Visión de juego

No ver de forma anticipada lo que se me viene me empuja a vivir en el aquí y ahora

Una de las mayores virtudes que tenía cuando jugaba al fútbol era la visión de juego. Podía leer la jugada un segundo antes que el resto, para después, sacar la escuadra y el cartabón y dar un pase milimétrico donde el rival no podía llegar. Aquella cualidad me daba la posibilidad de adelantarme a cualquier lance del partido, saliendo airosa de infinidad de situaciones.

Todo eso quedó en el pasado. El fútbol me acompañó durante 25 años, hasta que cerré ciclo. Aunque nunca olvidaré la adrenalina de ese último pase que, a veces, ayudaba a ganar partidos. Hace unos meses fui al oculista y me detectaron miopía y, a mí, que me encanta ver la vida a través de las metáforas, entendí de momento lo que esta moraleja quería contarme.

Antes era capaz de interpretar las circunstancias que se me presentaban desde lejos y no por ello conseguía atajarlas antes. No. Hasta que no llegaban a mí, no podía solucionarlas o enfrentarme a ellas. Eso me producía ansiedad porque vivía adelantada a mi propio paso. Era una sensación de abismo total. De incertidumbre constante. De saber o creer que estás viendo el desenlace de una escena, pero hasta que no la palpas, no llegas a descubrir si será así, o no.

Así que y para “relajar mi estrés”, de pronto, tengo miopía. No veo un pijo. Y, aunque parezca y es, una situación habitual del día a día y de la humanidad, a mí me está costando adaptarme en demasía. Se me olvidan las gafas todo el rato. Me mareo cuando las llevo más tiempo de la cuenta. Me las tengo que quitar para el cerca. Tengo una preocupación extra porque no quiero rayarlas o que les pase algo… Y, además, y para rematar mi buena nueva, voy por la calle cerrando el ojo donde tengo más miopía para creerme que sigo viendo como antes (a través del otro), y, justo en ese momento, parece que soy una pirata con dudosa salud mental. La gente me mira y se ríe para corroborar eso.

Pero, es cierto, que no ver de forma anticipada lo que se me viene, me empuja a vivir en el aquí y ahora. En disfrutar el presente sin aspavientos o preguntas al futuro. Que, siempre, incluso leyendo la jugada un segundo antes, era y es, irremediablemente, imprevisible.

Ahora veo borroso en la distancia y es cierto que puedo intuir lo que se acerca, pero no le presto atención. No me aventuro a desvivirme por situaciones que aún no han pasado. Que no están nítidas. Esto me ha llevado a sentirme más equilibrada. Más pausada. Más madura. Sin prisas.

Por lo tanto, solo puedo agradecer a mi actual visión de juego el aprendizaje de esta moraleja, que me ha enseñado de manera definitiva a valorar lo que tengo y a sentir que la vida no es ayer, ni es mañana. Es hoy.

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