Cuando a finales del pasado julio nos estalló a los españoles el escándalo de los currículums falsos, decidí por mera curiosidad revisar los libritos que se nos entregaban a los parlamentarios en Cortes a comienzos de cada legislatura; contienen la fotografía y el currículum de diputados y senadores, viejos recuerdos que guardo con cariño en una vitrina de mi casa.
Busqué primero entre los que allí aparecían el nombre de Felipe González, ya con muchos años de gobierno a sus espaldas: su currículum ocupaba apenas una línea, el nombre y los dos apellidos. Me pareció natural. Me interesé después por el de cierto diputado anónimo –anónimo porque ocultaré su nombre, y anónimo porque jamás subió a la tribuna de oradores del hemiciclo–; el currículum era interminable. También natural: si Felipe escribió un solo renglón fue porque su vida y trabajo eran conocidos por todos los españoles, no necesitaba alardear de nada; el anónimo en cambio buscaba darse a conocer.
Para ingresar en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras se exige asimismo del candidato la presentación de su currículum vitae; el de Alfonso Gerra ocupa no más de un folio. Ningún motivo de extrañeza; si lo hubiera presentado más extenso habría resultado pretencioso: al igual que Felipe González, el quehacer político y cultural de Alfonso es de dominio público y en cualquier hemeroteca de España puede ser consultado. Pero sí existen momentos vitales para la historia de nuestro país y la biografía de la figura de Guerra, que son poco o nada conocidos y merecen la pena sacar a la luz.
Decía Pascal, haciendo referencia al enfrentamieto religioso entre jesuitas y jansenistas, que si un hombre cambia de pensamiento y de actitud, y de ese cambio obtiene beneficios, prebendas y privilegios, es seguro que estamos ante un hipócrita y un trepador; pero si ese cambio lleva a tal persona a la pobreza, a la pérdida del poder que disfrutaba e incluso al alejamiento de sus amistades, es seguro que estamos ante un hombre cabal y defensor de la verdad. De su aparente cambio, Alfonso Guerra no ha obtenido ventaja alguna, y digo “aparente” porque como él repite no es él quien ha cambiado sino los otros. Guerra sigue siendo el mismo y defendiendo lo que defendió siempre.
Recuerdo una charla a militantes del partido cuando era vicepresidente del Gobierno. Nos explicaba que después del fracaso de la UCD, el desastre del CDS, la clara imposibilidad de Fraga de llevar la derecha española a La Moncloa, y todo ello unido al peligro mortal de los nacionalismos –una lepra contagiosa– , solo el PSOE sería capaz de garantizar la unidad de España; un partido patriota sin el cual la patria se haría pedazos. Así pensaba el Partido Socialista de entonces, así continúa pensando hoy Alfonso Guerra. No es él el que ha cambiado. Cierto día que me encontraba en su despacho de la Vicepresidencia del Gobierno le llamó por teléfono Narcís Serra, por aquel tiempo mandamás de los socialistas catalanes; me dispuse a abandonar el despacho pero Alfonso hizo un gesto para que no me moviera. Vapuleó a Narcís, y acabó gritándole antes de colgar el teléfono: “O sea, que otra vez os habéis bajado los pantalones delante de los nacionalistas”.
Pasaron muchos años y muchos avatares, y al llegar la hora de que Alfonso Guerra entrara en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, los que proponían su ingreso pidieron a Bernardo Bueno, antiguo alcaide de los Reales Alcázares y muy cercano a Guerra, le sondease sobre si aceptaría entrar en la erudita y sabia institución. “Ese es un honor al que no se puede decir que no”, contestó al instante. Creo ahora que, a principios de este verano, cuando se le comunicó la concesión del Premio Manuel Clavero que otorgan el Grupo Joly y la Fundación Persán, Alfonso ha debido de pensar lo mismo: “Este es un reconocimiento al que no se puede decir que no”. La cena de este pasado día 10 en el Alcázar de Sevilla fue un hermoso colofón ¡Enhorabuena!