En tránsito

'Caranchoa'

Un retrato de la sociedad. De un lado, los 'youtubers' que se pasan el día haciendo tonterías. Del otro, un trabajador cabreado

Vivimos tiempos interesantes, sí, pero también muy estúpidos. Hay un youtuber de 20 años que se dedica a hacer bromitas idiotas con una cámara oculta. El tipo tiene la costumbre de abordar a desconocidos por la calle y, con el pretexto de preguntar algo, les suelta pequeños insultos o frases despectivas. Su propósito, según él, es hacer reír y pasar un buen rato, y de paso llenar su canal de vídeos y ganarse un dinerito (en Youtube se puede cobrar algo de dinero, no mucho, por las visitas: cada millón de visitas, más o menos, te permiten ganar unos mil euros). Pero los insultos de este fulano no son nada divertidos. "Cara merluza, picha corta, soplanucas, pelo estropajo, pringao, caralmendra, caranchoa", esto es lo que va diciendo a la gente. El tipo, claro está, se cree muy listo. Y muy chulito. Y muy gracioso.

Pero un día, el youtuber llamó varias veces caranchoa a un repartidor que estaba haciendo su trabajo, y después de darle la lata, el repartidor acabó soltándole un sopapo. El vídeo se ha hecho viral (el lenguaje de los tiempos estúpidos también es marcadamente estúpido) y ahora ya tiene medio millón de visitas. Pero lo mejor de todo es que el youtuber ha presentado una denuncia, acusa al repartidor de agresión -incluso le ha llamado delincuente- y ya se está paseando por radios y platós exigiendo que le pida perdón. En un momento dado incluso llegó a pedir que el repartidor fuera expulsado de su trabajo. Ahora, tras las reacciones en su contra en las redes sociales, el youtuber dice estar arrepentido. Por supuesto, todo suena más falso que el marcianito de plástico de Rockwell.

He aquí un retrato perfecto de la sociedad en la que vivimos. De un lado, los youtubers que ni estudian ni trabajan (igual que muchos de sus espectadores) y que se pasan el día haciendo tonterías en internet con el vago sueño de ganarse algún día la vida delante de una cámara. Y en el otro, un pobre empleado que trabaja ocho o diez horas al día por un salario de entre 600 y 800 euros, y que debe soportar los contratos precarios, el trabajo duro, las broncas y las reprimendas de jefes y clientes, y encima las bromas de un cretino que le llama caranchoa en medio de una agotadora jornada de trabajo. Por lo visto, en las redes sociales hay casi tantos partidarios del youtuber cretino como del trabajador cabreado. Yo sé de qué lado me pongo.'

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