Historias de Algeciras Nadie en el tercio sabía (y II)

  • El abogado José de Lima indaga sobre la pista que dejó el legionario Antonio Blanes durante su paso por Algeciras

Imagen de la Bahía desde el hotel Reina Cristina Imagen de la Bahía desde el hotel Reina Cristina

Imagen de la Bahía desde el hotel Reina Cristina / E.S.

Tras agradecer la colaboración de Thomson y felicitarle por dirigir de modo tan ejemplar el magnífico hotel, referente en toda España, y que durante unos días sería su lugar de descanso a la vez que de trabajo de investigación, se marchó a la busca de nuevas noticias que enriquecieran el informe que había de presentar días después a sus clientes. Si bien, y cumpliendo normas de protocolos no escritas, Lima comenzó su pesquisa en mismo establecimiento, entrevistándose dentro del más discrecional de los ambientes con el que fuera su director, el Sr. Thomson, como quedó reflejado con anterioridad.

Sin duda, dada su larga experiencia profesional no dejaría pasar la ocasión de preguntar a los que consideraba que “más valían por lo que callaban que por lo que decían”, como es el siempre sigiloso pero no por ello sordo servicio de un hotel. Mas aún -pensaría-, cuando se trata de un establecimiento acostumbrado a recibir a personajes tan relevantes de la política y de la aristocracia internacional, como era en aquella época el Hotel Reina Cristina de Algeciras.

La gestión entre el personal, bien pudo ser con quien ejercía la jefatura del comedor, el francófono Guidi Achille, no fue nada infructuosa. Todo lo contrario, saliendo a colación personas que, dado lo delicado del asunto, no tuvieron obstáculo alguno en conversar con el letrado. Siendo uno de estos el capitán don José Hermosa, de quien el Señor Lima tenía noticias de haber hablado y comido algún que otro día día con el Señor Blanes.

El citado oficial, acogido en un ambiente de cordialidad y con la discreción debida al tema en cuestión, a los implicados en el mismo y a su rango militar, con el máximo ánimo de colaboración, a la pregunta, de: -Si tenía la bondad de decir lo que supiera de la vida del señor Blanes durante su estancia en Algeciras. Manifestó: -Que recuerda que en el mes de Junio del año pasado, estuvo en esta Don Antonio Blanes de quien es amigo hace muchos años. Que lo convidó a comer un día en el Hotel Reina Cristina, en unión de un Capitán de Ingenieros, que se llama Yñiguez. Que le manifestó que su viaje tenía como objeto fines políticos.

Preguntado nuevamente el oficial si el Señor Blanes estaba solo o acompañado de dos señoras, dijo: -Que en la mesa comieron los tres solos, pero que en otra mesa de al lado, comieron dos señoras americanas, de quienes, dijo Blanes, eran amigas suyas y que solía dormir con las dos indistintamente. Que recuerda que después de la comida, se fuera con ellas a los jardines del Hotel y que mutuamente se echaban los brazos por encima y se trataban con mucha familiaridad.

Preguntado si le había visto algunas alhajas o valores, dijo que: -El señor Blanes le enseñó una libra esterlina que por medio de un resorte se abría y dentro contenía un retrato de mujer que Blanes le señalo que era de una amiga suya presidenta del Círculo de Feministas de Nueva York, la que le había ofrecido grandes cantidades para su causa política en España, y que él no había aceptado.

Coleccionable de la prensa de la época Coleccionable de la prensa de la época

Coleccionable de la prensa de la época / E.S.

Durante aquellos días, el abogado granadino contactó con una persona muy querida y respetada en la ciudad, Emilio Morillas Salinas; propietario, político -ejercía en aquel momento como concejal del Ayuntamiento algecireño, cuya presidencia estaba bajo el mandato de Ricardo Rodríguez Gamba- y hombre de negocios, que gozaba de la amistad del director del hotel, con el que mantenía una relación comercial muy estrecha, dado que se había hecho desde hacía un tiempo, con el bar establecido en el Kursaal, que por entonces también era conocido como Club Náutico de Algeciras.

