Recuerdo aquellos días de verano cuando los emigrantes de mi pueblo volvían a encontrase con sus familias. Traían consigo los signos exteriores de su éxito: un coche, prendas de vestir rematadas en ocasiones con un sombrero. Parecía que estábamos de fiesta. La alegría de ver a aquellos que se fueron tan lejos nos impedía conocer sus sufrimientos. Ellos no decían nada: trabajar y trabajar, echar de menos a la familia, el pueblo, las comidas, el idioma…etc. Yo era joven, porque no tuve tiempo de ser niño.

La vida ajusta sus cuentas sin nuestro permiso. Mis paisanos volvieron, unos por agotamiento y, otros, porque ya no hacían falta como mano de obra en Europa. En muchos países solo fueron eso: mano de obra. En la película El Tren de la Memoria se nos cuenta con fidelidad la parte oscura de esos años. Hoy, los trabajadores procedentes de países empobrecidos no pueden volver en la mayoría de los casos con un coche, si es que vuelven, y no quedan para siempre en las profundidades del mar con todos sus sueños rotos por las leyes que dicen crear espacios de justicia. ¡Cuántos disparates, crueldades, sinrazón!

Para colmo, si llegas y te dejan entrar a un país que dicen de progreso en cuestiones de derecho, te tildan rápidamente de ilegal. Sobre esa palabra se construyen todos los argumentos negativos de una sociedad que siempre ha necesitado un colectivo sobre el que volcar sus frustraciones personales y colectivas. Ilegal quiere decir que no tienes documentos que acrediten unos permisos necesarios para cruzar sus fronteras, nada más. El resto, en muchos casos, es literatura barata, discursos racistas y palabras interesadas con fines oscuros. La delincuencia la practican españoles, serbios, lituanos, africanos, que tienen papeles. Es cierto que cuando no tienes documentos puedes caer en el pozo de las ilegalidades porque el sistema no ha querido resolver el problema. Ejemplo: si hay empresarios que me llaman cada día pidiendo personas para trabajar, ¿por qué no se les concede un permiso a inmigrantes dispuestos a realizar esa labor? Está el empresario y está el trabajador qué más quieren.

La sociedad de la perplejidad, de la bipolaridad, de la esquizofrenia, ha calado hondo en los gobiernos europeos incluido el nuestro. Los derechos humanos se han licuado, se han ido por las tubería de los lavabos (viva Bauman), como el humanismo del que este mundo presume cuando observamos con dolor que la deshumanización es la bandera que podía presidir las sedes de la mayoría de los partidos políticos que, con su debilidad, en esta cuestión, están dando paso a los movimientos fascistas y nazis, que a estas alturas podrían estar prohibidos por el bien de todos.

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