Por primera vez desde que en la década de los cincuenta del siglo pasado Francia, Alemania e Italia dieron el primer impulso al proceso de construcción europea para alejar el fantasma de una nueva guerra, este camino se ve amenazado. Europa se enfrenta a una batalla política por la supervivencia de un modelo que hasta ahora se había considerado un éxito indiscutible. Las amenazas vienen tanto de fuera como del seno de la propia Unión. De fuera, por la inestabilidad geoestratégica mundial y el debilitamiento del poder de Occidente en beneficio de nuevos actores como China. De dentro, por el ascenso en muchos países de la UE, algunos de su núcleo duro, de fuerzas ultranacionalistas que combaten la misma idea de una Europa unida. Toda esta situación se pone de relieve en las elecciones al Parlamento Europeo que se celebran dentro de una semana. Hay una coincidencia generalizada entre las fuerzas políticas y los analistas internacionales en que estas elecciones son las más importantes desde que en 1979 se introdujo el sufragio directo para elegir a los eurodiputados. Si como apuntan las encuestas de estas elecciones sale una UE más conservadora, con menos solidaridad interna y volcada hacia un Este directamente amenazado por Rusia, va a producirse un cambio sustancial que afectará a todos sus países miembros y que tendrá repercusiones importantes en España. Una Europa más militarizada tendrá que gastar menos en fondos agrícolas y de cohesión y ese es el futuro al que nos enfrentamos. Sorprende la frivolidad con la que algunos dirigentes afrontan estas elecciones reducidas a un duelo nacional, convertido en segunda vuelta de unas generales. Europa se juega mucho el 9 de junio. Y España se juega más que otros países de su entorno.

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