Capítulo 10

Algeciras musulmana y cristiana (SS. VIII-XIV)

  • Batalla del Salado. Se prepara el cerco de Algeciras (1340-1342)

Coracha marítima que defendía la ciudad en su flanco noroeste (actual calle Fuerte Santiago) Coracha marítima que defendía la ciudad en su flanco noroeste (actual calle Fuerte Santiago)

Coracha marítima que defendía la ciudad en su flanco noroeste (actual calle Fuerte Santiago)

En el mes de agosto de 1331 asumió el sultanato meriní el impulsivo Abu l-Hasán. Este sultán, después de dominar a sus enemigos del Norte de África, tendrá como una de sus prioridades en política exterior hacer la Guerra Santa contra los cristianos embarcándose en una nueva y decisiva guerra en al-Andalus. En 1333 reconquistó Gibraltar y estableció un poderoso ejército en Algeciras al mando de su hijo el infante ‘Abd al-Malik que había desembarcado en esta ciudad con 7.000 guerreros. En alianza con el sultán granadino amenazó con invadir la Andalucía cristiana comenzando por Tarifa, ciudad que había sido tomada por el rey de Castilla Sancho IV en el verano-otoño de 1292.

Desde Algeciras, el emir meriní marchó con su ejército en dirección a Tarifa, a la que puso sitió el 23 de septiembre de 1340, según la Gran Crónica de Alfonso XI. “E hizo poner veynte ingenios (leemos en la referida Crónica) e mando poner escaleras, e mando que la conbatiesen..., é la villa fue conbatida a la rredonda a lança e escudo”. Los musulmanes concentraron sus ataques sobre el flanco occidental de la ciudad, donde la existencia de una colina permitía dominar la muralla y las torres de flanqueo de aquella zona, así como la torre albarrana que la Crónica denomina de Don Juan, construida, sin duda, para defender aquel tramo débil de recinto. El asedio se prolongó por espacio de un mes sin que los sitiados dieran muestras de debilidad.

Entretanto, Alfonso XI había solicitado la ayuda de su suegro, el rey de Portugal, y de Pedro IV de Aragón, con los que esperaba formar un potente frente antimusulmán que le permitiera, primero levantar el cerco de Tarifa, y después cortar de raíz las aspiraciones expansionistas de Abu l-Hasán. Dado el estancamiento en que se hallaba la pugna por Tarifa, ambos reyes sabían que el desenlace final de aquella campaña tendría lugar en una batalla en campo abierto. Por ello, el emir meriní solicitó la colaboración del sultán de Granada y de su ejército para poder hacer frente a los ejércitos coaligados de Castilla y Portugal.

El día 30 de octubre de 1340, en la llanura que forman los ríos Salado y de la Vega al noroeste de la ciudad, se enfrentaron, por un lado los ejércitos de Castilla y Portugal y, por otro, los de Granada y Fez. La batalla del Salado –de Tarifa o de los Cuatro Reyes, según las crónicas árabes–, acabó con la derrota de las fuerzas musulmanas, el levantamiento del cerco de Tarifa, el retorno precipitado de Abu l-Hasán a Marruecos y el abandono de los proyectos expansivos meriníes en la Península Ibérica. Según el historiador y sociólogo Ibn Jaldún, una vez constatada la derrota, el sultán meriní, con algunos de sus caballeros más allegados, se refugió en Algeciras desde donde pasó a Gibraltar, embarcando, aquella misma noche, con destino a Ceuta.

Estandarte del sultán Abul l-Hasan, expuesto en la Catedral de Toledo. Estandarte del sultán Abul l-Hasan, expuesto en la Catedral de Toledo.

Estandarte del sultán Abul l-Hasan, expuesto en la Catedral de Toledo.

Dos años más tarde, el rey de Castilla acometería la campaña más importante de su reinado: el cerco de Algeciras.

El asedio a esta ciudad portuaria, que se inició el 1 de agosto de 1342 y acabó, con la capitulación de tan relevante enclave, en marzo de 1344, iba a representar, al mismo tiempo que el cierre definitivo de la Península Ibérica a las invasiones norteafricanas, la prueba que confirmaría la supremacía castellana sobre los emiratos musulmanes que habían participado en la pugna por el control del Estrecho. Pero el monarca castellano era consciente de que las dificultades y los retos de la empresa algecireña exigían un reino sin fisuras estamentales, un control efectivo de los concejos municipales, una economía productiva capaz de soportar el abastecimiento de un gran ejército en campaña durante meses y un apoyo exterior que asegurase la disponibilidad de recursos financieros y la ayuda naval por un largo período de tiempo.

En 1342 estas circunstancias se daban en Castilla, posibilitando que se pudiera acometer la empresa militar más importante, costosa y decisiva del reinado de Alfonso XI y, muy probablemente, de todo el siglo XIV, junto con la batalla del Salado. El sitio de Algeciras, dadas las características de la ciudad y de su entorno inmediato (dos recintos urbanos independientes separados por un río y dotados de potentes reparos defensivos, excelente situación topográfica, extensa fachada marítima, cercanía de otros importantes enclaves portuarios musulmanes como Ceuta y Gibraltar, nutrida guarnición militar, etc...), iba a exigir un despliegue extraordinario de fuerzas terrestres bien cohesionadas, de máquinas de asedio, de “ingenieros” o servidores de los “engeños” y, al mismo tiempo, de una flota lo suficientemente numerosa y operativa como para asegurar el bloqueo marítimo de la ciudad y la realización de otras misiones destinadas a “guardar la mar” e impedir el avituallamiento de los sitiados, buscar el combate con la escuadra enemiga y facilitar el abastecimiento del ejército sitiador, sobre todo cuando las lluvias invernales, tan intensas y prolongadas en la zona en invierno y primavera, hicieran impracticables los caminos.

En el caso de Algeciras no se trataba, como en el Salado, de una batalla campal, cuyo desenlace dependía de la mayor o menor capacidad ofensiva de un ejército, de la posición dominante o no que ocupara sobre el terreno, de los acertados o desacertados planteamientos tácticos que los mandos pusieran en práctica, sino del largo y siempre aleatorio intento de rendir una plaza dotada de excepcionales estructuras defensivas utilizando el viejo procedimiento del cerco y el bloqueo terrestre-marítimo, lo que iba a presentar enormes dificultades a los sitiadores dadas las rudimentarias técnicas de bloqueo y de asedio que los ejércitos de la época tenían a su disposición. Técnicas que podían resultar eficaces en el asalto a pequeños enclaves fortificados, pero que carecían de efectividad cuando se trataba de grandes recintos urbanos reforzados con un complejo sistema de defensa estática (recias murallas, barbacanas y antemuros, profundos fosos, torres-puertas bien desenfiladas, espolones marítimos o torres albarranas, etc..).

Solo el planteamiento de un férreo y continuado bloqueo de la plaza por mar y tierra, encaminado a lograr su capitulación por desabastecimiento y hambre, aliado al persistente hostigamiento por medio de la infantería y la caballería (“celadas”), a la actuación incesante de la artillería neurobalística, a la disposición de abundantes recursos económicos y financieros y, por qué no, al concurso de la suerte, podían dar los frutos deseados a un ejército sitiador alejado de sus bases de avituallamiento, adentrado en territorio hostil y expuesto a las incursiones del enemigo, a las inclemencias del tiempo y a las mayores incomodidades. Pero el rey de Castilla, con la tenacidad que había dado muestras en otras ocasiones, estaba dispuesto a tomar la ciudad de Algeciras a los musulmanes después de los fracasos de su bisabuelo en 1279 y de su padre en 1310.

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