Análisis

carmen pérez

Universidad de Sevilla

Llegó el día, pero ni muchos más ni rápidos

Desde su última reunión de abril, los miembros del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo habían prometido por activa y por pasiva que en junio procederían a ejecutar el primer descenso en los tipos de interés. Sin embargo, los datos recientes no lo ponen precisamente fácil. La inflación ha bajado poderosamente desde aquel horrible 10,6% de octubre de 2022, pero el último tramo para anclarla en el objetivo –el 2%– está siendo correoso. Es más, podría incluso considerarse que estos datos son motivos suficientes para volver a subir los tipos otro cuarto, pero ¿cómo podrían desdecirse cuando han dado señales tan contundentes al mercado?

Los últimos datos de la inflación de la Eurozona, publicados el pasado viernes, muestran que en mayo se ha elevado la tasa interanual hasta el 2,6%, dos décimas más que el mes anterior. En cuanto a la inflación subyacente, también se incrementó en dos décimas, quedando en el 2,9%. Ahondando en el interior del IPC, puede observarse que el sector servicios es en gran medida el culpable de estos incrementos, manteniendo una inflación rígida, que ha pasado del 3,7% al 4,1%.

El mercado laboral de la Eurozona, por su parte, sigue mostrando mucha fuerza: se crea empleo, hay escasez de mano de obra y los salarios se han incrementado un 4,7% en el primer trimestre de 2024. Por su parte, el PIB de la Eurozona se expandió un 0,3% en ese periodo, tras cinco trimestres consecutivos de contracciones, estancamientos o de crecimientos muy débiles.

Además, la fortaleza de la economía de EEUU ha hecho que la Reserva Federal enfríe considerablemente las expectativas de reducción de tipos allí. Pese a ello, las cabezas del BCE, desafiantes, han mantenido que “Lo que haga la Reserva Federal no determinará las razones para un recorte de tipos por parte del BCE”. Pero es absurdo pensar que no valoran la posible depreciación del euro y el impacto en la inflación por el encarecimiento de las importaciones de la eurozona.

Todo lo anterior jugaba en contra, pero el BCE finalmente cumplió: ayer anunció que bajaba un 0,25% el tipo oficial del dinero, quedando el tipo principal de financiación en el 4,25%, y en el 4,5% y el 3,75% la facilidad de crédito y de depósito, respectivamente. No obstante, la presidenta, Christine Lagarde, fue tajante aclarando que en modo alguno esto significa que le sigan necesariamente más recortes. Los mercados esperaban ocho sucesivos y ahora descuentan solo dos en todo 2024.

Los discursos en los días previos ya recogían esta misma retórica. Sin desdecirse de esta bajada de junio, los miembros del Consejo de Gobierno habían empezado a subrayar que “el proceso de desinflación se ha desacelerado”. Así se manifestó hace unos días Isabel Schnabel, dejando caer que en julio será muy difícil que se produzca otro descenso.

Reunión a reunión irán decidiendo, según evolucione el cóctel integrado por el PIB, la inflación, lo que hagan otros bancos centrales y posibles ingredientes que aparezcan sorpresivamente. Pero, de momento, el camino de la reducción se ha vuelto más lento y más largo. Los tipos de antes de 2022 van quedando en un recuerdo lejano, como algo muy extraño.

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