En 2010, una huelga salvaje de los controladores aéreos contra determinadas medidas laborales de AENA provocó la primera declaración del estado de alarma de la democracia y el cierre total del espacio aéreo nacional durante algunas jornadas, militarizándose incluso la operativa en las torres de control de aviación civil.

AENA, fuertemente endeudada por la ejecución de fastuosas ampliaciones de determinados aeropuertos, decidió no renovar el convenio colectivo con los controladores y restringir determinados derechos. La maniobra incluía exponer a la opinión pública que eran estos trabajadores los responsables del déficit de la empresa por sus altos salarios, cuando evidentemente lo eran las obras milmillonarias ejecutadas.

Todo el espinoso y prolongado conflicto terminó con un laudo arbitral del que fuera ministro de Trabajo, Manuel Pimentel, quien logró satisfacer a ambas partes, aunque pareciera imposible.

En el caso de Acerinox, la empresa ve esencial adaptar la fábrica a nuevos modelos productivos, distintos volúmenes de producción, nuevas aleaciones de mayor valor y una mayor flexibilidad laboral. Es evidente que es la principal causa del conflicto laboral que nos afecta en el Campo de Gibraltar. Es decir, los objetivos empresariales que conllevan la necesidad de modificar los derechos laborales.

Pero como ocurrió con los controladores, parte de la opinión pública tiene una opinión distinta y creo que equivocada. Esto es, culpabiliza de los problemas a los trabajadores. Ellos no han ayudado mucho a ganarse adeptos, desde luego, sobre todo con los inaceptables cortes de la autovía A-7 que a todos afectaron sin razón. Quizás en la confianza en que el ciudadano presionaría a la clase política y estos, a la empresa. Desde luego que el fallo fue de primero de huelga.

Pero con independencia de ello, no debemos dejar de apoyar a los trabajadores, víctimas de una estrategia empresarial que puede ser legítima, pero que no es justa. Acerinox es la empresa que es por sus trabajadores, habiendo convertido la factoría de Palmones en un ejemplo de excelencia mundial en el sector. Y eso no se puede obviar. Ni tampoco se puede imponer a los trabajadores reducciones en sus derechos para afrontar otras inversiones y proyectos externos.

Y tampoco debe olvidar la empresa el sacrificio que ha hecho la comarca, que la dotó de unos terrenos cercanos al mar de valor incalculable para que pudiera desarrollar su actividad y crear empleo y riqueza para todos, pero sobre todo para sus accionistas. En todo caso esperemos que el acuerdo llegue pronto y que la empresa sepa ser generosa con su plantilla, que lo merece. Y si no hay salida, llamen a Manuel Pimentel como arbitro que seguro que será justo.

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