Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Con los alcaldes

El turista prescindible, ecónomo como un padre contador franciscano, no quiere tasa

Suele decirse que, a la hora de votar, la derecha es más fiel a la causa y menos perezosa que la izquierda. Sin embargo, en el PP las intrigas internas y la aparición de disidentes capitalinos o de baronía regional con ambiciones de liderazgo máximo son más comunes que en un PSOE donde la disciplina y el comité central imperan más como mecanismos de coordinación.

Una escenografía perfectamente interiorizada por los actores se me mostró en una conferencia de un Felipe González que aún cotizaba en el partido: yo hablaba con un consejero, ya fallecido; una persona agradable y que se expresaba con elocuencia mirándote a los ojos. De pronto, con una visión lateral que yo no tenía activada, percibió movimiento de tropas, desactivó el discurso, la elocuencia y el contacto visual, o sea, me descontó a mitad de una frase, me tocó el antebrazo y se integró en su puesto entre los pelotones organizados por consejerías de Susana Díaz y otras unidades socialistas, en grupos de diez o quince subordinados y asesores detrás de cada jefe, todos dispuestos con la formación triangular de los aviones de combate o de los ánsares al migrar, en la que el grupo es la reproducción multiplicada de cada uno: toda una metáfora militante.

Como informaba aquí ayer Stella Benot, el PP de Andalucía y su presidente, Juanma Moreno, afrontan serias disensiones con sus principales alcaldes de capitales de provincia, en particular aquellas crecientemente desustanciadas y poco a poco deglutidas por la gallina de los huevos de oro del turismo excesivo y de bajo coste, fuente de incordio para la gente corriente –y de ingresos fiscales municipales–, una eclosión vendida como gran éxito nacional. Moreno no quiere la “tasa turística”; sus regidores de capital, sí: no ven claro un futuro presupuestario en el que, en un juego de suma cero, la atención que se da a la economía transeúnte es la que se le quita al ciudadano que no vive del turismo (los que sí, se cifran de forma magnificada). Se trata de una decisión de estrategia, o mejor dicho de estrategias: la regional frente a la local. La segunda ya le ve las orejas al lobo presupuestario: ¿son compatibles la teta y la sopa municipal, mantener niveles de servicios policiales, de basura, de transporte o de agua con los dineros que se deja un turista medio, ecónomo como padre contador franciscano, y tener satisfechos a los barrios y sus ciudadanos? Seguiremos indagando. Mi opinión es que no se puede. Espantar al visitante que mira la modesta tasa puede ser una forma de control del exceso. Con los alcaldes.

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