Ante la llegada al poder en numerosos países de líderes inútiles y hasta idiotas, cabría preguntarse por qué a veces auténticos memos, soberbios e inservibles, ascienden al mando con tanta facilidad. Hace unos años, el economista José Andrés García nos ofreció algunas ideas sobre este fenómeno creciente y hoy de rabiosa actualidad. La primera causa que impulsa esas extravagantes carreras, señalaba, es que la confianza da confianza. El estúpido está seguro de sí mismo, mientras que el inteligente se debate en un mar de dudas. El pueblo no entiende las soluciones complejas y multifactoriales y busca siempre una respuesta simple y rápida que le garantice seguridad. Más allá de si una determinada medida es acertada o no, nos conquista no la verdad sino la certeza que nos proporcione. Y en eso los inútiles son imbatibles.

La segunda nos presenta dos elementos supuestamente contradictorios: los rasgos físicos cuentan para trepar, otorgan un plus genético, y, al tiempo, a la masa le seduce la gente que se le parece. Ambos ayudan y orientan la deriva en el mismo sentido. Valoramos la belleza del candidato o candidata, pero también su cercanía, el hecho de que aparente ser uno de los nuestros. En general, en cambio, aborrecemos a los inteligentes, porque nos recuerdan que nosotros no lo somos.

La tercera causa tiene que ver con el poder del grupo. La estructura partidista es férrea, a los tuyos con razón o sin ella y aunque el elegido que nos toque haga las mayores tonterías no le faltará nuestro voto. En política, como en religión o fútbol, los colores jamás palidecen. Quizá por eso las personas verdaderamente preparadas casi nunca entran en el juego del poder. Lo mejor de la sociedad vive al margen del universo político y eso facilita su declive.

Puede ser, por último, que ab initio no sean tan idiotas y que la transformación se deba, de una parte, al famoso principio de Peter que acabará elevándolos a su nivel de incompetencia, y, de otra, a esa inevitable tendencia que tiene el poder para degenerar en idiocracia. El ejercicio oligárquico del gobierno, la censura que ejerce frente a los argumentos ajenos, la burbuja que le aísla de la información veraz, la prontitud con la que empieza a ver una realidad distorsionada, hace que el líder tome decisiones cada vez peores sin rechazo ni riesgo para su permanencia.

Salir de tal círculo se me antoja empeño peliagudo. Pero, por desgracia, en esas estamos.

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