Sólo han pasado 356 días de la segunda investidura de Trump pero su inevitable presencia viral, narcotizante, ha logrado que millones de personas sean adictos a este show letal. El mercader Trump ha generado la sensación de que está ahí para quedarse aunque su índice de popularidad apenas supera el 40% y, según el último sondeo de Yougov, los estadounidenses desaprueban mayoritariamente la operación contra Maduro. ¿Esa realidad se percibe? Hoy la reglas mediáticas se rigen por aliados tecnológicos del MAGA, financiadores de la campaña electoral republicana, oligolopolistas de internet. En su ferocidad práctica, Trump exprime la normas de comunicación que ha ayudado a diseñar: tiene un ejército de podcasters, youtubers, polemistas que creen que lo que se nombra existe y aquello que no se menciona no es real. La utilización de un lenguaje vulgar, la simplificación de la realidad, su iconoclasia contra lo humano…. un manual de comunicación que comparte bases con los principios de Goebbels. Son constantes el uso del principio del enemigo único, la utilización del principio de exageración o el de la renovación, una montaña de impactos 24/7: opiniones, anuncios o amenazas de las que, en una sociedad hisperconectada, es difícil, si no imposible, escapar. Martha Joynt Kumar, de la universidad Towson, en Maryland, ha contabilizado las comparecencias del presidente desde el 1 de enero de 2025, día de su investidura, hasta el 14 de diciembre pasado: 449 en total. No hay parangón con ningún otro mandatario. Ni siquiera con aquel Trump del primer término que hizo temer al mundo y cuyas apariciones mediáticas fueron 233. La gramática trumpista de IA nos lo ha presentado jugando al fútbol con Cristiano Ronaldo en la Casa Blanca, lanzando excrementos sobre la multitud que protestaba ante la consolidación de su tiranía –No Kings Protests– o disfrazado de Papa en la víspera de la muerte de Francisco. En aquellos días de renovación de la Iglesia católica, Trump dijo, “Me gustaría ser Papa. Mi primera opción (para suceder a Francisco) soy yo” y la sandez se difundió mundialmente. El cómico escocés, Lewis McLeod, lo imita con acierto y ofrece un monólogo en el que hace decir a Trump “es un gran honor para vosotros escucharme informaros sobre las últimas guerras que he parado. Siete desde que he comenzado este discurso, incluyendo La Guerra de los Rose, La Guerra de los Mundos, La Guerra del Planeta de los Simios, Horse War, Star Wars, World War Z y la Guerra Civil americana en cuyo final estoy trabajando justo en este momento”. También estas ironías benefician a Trump porque su personaje bascula sobre una comicidad gamberra cuando realmente es alguien sin entrañas, incapacitado para llevar a cabo ese mandato trascendental de los presidentes de EEUU: “Comforter In Chief”, el que reconforta a la nación.
Ese instinto trumpista por la viralidad ha levantado un telón que tapa pero no elimina la cruda realidad. Respecto a los últimos días, ha presentado la operación de captura de Maduro como un asunto interno de Estados Unidos, ignorando la legalidad internacional, aliándose con el régimen y esgrimiendo que comercializará el petróleo venezolano con grandes beneficios para Estados Unidos. Lo dice y lo repite. Pero, como ha recordado el think tank Apollo, el petróleo venezolano está “sobrepesado” –no responde a su verdadero valor de mercado– desde que, hacia 2008, Hugo Chávez decidiera reclasificarlo pasando, por arte de birlibirloque, de 100.000 millones de barriles en reserva a 300.000 millones. Hace apenas unos meses, cuando se daba por segura la invasión de Venezuela, uno de los financiadores más lustrosos de Trump, el billonario Peter Singer, se hizo con Cipgo, la filial estatal del Venezuela que comercializa su petróleo en USA. Este billonario trumpista se benefició de la caída en valoración de la compañía venezolana provocada por el embargo ordenado por el presidente. Así que ahora es oportuno recordar el equívoco que el presentador Jimmy Kimmel utilizó recientemente para explicar el debate generado en torno a la decisión de Trump respecto a Venezuela: “Sí, es un criminal y un dictador y está llevando a su país a la ruina financiera mientras él y su familia se están llenando los bolsillos, pero Maduro no es tampoco ningún santo”.