La OMS ha despedido el año bajándose del pedestal y recomendando que los sistemas sanitarios públicos del mundo pongan a disposición de todas las personas obesas la famosa inyección “milagro” para el tratamiento de la obesidad. Algunos no estamos seguros que esa decisión sea acertada. Tampoco el BMJ, una de las más reconocidas revistas científicas que como regalo de reyes ha rebajado las expectativas terapéuticas de los análogos del GLP-1. En primer lugar, porque es más que dudoso que la obesidad sea una enfermedad. La de enfermedad y la de enfermo son hoy etiquetas de quita y pon que se utilizan a conveniencia. Con este reconocimiento la OMS acaba de añadir a la lista de enfermos la friolera de más 1.000 millones de personas en el mundo, número que se prevé se duplique para 2030. Con esta declaración la OMS reconoce el fracaso de la prevención y hace una llamada para que estos 1.000 millones de personas se traten con una inyección, que deberá ser financiada por los sistemas públicos. Son los signos de los nuevos tiempos. Algunos creemos que la obesidad poblacional es la consecuencia del desajuste entre una biología hecha a la medida de otras épocas y una manera de vivir moderna en donde el confort ha sustituido a la idea de bienestar. Un asunto que es más de la política que de la medicina. Las relaciones del hombre moderno con la comida son un ejemplo de como el viejo liberalismo ilustrado cuyo objetivo era la gestión de la oferta y el control de la demanda ha sido sustituido en todos los frentes por el nuevo liberalismo que pone toda la maquinaria en gestionar y aumentar la demanda que, como los deseos, es por definición insaciable. Esta pandemia no puede ser entendida fuera de ese modelo en donde la satisfacción imperiosa de los deseos es el motor económico y productivo. Naturalmente no se puede pedir a los médicos que intervengan sobre el modelo. A lo largo de su historia la medicina se ha preocupado por resolver los problemas de la gente caso a caso, siendo por eso una profesión conservadora cuya función última termina siendo la de reparar los desperfectos del sistema. El caso de la pandemia de obesidad es paradigmático. A los médicos la industria farmacéutica les ha puesto una poderosa herramienta en la mano y hace con ella lo que ha hecho siempre. Tratar. Lo sorprendente es que sea ahora la OMS la que se esté comportando como lo hacen los médicos, porque la OMS no representa (solo) al sistema médico, sino a los sistemas de salud. Los dos tienen su tradición y sus funciones y no siempre sus objetivos son los mismos ni sus relaciones han sido amigables. La aceptación universal del tratamiento farmacológico de la obesidad como una panacea supone poner en manos de la industria farmacéutica la gestión de esta pandemia, ocultar las causas sociales y políticas, y desmotivar a millones de personas que con el modo de vida actual, obesas o no, “comen con la cabeza en vez de (solo) con el estómago”, algo completamente nuevo en la historia. Deberíamos aprender de las personas que han reconstruido su relación con la comida y con el actual medio ambiente, sin necesidad de inyecciones milagrosas. Desde luego que es mucho más fácil poner esa inyección que cambiar el modelo de sociedad. Nos olvidamos de que la frugalidad tiene un coste y que la pandemia de obesidad no es solo ni principalmente un problema individual, sino público y político. Una aureola terapéutica de los nuevos fármacos, “milagrosos” por otro lado, no siempre justificada, pues tienen una eficacia relativa, ya que la mayoría de las personas verdaderamente obesas pierden kilos pero no los suficientes para dejar de ser obesas. Otras muchas que no son sensu estricto obesas los pierden sin que sea necesario que lo hagan y, además, la mitad de ellas los abandonan al primer año haciendo un gasto inútil a su bolsillo o al de todos los ciudadanos. Otras, en fin, vuelven a ganar peso, sin que todavía estemos seguros de sus efectos adversos a largo plazo, que es algo muy importante pues no deberíamos olvidar que en la ya larga historia de los fármacos anorexígenos y adelgazantes, todos, he dicho todos y han sido muchos, han tenido que ser retirados del mercado por efectos inadmisibles en el tratamiento de un problema que la mayoría de las veces no es una enfermedad y que puede resolverse mediante otras opciones menos costosas y desde luego con menos riesgos potenciales.