Morillas también fue testigo de la presencia en nuestra ciudad, y más concretamente en el entorno del hotel -incluido el Kursaal- de Antonio Blanes. En el primer contacto que mantuvieron Lima y Morillas, el segundo le manifestó: -Que recuerda que en el mes de Junio último, estuvo en esta ciudad el señor Blanes el cual asistía al Kursaal con unas señoras que decían eran americanas, con las que al parecer tenía aquel amistad íntima. Que dicho señor hacía vida de continua diversión, convidando a amigos y amigas al Hotel Cristina, donde se hospedaba y hacía también algunas excursiones en automóvil por los alrededores.

Es decir, el futuro legionario Antonio Blanes Zayas, al igual que le aconteció al pianista sevillano Joaquín Turina, también fue victima del encanto de aquel rincón algecireño. Rincón compuesto por el Hotel Cristina, el Kursaal y el Chorruelo. Ambos personajes, en femenina compañía, vivieron la experiencia, como así dejó plasmado en su diario la acompañante de Turina, la autora María Lejárraga -esposa de Martínez Sierra, hombre muy vinculado al mundo del teatro en la capital de España-, escribiendo: “En Algeciras, acudíamos a un triste y solitario casino de tablas que se levantaba cerca del magnífico hotel de los ingleses (Kursaal), la orquesta, estaba formada por un pianista y un violinista, que tocaban en el vacío valses melancólicos; éramos los únicos clientes, y conversábamos con la infeliz pareja casi hasta medianoche; después, volvíamos despacio, en silencio, respirando a pleno pulmón el aire marino perfumado con los aromas del jardín del hotel, plantado de arbustos silvestres, tomillo, romero, espliego y menta”.

En cuanto a la presencia del automóvil en las andanzas por Algeciras y alrededores de Antonio Blanes, bien pudo el hotel de Thomson, en nombre de su adinerado cliente, alquilar los servicios de uno de aquellos primeros autos que circularon por nuestra ciudad al popular industrial León Toledano, propietario de un negocio abierto en Algeciras relacionado con la novedosa industria llamada del automóvil, encontrándose abierto en el número 19 de la calle San Felipe (hoy, Sáenz Laguna), bajo la razón social de “Accesorios Toledano”.

El abogado granadino, seguramente en más de una ocasión y en la soledad de sus pensamientos, admiraría aquella maravillosa imagen vista desde el promontorio donde se encuentra el hotel, teniendo la playa a sus pies, la visión de la Isla Verde en primer término y la roca de Gibraltar al fondo; deseando tomar como atenuante para el comportamiento de Blanes -si su profesionalidad se lo permitiera- en su frío informe, tanta belleza.

Ya tenía todos los datos que necesitaba para quien o quienes le habían contratado; su gestión había llegado a su fin. Solo restaba, agradecer a Thomson su colaboración; así como al resto de personas que posibilitaron su trabajo. Y hacer uso de los servicios del hotel para que le facilitaran el billete de regreso a la ciudad de la Alhambra.

El día de su marcha, una vez en el interior del vagón, y mientras esperaba la salida del tren, observó la ciudad que atrás dejaba. El trajinar de las pequeñas embarcaciones en el cercano río, que como de un milagro se tratara, con la baja mar, desaparecían sus aguas. El continuo trasiego de militares que en formación marchaban en dirección hacía aquel puerto, el cual le llamó la atención por su gran vida, tanto comercial como de pasajeros. Y aquel señor que desde la terraza del llamado Hotel Anglo Hispano, reloj en mano, parecía controlar obsesivamente la salida del tren.

