El Palacio de Cristal del parque del Retiro se construyó en 1887 para albergar una exposición sobre Filipinas. Junto a bellas plantas y animales de aquellas lejanas tierras se exhibían también 43 nativos “salvajes” del antiguo archipiélago español. Murieron cuatro de ellos antes de ser devueltos a sus remotas aldeas asiáticas y, por eso, no se cedieron a Francia para otra exposición, como estaba previsto.

No fue ese el último ejemplo de lo que ya se conocía en Europa y Estados Unidos como “zoológico humano”. En 1958, en la Exposición Mundial de Bruselas, se exhibieron seiscientos congoleños. Estaban dentro de un corral de bambú y los turistas les arrojaban plátanos y otros alimentos. El Correo de la Unesco, el principal periódico de la ONU, recomendaba abiertamente aquella muestra. Muchos visitantes subían al Atomium para disfrutar de una visión general del llamado Kongorama. Siete de aquellos congoleños murieron durante la exposición y sus cuerpos fueron depositados en una fosa del cementerio local. Aquella expo se concibió para mostrar al mundo los avances tecnológicos y culturales de la posguerra.

El concepto de lo que llamamos dignidad humana ha cambiado mucho a través de la historia reciente. Hoy serían inaceptables esos zoos humanos que tan curiosos y divertidos resultaron a nuestros abuelos. La esclavitud y el comercio de órganos, por ejemplo, son crímenes ya universalmente reprobados. Los úteros de alquiler generan, no sin razón, controversias y acalorados debates éticos. El aborto, legal ya hasta el mismo día del parto en tres países europeos y catorce estados de los EEUU, ídem. En Francia, sin ir más lejos, una madre puede abortar a su bebé sano en el mes nueve de embarazo si un psiquiatra, elegido por ella misma, valora que la maternidad le puede generar angustia psicosocial.

Los escaparates de Ámsterdam donde mujeres, iluminadas como mercaderías, ofrecen servicios sexuales, sin embargo, no escandalizan a nuestra sociedad a pesar de su parecido escénico con los viejos zoológicos humanos; supongo que presumimos el consentimiento de estas mujeres (presumimos mal: al menos, el 10% de ellas se prostituyen contra su voluntad, según el Gobierno de Países Bajos, y casi el 90% han sido víctimas de trata, según policía neerlandesa). Tampoco el inminente plan de Reino Unido de deportar a Ruanda a 50.000 migrantes indocumentados (¡no ruandeses!) genera manifestaciones populares de repulsa. Ni vemos la indignación social frente a la cifra oficial de 3.997 africanos muertos durante 2023 cuando intentaban alcanzar nuestras costas.

Me temo que el concepto de dignidad humana no deja de cambiar, y no siempre a mejor. Mal asunto.

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