Con todas las pantallas monstruosas que hay en cada casa, hoy es de esos días por lo que merece la pena haberse agenciado un cristal tan grande en el salón. Ya se sea madridista o no, una final de Champions es un espectáculo total por lo que se vive en las gradas (ahora podemos reconocer espectador por espectador y curiosear en sus reacciones), por lo que se vive en el césped y por lo que se respira en el aire: drama, emoción, las cursiladas que se dicen en estos casos. Pero sí, es una noche que va más allá de lo que dicte el marcador y el juez más imprevisible que es el propio balón. El espectador en casa puede elegir el plano, sentirse parte del graderío o ser casi un jugador más. Las posibilidades técnicas, en la definición de la imagen y en los detalles que pueden aportar drones o cámaras empotradas, permiten una experiencia audiovisual que era un sueño imposible décadas atrás.

Sólo hay que repasar por Youtube las voluntariosas retransmisiones de partidos europeos por variopintos países a principios de los 80, por ejemplo, para comprobar lo lejano que están realmente esos tiempos y cómo se veía y vivía el fútbol. Los partidosque podían seguir 15 ó 20 millones de españoles por entonces, asomados a pantallas curvas y mal contrastadas en el comedor o en el bar, contaban con la realización de apenas cinco o seis cámaras, tal vez como mucho, y unos planos en ocasiones tapados por el propio público en el estadio. Unas retransmisiones que eran como haberse colado sin entrada en el estadio, con pocos planos detalle y planos generales donde era hasta difícil distinguir las camisetas. Hace 40 años incluso en Andalucía nos perdíamos medio tiempo del partido de la Eurocopa en el que España pasaba a semifinales ante Alemania por no sé qué del repetidor del Guadalcanal. Dramas caseros que pasaban entonces con cierta frecuencia.

El fútbol ha cambiado tanto como la propia televisión. Eventos para ver en compañía, por cierto, ahora que lo vemos todo a solas.

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