la idea de coger el camino y dirigirse hacia donde los arrieros, caminantes y jaramperos (contrabandistas), señalaban como el sitio donde se movía el dinero: Algeciras. Conforme emprendía el camino en busca de un futuro, atrás quedaba su bonito pueblo de Benadalid, tan querido como falto de oportunidades para un joven emprendedor como era Francisco. Sus padres Simón Ros Yera y Gerónima Sánchez Yera –primos hermanos– habían nacido en aquel serrano lugar, donde la muerte años después les alcanzaría. Tiempo atrás, habían contraído matrimonio en la Iglesia parroquial benalizeña dedicada a su santo patrón San Isidoro. Sus vidas se habían constituido en un compromiso diario con el duro trabajo del campo, teniendo como escenario continuo y permanente el bello valle del río Genal. Ronda, la ciudad más cercana, situada a 25 kilómetros era el lugar al que solo se trasladaban en “caso de enfermedad o para arreglar algún papel”. Y después llegó Francisco para alegrar la rutina de aquel matrimonio, y tras el primer hijo, vino el segundo y último Juan. Luego, Francisco se hizo mayor y Simón y Gerónima aceptaron con compresión y resignación, la decisión de marchar del pueblo de su primogenito.

El benalizo Francisco Ros Sánchez, dejaba atrás lo que hasta entonces había sido su vida, el paisaje de su infancia, los cuidados de sus padres –quizás su madre le arrullara con la historia de la Rosa, donde se cuenta los amores entre una cristiana y un musulmán en el pueblo–, sus juegos infantiles junto al castillo–cementerio o en la Cruz del Humilladero –también llamada de las gradillas–, que fue levantada según se decía por dos canteros portugueses llamados Fernández; las fiestas populares como la romería de la Candelaria, la de la Asunción o la dedicada al patrono San Isidoro, en la que siendo mozo esperaba la llegada de las mozas de los cercanos pueblos de Benalauría, Atajate o Alpandeire. Pero Francisco lo tenía muy claro y su idea muy fija: Algeciras.

Al llegar a Gaucín, miró hacia el sur y allí esta la bahía que –según él–, estaba llena de oportunidades, generadas por la pequeña roca que vista desde lejos le parecía el peñón de Gibraltar. En ningún momento su joven mente se paró a pesar en la inherente exageración existentes en los relatos de los viajeros, y que no siempre es cierto que “se amarren los perros con longanizas”; la ilusión en la aventura, ocultaba cualquier duda sobre el futuro que se había marcado. Difícilmente aquel joven que bajaba con paso firme y ligero hacia el valle del Guadiaro a su paso por el término del Jimena de la Frontera (marchando por el camino llamado real, junto al cual, y décadas después el poder económico de una noble familia, fundaría un núcleo poblacional que tomaría el nombre de uno de sus miembros –Pablo– de aquella rica estirpe, siendo conocida como San Pablo o San Pablo de Buceite) podría pensar que estaba recorriendo en sentido inverso, la senda que décadas atrás, un gran grupo de campogibraltareños liderados por el General Castaños emprendieron rumbo hacia Jaén –vía Ronda, Utrera y Porcuna– para enfrentarse el 19 de julio de 1808 en los campos de Bailén y en defensa de la libertad, al mejor ejército de su época.

Tras varios días de marcha y seguramente con la ayuda de algún arriero que le dejaría subir a su carro, entró Francisco Ros en la ciudad de Algeciras. Nuestra ciudad que años atrás había sido testigo de diferentes intentos de levantamiento liberal contra la monarquía fernandina, en aquellos momentos se había convertido en un punto estratégico muy importante, dada la actividad política y militar que España estaba desarrollando en el norte de África. Lo cual intensificaba aún más las posibilidades laborales, no quedándose tan solo reducida a la tradicional del contrabando.

Sin duda, aquel joven venido de la serranía rondeña, se llevaría una grata sorpresa al comprobar que en Algeciras también existía una importante actividad huertana y de secano en la que poder desarrollar sus conocimientos del trabajo con la tierra, aprendidos de sus mayores. Francisco así lo haría. Y así trascurrieron sus primeros años en nuestra ciudad donde una vez asentado, conoció a quién sería su esposa la algecireña Rosa Moreno Durán, con la que contrajo matrimonio, siendo ambos solteros, en 1852 y en la Iglesia parroquial de Ntra. Sra. de la Palma. Para entonces Francisco contaba con 23 años de edad.

El matrimonio tuvo tres hijos, pero todos fallecieron antes de llegar a la adolescencia

Dada la dureza de la vida en aquella época, aquella familia creada por el benalizo y la algecireña, no pudieron configurar la familia que ellos esperaban llegar a tener; procrearon varios hijos: Antonio, Gerónima y Rosa Ros Moreno, ninguno de los cuales llegaron a la adolescencia falleciendo todos durante la niñez.

