En una sociedad competitiva en la que siempre queremos ganar… perdemos. Sí, perdemos. Perdemos cada mañana cuando nos despertamos con el ritmo frenético del despertador y la hora justa para llegar al trabajo o dejar a los hijos en el colegio y no disfrutamos del desayuno caliente y el luminoso sol o las gotas de lluvia tras la ventana. Nos lo perdemos.

Perdemos cuando conducimos estresados en lugar de disfrutar la música en el trayecto porque vamos pensando en los problemas del trabajo y en la imposibilidad de encontrar aparcamiento. Visualízalo y lo tendrás. Perdemos cuando recordamos que habíamos comprado ese precioso vestido que nos estaba esperando en las rebajas y lo habíamos guardado para un día especial y resulta que la ocasión era entonces y ya, cuando lo estrenamos la ilusión no es igual.

Perdemos cuando intentamos comprender la poesía: la rosa no hay que entenderla solo hay que disfrutar de su perfume y dejarse enamorar por el intenso rojo de sus pétalos y entonces perdemos la esencia del verso cuando intentamos interpretarlo o darle sentido. El poema es, el poema existe y nos abre su belleza para curar la herida. Perdemos cuando solo nos dedicamos a hacer fotografías del viaje en lugar de disfrutar de la gastronomía, la cultura y el paisaje dibujado en horizonte con colores que jamás serán captados por la lente de una cámara.

Perdemos cuando vamos al concierto de nuestro cantante favorito, ese espectáculo en directo que ocurrirá como un milagro único ante nosotros y en lugar de vivirlo y vibrar estamos pendientes del pequeño y cerrado mundo de la pantalla del móvil.

Y perdemos, esto es lo peor para mí, cuando intentamos ser como el resto para encajar, para agradar, para no destacar porque necesitamos ser aceptados siendo uno más, siendo otro igual. Perdemos nuestra verdadera esencia para repetir patrones de conducta, clichés, modas. Perdemos cuando aceptamos los cánones de belleza impuestos: cada vez hay más dientes blancos en sonrisas iguales, en cuerpos operados idénticos y renunciamos a ser nosotros mismos: caras y cuerpos irrepetibles, originales y únicos.

Perdemos cuando estamos con las personas equivocadas, que no nos valoran, no nos aportan, tienen miedo al compromiso, no están cuando se las necesita, no nos transmiten buenas vibraciones y nos hacen perder nuestro bien mayor: el valioso tiempo de nuestra vida. ¿Es necesario perder todo esto para ganar y a qué precio? ¿Merece la pena? ¿Cuál es el premio?

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