En estos pensamientos estaba nuestro letrado, cuando volvió a pensar en la figura de quien le había traído hasta nuestra ciudad, Antonio Blanes. Sin comprender la razón de la sinrazón humana, intentó ubicar al personaje dentro de su contexto: Nacido en 1875, hijo de militar de alta graduación que había hecho su carrera en Ultramar, llamado Juan Manuel Blanes, natural de Barcelona, quien se casó con una mujer portadora de un gran apellido entre los grandes de España: los Fernández de Córdoba, de nombre Matilde de Zayas. Nieto a su vez del marqués de Cabacelis, Antonio de Zayas, de quien heredaría parte de las propiedades de este en la provincia de Granada. El futuro legionario contrajo matrimonio, antes de su presencia en Algeciras, con la cubana Matilde Zaba y Pelayo, con quien tendría tres hijos: José, Matilde y Antonio. Este último, fallecería años después, en accidente de tráfico acontecido en una calle granadina, contando 23 años. Matilde se marcharía años después a los Estados Unidos, y por último, José llevaría una vida entre claros y oscuros, coincidente con la trágica década de los años treinta de nuestra historia.

Aquel verano de 1921, el general Silvestre había conseguido un avance de las tropas españolas sobre el Rif, estableciendo nuevas posiciones que debía consolidar mediante la presencia de un aumento en el contingente. Aquella decisión tomada por el alto mando militar español, justificaba la presencia del legionario Antonio Blanes en nuestra ciudad, consumiendo su último cigarrillo antes de embarcar en alguna de aquellas chalupas que le llevaría hasta el vapor anclado en aguas de la bahía, y que pondría rumbo a la ciudad de Ceuta.

Una vez situado en el otro lado del Estrecho, junto a su regimiento, Blanes se incorporó a los planes establecidos por el Estado Mayor. Si bien las operaciones del Ejercito comandado por el general Silvestre comenzaron con un buen augurio, investigaciones posteriores demostraron la presencia de, al parecer, graves errores tácticos: no desarmó a las tribus supuestamente aliadas, falló estrepitosamente el abastecimiento de las tropas, las posiciones no estaban bien ubicadas. Según los analistas, toda una serie de despropósitos.

A mediados de aquel verano comenzó el ataque rifeño, que concluiría con uno de los hechos bélicos más trágicos de nuestra reciente historia. Para entonces, el legionario Blanes junto a su regimiento, formarían parte de un convoy para apoyar la posición llamada de Casabona. El día 1 de septiembre salió del zoco El Hac de Beni-Beni la reseñada formación, compuesta por legionarios de los regimientos de Sevilla y Extremadura; contándose con el apoyo de un vehículo blindado. Al llegar a un recodo del camino, el citado vehículo cayó en una zanja abierta por el enemigo y disimulada con ramas y piedras. Los legionarios fueron duramente atacados, llegándose a la lucha cuerpo a cuerpo en la defensa de la improvisada posición, siendo uno de los combatientes el granadino Antonio Blanes.

Bajo la intensa lluvia de fuego generada por el enemigo, los legionarios aún con vida observaron que el guion del regimiento seguía levantado, estando este portado por el legionario Antonio Blanes. Los minutos pasan y el intercambio de fuego prosigue. Los muertos y heridos aumentan. Tiempo después, cuando el fuego cesa y llegan los refuerzos, encuentran moribundo al legionario Blanes; el estandarte en pie sigue estando entre sus manos. Segundos después fallece.

No se sabe cuál sería la última imagen que tuvo antes de morir aquel legionario aristócrata; como tampoco las razones que le llevaron hasta aquel lugar tan lejano, llamado Casabona donde dejaría su vida. Pero puestos a suponer: la visión de la ensenada del Chorruelo, desde el Hotel Reina Cristina, con la playa a sus pies, la Isla Verde al frente y Gibraltar a lo lejos, sería una magnífica estampa última para quien la disfrutó como así lo hizo Antonio Blanes Zayas. Al mismo tiempo que estos hechos sucedían, una desconocida cupletísta llamada Lola Montes, subía a los escenarios de cafés y pequeños cabaret madrileños, entonando una canción cuya letra comenzaba diciendo: Nadie en el Tercio sabía...

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