Cultura

Brendel cultiva su jardín

  • Acantilado publica los ensayos que el pianista, que pertenece a la estirpe de los músicos humanistas, escribió a lo largo de medio siglo, entre 1954 y 2004

El pianista austríaco Alfred Brendel, en una imagen tomada en su estudio. El pianista austríaco Alfred Brendel, en una imagen tomada en su estudio.

El pianista austríaco Alfred Brendel, en una imagen tomada en su estudio.

Nacido en la Checoslovaquia de entreguerras, el pianista austriaco Alfred Brendel (Vízmberk, 1931) pertenece a esa estirpe de los músicos humanistas, menos común de lo que pudiera pensarse, capaces de dirigir su voraz curiosidad hacia todo lo que tenga que ver con el mundo de las artes y del pensamiento. Brendel lo hace además desde puntos de vista muy diferentes, la del analista profundo, la del divulgador y conversador erudito y ameno, siempre cargado de sentido del humor, la del perspicaz reseñista de arte y literatura o la del poeta, faceta esta aún prácticamente inédita en español.

Retirado de los conciertos en el año 2008, su casa de Londres no deja de recibir visitas de jóvenes interesados en su forma de concebir el arte musical, tan alejado del exhibicionismo estéril como de la abstrusa pedantería o la trascendencia tramposa y vacua. Como pianista, las maneras de Brendel fueron siempre las de un espíritu clásico, capaz de mantener sus interpretaciones en perfecto equilibrio entre forma y emoción. En Brendel todo tiende a la claridad, al desentrañamiento de los complejos procesos que conducen a la creación, para presentar esta de la forma más comprensible al espectador, y eso es aplicable tanto a su manera de tocar el piano como a su forma de escribir. Brendel escribe como tocaba.

Acantilado había publicado ya un librito encantador del músico en el que esto quedaba meridianamente claro, De la A a la Z de un pianista, obra en la que llegaba a exclamar en medio de una diatriba contra los extremismos: "¡Cultívense los espacios intermedios!". El cuidado que el pianista ponía en destacar las voces medias para clarificar lo más posible las texturas de las obras que interpretaba es el mismo que el ensayista pone en desbrozar la hojarasca analítica para ir directo al meollo de lo que le interesa, que expone con absoluta claridad, sin medias tintas, sin metáforas infantiles, pero sin oscurecer innecesariamente lo que ya es de por sí complejo. Una claridad que, obviamente, funciona a varios niveles: hay ensayos pensados para los músicos y otros que pueden llegar incluso a los aficionados menos eruditos, pero incluso de los textos más especializados cualquier persona con interés puede sacar provecho. Uno lee, por ejemplo, los ensayos sobre Beethoven o sobre las últimas sonatas de Schubert y, si lo hace con atención, entre los ejemplos y las referencias estrictamente técnicos halla una cantidad de información y de detalles de carácter o expresión que de la lectura sale necesariamente enriquecida su visión de esas obras.

No están aquí todos los ensayos sobre música de Brendel, pues la edición de Acantilado parte de una publicación muniquesa de 2007 (de título en alemán idéntico al de este volumen español), y desde entonces se han publicado bastantes más, pero el contenido (que abarca piezas escritas a lo largo de medio siglo, en concreto, entre 1954 y 2004) es más que significativo, y permite hacerse una idea del pensamiento de un músico que, sencillamente, habla de lo que sabe, profundizando en la obra de los compositores que más interpretó desde el piano: Mozart, Beethoven, Schubert (el amplio y lúcido ensayo sobre las últimas sonatas del vienés puede considerarse el centro neurálgico de todo el libro) y Liszt, aunque también hay espacio para Haydn o Schumann y para sus reivindicaciones de autores y obras no tan célebres ni prestigiosos, como Busoni o el Concierto para piano de Schoenberg.

De hecho, el texto más antiguo está dedicado precisamente a Busoni. Fue escrito en 1954, en el trigésimo aniversario de la muerte del compositor, y en él, un Brendel de 23 años reivindica la figura de Busoni justamente, y entre otras cosas, porque "su ejecución pianística es el triunfo de la reflexión sobre la bravura". Este ensayo de apenas siete páginas admira tanto por la penetración del juicio como por la limpieza de la escritura del entonces joven pianista, lo que será ya una marca de identidad de toda su obra ensayística. Contemplado desde su retiro actual, puede afirmarse que Brendel ha pasado estos 60 años cultivando su jardín con la misma limpieza formal y la formidable claridad mental que mostraba ya a los 23.

La ordenación de los ensayos no es cronológica, sino temática. A los dedicados a los compositores y sus obras, que ocupan aproximadamente el 80% del volumen y se presentan en estricto orden temporal (de Mozart a Schoenberg), siguen algunos sobre intérpretes: el director Wilhelm Furtwängler y el pianista Edwin Fischer, a los que Brendel admira. Luego, una miscelánea en la que caben desde la reseña denostadora de un descuidado diccionario de música al elogio de una joven violinista (Lisa Batiashvili, 22 años cuando fue escrito el artículo, en 2001). La obra se cierra con varios textos en formato entrevista (una de ellas, una conversación interesantísima con Konrad Wolff sobre la escuela de interpretación de otro pianista célebre, Arthur Schnabel) y diversos discursos de agradecimiento. La traducción de Juan Luis Milán es impecable en todo lo que atañe a la terminología musical, algo tan descuidado más veces de lo razonable por algunos editores españoles. Acantilado vuelve a aportar nervio y hondura a la magra industria de la edición de libros de música en español.

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