Siempre me ha llamado la atención cómo, ante un accidente con una o dos personas fallecidas, la prensa informe con todo tipo de detalles de edad, sexo, familia, etc, de esas personas, y en algunos casos con suficiente morbo como para aumentar su público en un 0,1%. Cuando, en cambio, ya no es accidente sino tragedia, con al menos diez o doce personas fallecidas, no nos detenemos tanto en los detalles que humanizan a esas personas, que nos las recuerdan como si aún estuvieran entre nosotros, sino que hemos normalizado que se preste más atención al número que al rasgo concreto. La personalidad manifestada en esos nimios detalles comienza a difuminarse ante la potencia de las cifras. Y si ya nos vamos a los grandes números y asistimos a la muerte de cientos, cuando no miles de personas (lo que viene a ser una catástrofe en toda regla) entonces nos movemos en otro terreno, unos parámetros que nos insensibilizan y, peor aún, nos deshumanizan.

Cuando las personas fallecidas pertenecen a este conjunto, acaban siendo un diagrama en un gráfico, un récord desgraciado y poco más. Ya no son nombres, apellidos, perros adoptados y personas que les quieren u odian a partes iguales. Sus proyectos mueren con ellos y ya nadie va a recordar jamás la ilusión de Ricardo por unas oposiciones recién aprobadas tras años de preparación; el amor con que Montse le quería decir a su pareja que sí, que por fin estaban embarazados; el trabajo que le costó a Mohammed ahorrar para el juguete que su nieto le pedía con tanta insistencia. Son guiñapos, sangre y huesos esparcidos que manchan las hasta entonces pulcras calles de una pequeña ciudad o la gran avenida de una incipiente megaurbe.

Tan frágiles somos que procuramos ningunear esas dolorosas realidades ante nuestra incapacidad para aceptar tanto dolor. Por eso, no soy capaz de imaginar qué pasa en el corazón de personas que frivolizan con las muertes, y más aún cuando éstas son indignas (para añadir dolor al dolor) e injustas más allá de lo imaginable. O que les hace ridiculizar a las víctimas porque no son de los suyos, odiar a los familiares porque simplemente están ahí para recordar la mala gestión de otros y además querer pedir respuestas y hasta responsabilidades.

Por eso, a esas presuntas personas de corazones negros, les es más cómodo que la tierra de las cunetas y la oscuridad de los cementerios tape su ignominia. No vale que se aluda a una supuesta ineludibilidad de muertes en realidad evitables y siempre merecedoras de la dignidad negada. Y en España no es que no pase nada hasta que haya muertes, sino que no pasa nada aunque haya muertos. Y no, eso no lo lavan los votos. Esa inmundicia moral es eterna e inabarcable.

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