En 1872, veinte años después de haber contraído matrimonio, y cuando Francisco ya contaba con la avanzada edad para la época de 43 años, el matrimonio decidió emplear todos sus ahorros acumulados durante años de trabajo en la compra de una propiedad que les asegurara una digna vejez, para lo cual habían puesto los ojos en la posibilidad de adquirir un terreno en una zona de Algeciras alejada de la ciudad y que era conocida por la Argamasilla o Algamasilla (según el documento que se consulte siendo una de las acepciones de argamasa: lugar público, y la Argamasilla siempre ha sido considerado un terreno Propio o del Común) o, también reconocida en menor medida como Dehesa de los Tizones (por la actividad del carboneo que en ella se practicaba de modo ilegal), junto al camino real con dirección a Tarifa. Tras una subasta celebrada en el Ayuntamiento de nuestra ciudad el 7 de noviembre de aquel año, resultó ser el rematante final de una huerta llamada Pelayo, situada en la Argamasilla, aquel joven que años atrás desde su serrano pueblo de Benadalid había soñado con buscar fortuna en la lejana –por entonces– Algeciras.

La Argamasilla en el camino real Algeciras-Pelayo (S.XVIII). La Argamasilla en el camino real Algeciras-Pelayo (S.XVIII).

La Argamasilla en el camino real Algeciras-Pelayo (S.XVIII).

Los antecedentes del lugar donde Francisco y Rosa desarrollarían sus vidas, bien pueden comenzar: “El 9 de julio de 1502, los Reyes Católicos le hacen donación a la ciudad de Gibraltar, de la de Algeciras “con todos sus términos y jurisdicciones...”, este acto marcaría el futuro de la Argamasilla. Siendo una de las primeras noticias que se tienen de aquella dehesa –escenario donde en un futuro se ubicará la finca denominada Pelayo– la siguiente: “Executoria de la Ciudad de Gibraltar en donde constan antiguos acuerdos […], valor de sus dehesas y censos que sobre ellas se pagaban y facultad real de sus imposiciones. En 28 de Abril de 1668”. Prosiguiendo, una vez devuelta a nuestra ciudad –tras su periplo gibraltareño y sanroqueño–, el 25 de enero de 1785, se procedió a: “En este cabildo se hizo presente de orden de Su Señoría el Señor Corregidor una requisitoria despachada por el Sr. Don Pedro Villaseca Moreno, Alcalde Mayor de la población de Algeciras Campo y término de esta Ciudad en fecha ocho del corriente en la que se inserta una Orden del Real y Supremo Consejo de Castilla, consiguiente a la solicitud que parece haberse hecho en aquel Regio Tribunal para Don Diego Caballero, abogado y vecino de la referida población, pretendiendo se reparta entre vecinos pobres jornaleros, la Dehesa que nombran de la Argamasilla”.

Los terrenos, con un total de seis fanegas, fueron valorados en 1.425 pesetas

Recogiéndose en la documentación consultada, la cercana dehesa tarifeña –por poniente de la Argamasilla– Ahumada o “jumá”, llamada así por ser propiedad de Mariana Méndez de Ahumada, dueña de “cuartos” habilitados como pósito en nuestra ciudad. Mientras que por levante y en la dehesa algecireña –por tener Ayuntamiento propio desde 1755– de El Algarrobo, se encontraba el arrendamiento del “fruto de la bellota por Pedro de Esquinas”, estando en un extremo del predio, el popular manantial denominado El Chorro que juntamente con el apellido del arrendatario forman el vocablo Chorro–Esquina o Chorrosquina.

De regreso al sueño alcanzado por aquel veterano matrimonio que consistió en la posesión de un huerto que oficialmente estaba situado: “En la llamada Dehesa de la Argamasilla, que nombran de Pelayo, con cabida de 6 fanegas de tierra, equivalentes á 3 hectáreas, 86 áreas y 34 centiáreas, la mayor parte montuosas y con algunos árboles frutales, cercado con paredes de piedra á estilo de campo, y dentro de esta, ó sea de las cercas hay un nacimiento corriente de aguas de pie para su uso y aprovechamiento. Lindando por los cuatro vientos cardinales con tierras de la Dehesa de la Argamasilla, en que se halla enclavado”. Y que según los alarifes municipales había sido valorado en la cantidad de 1.425 pesetas, toda una fortuna para aquella familia. Aquella propiedad de carácter rural, adquirida por la algecireña y el benalizo, fue creada por Romualdo González de Orejón en virtud de concesión que le hiciera este Ayuntamiento algecireño –desconociéndose el año–, con un canon de 7 pesetas anuales sobre el terreno y que después éste la vendió a Antonio López García el que por escritura otorgada en fecha 15 de Diciembre de 1838, la vendió en igual forma a Agustín Frescal, según escritura generada el 5 de Septiembre de 1848. A la muerte de Frescal, en la partición de sus bienes se le adjudicó á su viuda María del Pilar Gómez, quién la volvió a vender a José de la Torre Jaime el 4 de Septiembre de 1852. Este último, sin que se conozcan los motivos, renunció a sus derechos sobre el huerto en favor de José Méndez Barrera. Estando en posesión de este último el huerto, acudió al Ayuntamiento para que: “En solicitud de que con arreglo á las leyes […] sobre las fincas […] se le confirmase propiedad y dominio del huerto”. Accediendo á ello en 12 de noviembre de 1860. El Alcalde Antonio Fernández, le confirmó los derechos de propiedad según y como había solicitado. Habiendo fallecido Méndez Barrera, con arreglo á su testamento […] se procedió para el pago de deudas a subastar el 7 de Noviembre de 1872 el huerto […] rematándose, como se ha expresado anteriormente, en favor de Francisco Ros.

Continuará

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