‘Spanish corruption’

Los escandinavos son tremendamente sensibles a la corrupción, y eso sí lo envidio

No envidio en absoluto a las democracias del centro y norte de Europa. Conocemos sus índices de alcoholismo (el 14% de las muertes en Finlandia las ocasiona el licor), soledad (uno de cada cuatro suecos muere solo y sin que nadie reclame su cadáver), violencia doméstica y sexual (Dinamarca, Finlandia y Suecia lideran los crímenes sexuales en la UE), racismo, caza de ballenas en Noruega (¡hasta 1.000 al año; el 90% de ellas, embarazadas!), número de abortos (las suecas abortan el doble que las españolas y cuatro veces más que las italianas) consumo de antidepresivos, suicidios, etc.

Sin embargo, los escandinavos son tremendamente sensibles a la corrupción, y eso sí lo envidio. Hace unos años leía en prensa que un ministro (sueco, creo) se vio forzado a dimitir al ser descubierto sumando los puntos de regalo de la gasolina del coche oficial a una tarjeta suya personal: se beneficiaba así de descuentos en carburante y de las linternas y sartenes que regalaba la gasolinera a los que acumularan puntos. Fue tal escándalo que se tuvo que ir a casa, y el primer ministro de turno dijo que no admitiría la menor corruptela en su gobierno. Y explicó: “Un representante público no se puede gastar el dinero del pueblo en un restaurante al que el pueblo no puede ir a comer”.

Aquella frase se me quedó grabada a fuego, tanto que me acuerdo siempre que veo a mi alrededor un despilfarro o un uso caprichoso, personal y oculto del dinero de todos.

Me acuerdo de otro político, esta vez español y del desaparecido GIL, al que le oí decir durante cierta celebración con comilona en Sotogrande: “La de gambas que me tengo que comer para llevar a mi casa un plato de lentejas”. Eran, por supuesto, otros tiempos, previos a la crisis de 2008, cuando las empresas de catering hacían su agosto regando con Ribera del Duero y canapés de salmón cada inauguración, clausura, visita ilustre, primera piedra, firma de acuerdo, convenio o lo que fuera.

En mi México querido, allá por los 90, la corrupción era mucho menos elegante que en España. Recorría verticalmente la administración de la República desde su presidente (me tocó a Carlos Salinas de Gortari) hasta el último conserje municipal que, a cambio de una pequeña mordida, pudiera evitarte una cola o acortarte la espera. Los ciudadanos eran felices con este sistema de agilización de trámites; incluso los de recta moral no veían especial inconveniente en este juego. Me acuerdo de aquello y me pregunto: ¿Nos estamos acostumbrando en España a eso, a lo que los medios internacionales ya llaman la Spanish corruption? Sinceramente, creo que aún no; pero vamos camino de que pronto sí. Irremediablemente.

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