Este fin de semana se han desarrollado en Algeciras las I Jornadas de Flamenco Paco de Lucía. Por su atril han desfilado prestigiosos intelectuales y estudiosos del flamenco de toda su geografía, que han desgranado la dimensión del músico más grande que ha dado la historia del flamenco y de la música, Paco de Lucía. Un icono que, además, fue vecino nuestro, algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos todos los algecireños.

Durante tres días seguidos, en sesiones tan extensas como interesantes han sido muchos los conceptos, los datos, las ideas, imágenes y citas que se han sucedido y que han contribuido a ampliar los márgenes en el conocimiento de la persona y el artista que fue Francisco Sánchez Gómez. Su alcance internacional, su discografía, sus procesos creativos, su personalidad, su impacto en la historia han sido sólo algunos de los aspectos analizados. La mayor parte de esas ideas eran convergentes y algunas otras fueron rebatidas con espíritu crítico, siempre desde el respeto y la base constructiva.

Pero, Algeciras, esa Algeciras que Paco llevaba con tanto orgullo en su recorrido por el mundo nunca deja de sorprenderme. Algeciras, esa Algeciras a la que Paco demandaba el amor de una madre, me deja a veces con ese sabor agridulce entre los labios de quien besa sin convencimiento pleno. No deja de arrojar mi tierra, de cuando en cuando, esas luces y esas sombras por las que tal vez alguien nos llamó "los especiales". También en las jornadas hubo grandes ejercicios de autocrítica.

El público fue generoso, sí. Sobre todo, en ciertos momentos. Pero ¿dónde queda el público objetivo de este evento, el grueso de los aficionados, el tejido artístico, el que saca pecho cuando se trata de lo nuestro? Según mis cálculos, debía haber reventado el aforo de la sala. No digo ya, al menos, pasarse por allí ¿dónde estaba la Algeciras flamenca este fin de semana?

No lo sé, pero me apena que hubiera sillas libres y me hace reflexionar si en el fondo, como decía en su intervención el periodista Juan José Téllez, Algeciras nunca ha dejado de ser una isla. Esa isla bonita y verde, una isla que se queda ensimismada, anclada en su bahía y encerrada en su propio círculo con el enemigo de la desmemoria dentro.

Paco vive. En estos tres días ha latido su corazón en el de todos aquellos que lo hemos evocado y revivido. Paco vive además con un corazón potente a través de su obra en el mundo entero, por derecho propio. Nadie le regaló uno solo de sus éxitos. Pero, este beso agridulce de mi tierra -permítanme- no me convence.

Ahí sigue para nosotros su obra, su legado, su memoria. A ver si sabemos qué hacer con todo ello, nosotros, los algecireños.

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