Crónica personal
Pilar Cernuda
Periodistas del siglo XX
En una plaza que es el corazón de la ciudad, la Plaza Alta, escenario de tantos acontecimientos históricos, algunos señaladísimos, parcela urbana irreemplazable y entrañable de la infancia y primera adolescencia de los algecireños, se nos está muriendo de inanición, agotada por el inmovilismo y la autocontemplación, una institución que está en los latidos y en el pulso de Algeciras. Este pueblo nuestro padece despreocupación por sí mismo y se deja maltratar por el paso del tiempo y de los hábitos. Entre los innumerables ejemplos, muchos de ellos en la memoria de incluso los desmemoriados, el Casino de Algeciras destaca sobremanera. Nadie parece tener interés en frenar el lento dormitar que acaso sin que sean conscientes de ello, invade el ánimo de sus socios, responsables de su discurrir y dueños de su destino.
Seguramente que no todo sea culpa de cómo somos, pues nada menos que el Ateneo de Madrid está pasando por un tan mal momento que anda subastando parte de su riquísimo patrimonio artístico, para sobrevivir. Las instituciones de carácter cultural y de ocio fino, nunca fueron de muy boyantes caudales, pero de un tiempo a esta parte, la explosión de medios de comunicación y contacto, el relativo bienestar social y el consumismo, entre otros muchos factores sociales y políticos, las han sometido a una penosa lidia que las está llevando camino del desolladero. Ni siquiera se percibe una firme voluntad de los colectivos afectados en cambiar las cosas y reflotar y actualizar las instituciones.
El Casino, nuestra vieja casa de la Plaza Alta, distinguida hace unos días por el Consistorio, tuvo una gran oportunidad cuando Francisco Moya Navarro fue su presidente, de despertar de su larguísimo letargo anterior. Hacía decenios que no se producía un alza tan espectacular de socios y que no había un ambiente tan rico y dinámico. Pero Moya era un innovador, un hombre de probada capacidad de liderazgo y de gestión, de reconocido prestigio personal y profesional y eso chirría con el inmovilismo. No pudo sacar al Casino del letargo y tuvo que bajarse de la nave y dejarla a la deriva, en un estado que se percibe asumido por la mayoría de los socios.
Empiezan ahora a sonar tambores de guerra ante la inevitable alternativa de tratar de buscar financiación y frenar la muerte súbita. Mientras, la crisis se dirige a un revestimiento fatal y definitivo. A no ser que para variar, por esta vez, la inteligencia se avive, y la evidencia y el sentido común animen la voluntad de los socios, cambien la tendencia y la institución se revitalice.
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