Un bebé, por favor, para llevar

19 de abril 2023 - 12:15

Decía Rousseau que la igualdad debía consistir en que ningún ciudadano fuese tan rico como para comprar a otro, ni ninguno tan pobre como para tener que venderse.

Hoy sabemos de ciudadanos ricos que van a un mostrador y encargan un bebé como el que encarga una tarta. Si no trae los ingredientes necesarios (óvulo y esperma, de momento), el establecimiento los pone. Y el horno, también. Son 40.000 más gastos, IVA incluido (no me invento nada). Hay que esperar nueve meses: el bebé se entrega en mano y con papeles. En muchos países cualquiera puede comprar: da igual que sea hombre, mujer, joven, viejo, con vicios, honrado, solitario, desequilibrado… pluralidad diríamos.

Comprar gente fue una práctica que se erradicó en Occidente en el Siglo XIX, cuando nuestra civilización determinó al fin que todos los seres humanos eran, además de seres humanos, personas. Ya sabíamos que los africanos eran seres humanos; lo que los ricos negaban a las mujeres y hombres negros era su condición de persona y la protección jurídica que ello conlleva.

Parece que en 2023 seguimos considerando que determinados seres humanos son o no personas en función de circunstancias tan curiosas como el lugar donde se hallen. Si están, por ejemplo, al otro lado de la valla de Melilla, son humanos, pero no personas: allí pueden ser maltratados, transportados al desierto a la fuerza o disparados, que a nadie preocupa. Si saltan la valla, entonces ya son jurídicamente personas: ahora sí tienen derecho a manta, bocadillo, agua, médico, cama, pupitre…

Reino Unido también establece diferencias entre los seres humanos con Síndrome de Down: a partir del instante en que nacen tienen derecho a familia, educación inclusiva, atención especializada, a trabajar, a votar, a viajar… ¿No es maravilloso? Pero hasta el día mismo del nacimiento, incluso con nueve meses de gestación y 4 kilos de peso, su madre puede eliminarlo con digoxina impunemente (vuelvo a no inventarme nada). Cruzar el canal del parto es como la valla de Melilla: la frontera mágica que otorga a los humanos la condición de persona.

Justo ahora que dejamos atrás la esclavitud; que la compraventa de órganos, de embriones y de sangre ha sido prohibida; que hay que estudiar para adoptar perros y que partidos como el PSOE abogan por la abolición de la prostitución va una veterana presentadora y se compra un bebé ("un nieto", ha dicho) en las narices de todos los españoles. Y nos parece hasta glamuroso. Es la ética del deseo: si se desea y es técnicamente posible, es bueno. A la mierda Rousseau.

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