La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Lágrimas negras¿Quién ha hundido Cataluña?

Al día siguiente recuperaron su pequeño cuerpo amputado por las dentelladas de los reptiles

Lloro con lágrimas negras que ya están tiñendo cada una de las letras de esta columna que podría ser de mármol. De esos bloques verticales que ponemos erguidos en los cementerios con la intención de sostener de alguna manera la memoria de nuestros muertos. Letras enlutadas como mi corazón destrozado por el asesinato de una criatura inocente, aunque, para mí, totalmente desconocida. Se puede sentir un dolor tan espantoso por alguien a quien no conoces porque es capaz de que todo lo demás se quede a la espalda de la vida. Ahora no me interesa nada más. Solo tengo enfrente el terror que me causa mi propia imaginación ante los hechos conocidos. Porque la imaginación es libre para viajar dentro de mí, aunque esto haya ocurrido a más de diez mil kilómetros, en el río Kali que Google me lo localiza en Karnataka, en la India. No he visto el asesinato. No hay vídeos ni fotografías que me revelen la dantesca escena protagonizada por una mujer cuyo nombre sí se ha publicado. Se llama Savitri Kumar. Escriben las crónicas que tiene 26 años y que es madre de dos hijos. Bueno, era madre de dos porque el superviviente de dos años vivirá sin sus padres que ya están en prisión. Cuando sea consciente de lo ocurrido quizá se sienta aliviado. Savitri y su marido Ravi llevaban discutiendo desde hace seis años. Concretamente desde que tuvieron a su primer hijo, Vinod. Que naciese sordo y mudo era motivo de fuertes conflictos. Ravi le abroncaba a Savitri por haber parido a un niño que “lo único que hace es comer y que había que deshacerse de él”. Esta es la versión materna. La madre cogió al pequeño Vinod y lo arrojó a un canal de deshechos que desemboca en el río Kali. Un río famoso por sus numerosos cocodrilos . Mi imaginación me lleva a pensar que ni él sabía hacia dónde estaba siendo trasladado ni para qué. Sí: Savitri tiró al niño, a Vinod, a su propio hijo sordo y mudo de seis años a las fauces de los caimanes. Y sí, lo devoraron los cocodrilos. Los vecinos alertaron a la policía. Los buzos se tiraron para salvarle, pero la noche abortó el rescate. Al día siguiente recuperaron su pequeño cuerpo amputado y devorado por las dentelladas de los reptiles. Mi imaginación es tan traicionera que se empeña en querer entender cada detalle de este espanto mientras busca el consuelo de que el pequeño Vinod no se enterase de nada. No voy a escribir doctrinas ni buscar soluciones ni siquiera tengo ganas de pretender cambiar las cosas, hoy. Solo sigo bañada en lágrimas negras, porque sí lo sé, Vinod era sordo y mudo, pero no ciego.

Los catalanes tienen mañana una gran responsabilidad: decidir si avalan en las urnas a un delincuente, chantajista y prófugo, alguien que se escapó en el maletero de un coche y que tuvo claro desde el principio, como buen cobardón, que no daría la cara. El voto es tan libre como las conclusiones que habremos de sacar mañana por la noche. Los catalanes han de pronunciarse sobre si quieren una región lastrada por el nacionalismo separatista, con cada vez menos grandes empresas domiciliadas en la tierra y también con cada vez peores resultados escolares. Si el nacionalismo siempre empobrece, más aún en un mundo globalizado. Los catalanes tienen que mirar al pasado, al menos a los años ochenta en que Cataluña se preparó para el gran acontecimiento de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Han de preguntarse si hoy sería posible repetir aquel proyecto de Estado, si hoy se dan algunas de las condiciones que entonces hicieron posible el acontecimiento. Y de quién es la culpa de que ahora mismo Barcelona no sea la gran ciudad abierta a España, Europa y el mundo. Entre una y otra aceras del separatismo han laminado el espíritu del 92, han cercenado las enormes posibilidades de una región que reunía todas las condiciones para seguir el camino de prosperidad potenciado aquellos años. Nadie se cree el cuento de la España que roba o que ejerce un peso opresor contra los catalanes por medio de la todopoderosa maquinaria del Estado. El nacionalismo separatista solo quiere provocar ruido y más ruido, crear problemas donde no los hay para justificar su papel, cultivar el odio hacia España para que se mantenga el factor vertebrador del enemigo común y, por supuesto, poner el contador a cero cuanto antes (indultos, reforma a la carta del Código Penal, amnistía y cesiones de competencias) para volver a empezar. El nacionalismo separatista vive de la reivindicación que deriva en bochinche cuando es necesario y de no estar nunca saciado. En sus fauces groseras y descaradas siempre hay lugar para la gula. Es como el cubo de ropa sucia donde siempre cabe una prenda más, una exigencia más, un agravio más. La pena es que los catalanes dieron una victoria clara a Ciudadanos en las autonómicas de 2018, pero la política personalista (que rima con cesarista) de aquella formación dio al traste con la senda constitucionalista. Albert Rivera jugó muy mal las cartas. Aquella fue una oportunidad preciosa. Ciudadanos es hoy un solar. Cataluña debe votar mañana recordando la grandeza perdida del 92.

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