A poco tiempo que estos días uno se siente ante el televisor es inevitable toparse con las imágenes y comentarios de un juicio que está teniendo lugar en Tailandia al respecto del supuesto asesinato de un médico colombiano a manos de un súbdito español que, sin ser un famoso propiamente dicho, se ha convertido en objeto de atención informativa por ser hijo de un actor y nieto de otro que encarnó en su día al popular bandolero Curro Jiménez.

Ya sea de mañana, tarde o noche, en telediarios o magazines, los espectadores conocemos un puntual relato (haciendo especial hincapié en sus elementos más sórdidos) de las circunstancias del crimen y de las posibles consecuencias que tendrá para el futuro del acusado en una justicia tan “exótica” como la tailandesa. Lógicamente tan exhaustivo seguimiento tiene su razón de ser en el interés que la noticia despierta entre la audiencia y lo que es más interesante en el bajo costo para las cadenas de esas muchas horas de emisión. Fue el crimen de las niñas de Alcácer (1993) el que descubrió para las productoras (españolas) el filón que les podían suponer cubrir en prime-time los sucesos más truculentos e iniciando así un camino que, por otra parte, ya tenían muy trillado las televisiones americanas (crímenes de Charles Manson y familia, caso de O. J. Simpson, asesino del Zodiaco…).

Desde entonces cualquier crimen o delito con connotaciones morbosas o sádicas tienen asegurada la notoriedad instantánea para víctimas y criminales (crimen del niño de Almería, asesinato de José Bretón de sus propios hijos, caso Marta del Castillo…). La fascinación por el mal es algo inherente a la especie humana y ya en el Medievo las ejecuciones públicas eran acontecimientos que concentraban a la gente frente al patíbulo. En cierta forma en aquella época de pocas diversiones venían a ser espectáculos equivalentes a un partido de fútbol o un concierto de música. La mezcla de curiosidad, morbo y, sobre todo, la gratificante sensación de que hay otros que están peor ejerce una irresistible atracción que las televisiones aprovechan para hacer negocio. En España fue el semanario El Caso (1952-1997) el pionero en lucrarse con los “sucesos”. Entonces las autoridades, al parecer preocupadas por la ética y la salud moral de la población solo les permitían incluir un crimen a la semana y la Dirección General de Prensa les prohibía informar sobre violaciones y temas sexuales escabrosos. Era conocido como “el periódico de las porteras” (aunque lo leía todo el mundo) alcanzando su máxima difusión (500.000 ejemplares) con el crimen de Jarabo un bon vivant madrileño que asesinó a cuatro personas y fue ejecutado en el garrote vil. Curiosamente, el abuelo del chico ahora juzgado (Sancho Gracia) encarnó a Jarabo en la serie La huella del crimen.

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