Cultura

Del odio al extraño en la gran pantalla

El pasado 2 de marzo se alzaba como triunfadora de cartel la elogiadísima 12 años de esclavitud, que si para unos es la película que abre un nuevo ciclo en el que se pretende que esto de recordar este reciente estigma de la historia vaya a más, para otros es justo lo contrario; lo clausura.

Si alguien desea, realmente, conocer la historia del sufrido protagonista de esta historia, que lea su biografía, uno de esos libros que no se editan en nuestro país hasta que sale la película. Descartada su fidelidad a la historia (hace falta recalcar que el quiera enterarse de algún hecho real en su totalidad, que no acuda al cine para ello), queda el relato de un esclavo. 12 años de sufrimiento, 12 años de infierno, 12 años de latigazos...lo que importa es extremar la dureza y la emotividad que con ello despierta esta historia. El filme no puede ser otra cosa que el máximo exponente de la esclavitud en el cine; tiene todo lo que cabe del género, y lo que no cabe, también lo tiene. Por eso es una película fallida; porque recoge la fuerza emocional de todas aquellas películas que han tratado el tema del racismo, la discriminación y la esclavitud, pero no la reproduce.

La rabia que suscita ver como se inflige ese dolor psicológico y físico en una persona, uno la puede sentir elevada al cubo en la gloriosa Arde Mississippi, esa feroz reconstrucción del salvajismo sureño durante los años de J.Edgar Hoover al frente del FBI. En aquella película, hay una escena imborrable en la que unos simpatizantes del Ku Klux Klan irrumpen en la casa de un campesino negro, quemándola, para luego colgar de un árbol a su dueño mientras su hijo contempla su cadáver con el humo de todo lo que conocía adentrándose en sus pulmones. Rabia, horror y vergüenza convergen en ese preciso instante. Los espectadores han sido concienciados del horror social mientras, con una fiereza descomunal, la cinta se recrea en otro tipo de horror, uno físico, desconcertante en todos los sentidos. 12 años de esclavitud presume de una brutalidad visceral. Eso en la teoría. En la práctica, el significado de su violencia se simplifica: es mala. A la ganadora del Oscar Lupita Nyong'o, en una de las escenas, se la somete a una intensiva sesión de latigazos, que desgarran la carne de su espalda de forma hiperrealista, mientras sus llantos ahogan la pantalla. Descarnado, cruel, horroroso, pero puede ser que estrenada 40 años (y olvidando claro la magnífica serie Raíces) pareciese algo más impactante. La indiferencia en este caso, es la enemiga de la virtud, y 12 añosde esclavitud no radicaliza su esencia, sencillamente, porque ya lo ha sido. Pero ni por su director ni sus magníficos protagonistas; por su pasado, uno mucho más reciente.

Arde Mississippi es capaz de priorizar la brutalidad de sus imágenes y la carga subversiva del relato según le convenga. Irremediablemente, una va ligada a la otra, pero el horror descrito se transmite de forma distinta. Alan Parker, que ya despertaba la rabia y la vergüenza del espectador en Expreso de medianoche, aquí lo repite sin recurrir a excesos sentimentaloides, a conversiones de personalidad excesivamente pastelonas, o a personajes estrafalarios que restan verosimilitud al relato, elementos en los que es muy fácil caer dentro del género (por ejemplo, el terrateniente interpretado por Michael Fassbender en 12 años de esclavitud, aunque descrito con maestría por el actor, en algunos momentos su psicopatía se refleja accidentalmente como algo paródico). Si en aquélla Parker narraba el sinvivir de un americano en una prisión turca, y aprovechaba la coyuntura para hacer demagogia y cambiar radicalmente la necesidad de castigo por la necesidad de libertad (atribuible a su guionista, Oliver Stone), en Arde Mississippi encuentra un equilibrio donde el discurso social es muy cercano a la realidad, ni muy empalagoso ni forzado.

La cálida atmósfera que se respira se debe tal vez a lo inhóspito, a la imprevisibilidad de esas gentes que en una noche, si les place, pueden masacrar a toda una familia negra, y luego, es como si, en cierto modo, esa calor apagara las llamas de sus crímenes, pues es un calor humano, el de una comunidad que apoya la vejación, la violación, el asesinato y la tortura si el que es objeto de ellas es de raza de negra. Cuando los agentes interpretados por Gene Hackman (pletórico) y Willem Dafoe bajan a este trastero de la civilización, ya sienten la inutilidad de sus actos, pues pesa una fuerza mayor sobre ellos, porque en este caso, hacer el bien no erradica el mal.

En En el calor de la noche se trabaja desde un punto de vista más general, como si la indiferencia ante el racismo no hiciera más que promover su expansión. Por ello conciencia a la vez que sigue con detalle una investigación policial, que, tanto para bien como para mal, queda bastante solapada por la relación entre los dos protagonistas, unos estupendos Sydney Poitier y Rod Stieger, que idealizaría la pareja de agentes de Arde Mississippi. Surge la complicidad como fruto de admiración, desarrollada con credibilidad, puesto que ambos policías se acaban admirando mutuamente, al asistir a semejante despliegue de profesionalidad, pese a que la intolerancia chocara en un principio.Se sacrifica la violencia física por una dureza verbal incluso más punzante, más desgarradora que cualquier insulto, pues aqui se busca la humillación total de la persona.

Steve Mcqueen, director de 12 años de esclavitud, achacaba a la vergüenza hacia el pasado la falta de películas sobre la esclavitud. Tal vez sea porque a la sociedad todavía le cuesta digerir un presente salpicado un estigma tan reciente, que hoy en día, permanece en su memoria como si fuera ayer.

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