Campo Chico

Del Callejón al Kiosco

  • En el Kiosco se vendía tabaco Jorge Russo, de Gibraltar, negro, de picadura, liado a mano en cigarrillos

  • El Callejón parecía un patio largo y estrecho en el que sus vecinos lo compartían todo

El litoral algecireño

Las mayúsculas del título traducen mi interés por asimilar esos nombres comunes al significado de un nombre propio. Ya expliqué en mi último Campo Chico que el callejón de las Viudas o Teniente García de la Torre, no necesitaba ser apellidado. Era tan entrañable para sus vecinos y visitantes habituales a Algeciras, que no había necesidad de añadir concreciones. Es lo que pasa con el Instituto. Bien que es una palabra común, para mi generación no había duda, se trataba del magnífico edificio del Calvario frente a la Fuente Nueva y junto a la Cruz de los Caídos, símbolo religioso en piedra que hace algunos años cayó víctima del síndrome de alzhéimer. Ítem más: Kiosco. Lo prefiero con k y también con mayúscula. Porque el Kiosco, entre nosotros, entre aquella gente del Callejón, era algo concreto. Estaba junto a la esquina sureste del cruce entre la calle Larga y la calle Panadería; en la acera, delante de La Giralda. En planta, más o menos, cuatro metros cuadrados y en él tenía su negocio Antonio Moya Salvatierra, un hombre de unos cincuenta años, a mediados de siglo; fuerte, de pequeña estatura y extraordinaria bondad.

La Giralda era una taberna en la que se producían algunos destilados, como aguardiente, ron o ginebra. El dueño, Manuel Perez de Vargas Quirós, era originario de Casares, un pueblo cercano, ya en la provincia de Málaga y en las estribaciones de la serranía de Ronda, donde abundaban las destilerías. El aguardiente era en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, una bebida alcohólica muy estimada por los trabajadores del campo y siendo tiempo de carencias, en unos casos para sacarse unas perras y en otros para el propio consumo, algunas casas tenían su alambique y se las arreglaban para proveerse de estas bebidas –los aguardientes– cuyo nombre ya nos dice de qué van. Manuel había creado una firma, Bodegas La Bahía, que comerciaba bebidas al por mayor y producía alcoholes para el consumo, y La Giralda era algo así como su buque insignia. Lindando con el edifico de La Giralda estaba la vivienda de un primo hermano de Manuel, Ignacio Molina Pérez de Vargas, por entonces Teniente Coronel de la Guardia Civil y hombre de gran influencia militar, política y social.

Ignacio Molina apreciaba mucho a Antonio Moya, quien por su militancia política durante La República, no gozaba, precisamente, de las simpatías de los vencedores en nuestra guerra civil. Es posible incluso que Moya obtuviera la licencia para instalar su kiosco, con la ayuda de Molina o con la de su primo Manuel, que era comisario de policía y había sido alférez provisional. Manuel, por su parte, tenía entre sus trabajadores a unos cuantos paisanos que no mostraban, precisamente, adicción al régimen político. El caso es que Moya –como cualquier otro español tenido por sospechoso de no estar al día– era detenido, a modo de prevención y como medida de seguridad, cuando algún personaje de la clase dirigente, de cierta relevancia, venía a visitar estos pagos. Enseguida Molina intervenía y lo devolvían a su casa. Yo entonces era demasiado pequeño para comprender lo que pasaba, simplemente observaba que aquel hombre, Antonio Moya, al que yo tanto quería, desaparecía de su casa unos días de vez en cuando.

La casa de Antonio y de María, su mujer, era una vivienda anexa al número 7 del callejón de las Viudas. Daba a un patio desde el que se accedía por una escalera de mampostería, a las viviendas del primer y único piso, en el que vivían dos familias: los Rivero y los Pérez Petinto, sobre una pequeña tienda de ultramarinos que daba a la calle Larga. La familia Moya Navarro era una extensión de la mía, de modo que aquella casa en la que el matrimonio convivía con los padres de ella y con los hijos, Francisco y Maruja, era como mi propia casa. Tan sencilla que un buen día celebramos la instalación de una ducha en el patio, en un pequeño hueco entre macetas. Una larga manguera desde un grifo de la casa y una alcachofa que podía sujetarse en un gancho sobre la pared. No había agua caliente, pero era un gran logro, un aporte magnífico al bienestar de una vivienda tan modesta como la de los Moya.

En el Kiosco, Antonio, que antes de la guerra trabajó en Telégrafos, arreglaba plumas estilográficas y vendía bolígrafos, lapiceros y cuadernos. Pero eso no era todo, ni siquiera lo más sustancial. Su fuerte era el tabaco Jorge Russo, de Gibraltar, negro, de picadura, liado a mano en cigarrillos. María y Maruja, a veces Paco, liaban el tabaco sirviéndose de unos ingenios mecánicos manuales. Se echaba el tabaco en un recipiente un poco elevado sobre una base en donde se colocaba el papel de fumar. Una manivela hacía caer una dosis sobre el papel, la maquinilla lo liaba y con un pequeño pincel se untaba agua sobre el borde engominado. Cuando había unos cuantos paquetes preparados, Paco y con él yo, si andaba por allí, lo llevábamos al Kiosco para su venta por unidades. Nosotros solíamos estar en la calle, casi siempre jugando a las bombas –o canicas– con Quili, que realmente se llamaba Francisco José Gómez de la Concepción y, ya de mayor, sería policía; murió en Pamplona siendo comisario. Quili era hijo del comandante Gómez y no vivía en el Callejón. Pero sí su tía, la inolvidable Señorita Elvira, que desde su academia, la Academia Gómez enseñó las primeras letras a muchos niños algecireños.

He pensado con frecuencia sobre cuáles fueron las circunstancias que propiciaron mi presencia habitual, de niño y de adolescente, en el Callejón. Pero no he podido dar con la escena. Mi entorno natural era la calle Real, en donde sin embargo no jugaba, quizás porque la cuesta no tenía cualidades para desatar juegos de ninguna naturaleza y, seguramente también, porque los nietos de la Chana, que eran multitud, parecían una compañía de la legión en miniatura, entrenándose para el combate. En el Callejón había tanta buena gente que estar allí te trasladaba a un espacio confortable, sencillo y entrañable. Parecía un patio largo y estrecho en el que sus vecinos lo compartían todo. Yo tenía dos casas para alternar en aquel pequeño paraíso, la de Paco y Maruja Moya y la de Pili, Ani, Luis e Inmaculada Gutiérrez. Entraba y salía de sus casas con la misma libertad y bastante más facilidad que en la mía.

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