Un gran avance en su momento fue la aprobación de la primera Ley de Dependencia, allá por 2006, con un gobierno de Rodríguez Zapatero. Lo que en principio iba a suponer una ayuda imprescindible para la población aquejada de una enfermedad incapacitante, o por llegar a una avanzada vejez, abrió una puerta de esperanza para este colectivo. Algo que, para los entendidos en la materia, no debía observarse como una política de gastos, sino de inversión social y una forma de que el Estado garantizara los derechos de estas personas.

Se aprobó por las Cortes con un modelo de financiación compartida entre el Estado, las comunidades autónomas y, en casos, los propios usuarios, con un presupuesto de 12.638 millones de euros para el periodo 2007/2015. No obstante, Mariano Rajoy, durante su primer mandato ya recortó cerca de 3.000 millones.

En 2012 se aprobó un decreto que modificó los niveles mínimos y en 2016, uno de cada tres dependientes ya no recibía ayuda y el resultado fue que unos 126.000 fallecieron antes de recibirlas.

Si nos fijamos en los datos de nuestra comunidad, encontramos que Andalucía rebajó 51,6 millones de euros su aportación para atención a la Dependencia durante 2022. Con motivo de la elevación de la aportación estatal al programa, el gobierno de Juanma Moreno aprovechó para rebajar la suya.

No obstante, no es sólo una cuestión de recibir migajas, sino también cuándo se reciben. En Andalucía, desde que se inician los trámites hasta que se resuelven pasa un año y medio, como poco. Es decir, no se dedica la partida necesaria en los presupuestos y, además, la gestión de la solicitud es absolutamente interminable, inaceptable.

Hay cuidadoras, la opción más común, que se desplazan a los hogares donde una o más personas no pueden valerse por sí mismas, no pueden hacer compras ni cocinar, no pueden asearse, no controlan sus medicamentos… a razón de sólo ¡una hora semanal! Sería deseable saber cómo se atiende a un dependiente de esa manera, aunque eso sí, en las estadísticas queda reflejado como que está cubierto.

La realidad es que la dependencia, a día de hoy, es una auténtica falacia, una absoluta mentira y el controvertido asunto de los cuidados conlleva hipotecar la vida de quienes realmente cuidan, los familiares, que tienen que invertir su tiempo y sus recursos y tratar de llevarlo sin medios físicos ni conocimientos sobre cómo atender a alguien que vive en una cama, que no puede alimentarse, que ha perdido sus capacidades cognitivas…

Y, ¡cómo no!, decir cuidados, es decir mujeres que, llegadas a este punto, tienen que resolver solas la situación y soportar que, encima, les tomen el pelo.

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