Ryder de plata

Golf | 25 aniversario de la Ryder de Valderrama

Este lunes se cumplen 25 años del comienzo de la Ryder Cup de Valderrama, en San Roque

La voluntad inquebrantable de Jaime Ortiz-Patiño y Seve Ballesteros hizo posible aquel sueño

El equipo europeo y Jaime Ortiz Patiño, con el título en 1997
El equipo europeo y Jaime Ortiz Patiño, con el título en 1997
Rubén Almagro

26 de septiembre 2022 - 02:03

Este lunes se cumplen nada menos que 25 años del comienzo del acontecimiento deportivo más importante que haya albergado el Campo de Gibraltar. Posiblemente uno de los más relevantes que se hayan celebrado en España, junto al Mundial de fútbol de 1982 y los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992: la XXXII Ryder Cup de golf que se escenificó en el Real Club de Golf Valderrama, en Sotogrande, San Roque. La primera que se disputaba fuera de Estados Unidos o Gran Bretaña, un testigo que años más tarde recogerían Italia y Francia. El equipo europeo venció 14'5 a 13'5 al norteamericano. Un resultado marcado por el último partido de la jornada dominical, en el que Colin Montgomerie, con la mirada cómplice de Seve Ballesteros, concedió el último putt a Scott Hoch y logró medio punto imprescindible.

Era un viernes 26 de septiembre de 1997. El comienzo de un fin de semana que arrancó con el debut del extinto CB Los Barrios en la entonces súper prestiaga LEB Oro en el Samuel Aguilar frente al Lucentum Alicante y que finalizó con un Balona-Algeciras CF en el Municipal de La Línea, que, en medio de tanto ruido, por poco no pasan desapercibidos.

La comarca, que llevaba años esperando y trabajando para ese momento, amaneció literalmente inundada, incomunicada entre muchos puntos. No hubo muertos, ni heridos graves, ni siquiera pérdidas económicas irreparables por culpa de las precipitaciones. Y sin embargo la tromba de agua de aquella madrugada ocupa un lugar en la historia del deporte mucho más allá de nuestros límites. Aquellas lluvias torrenciales obligaron a retrasar una hora y cuarenta minutos el comienzo de la Ryder Cup. Solo Valderrama hubiese podido resolver aquella crisis en ese tiempo récord.

Aquella edición de la Ryder, la competición golfística por equipos por excelencia, tuvo como escenario el mítico campo de los altos de Sotogrande. Un sueño hecho realidad por mor de la inquebrantable voluntad del entonces propietario del club, el añorado Jaime Ortiz-Patiño, y del inmortal Severiano Ballesteros, que hizo de mucho más que de capitán del equipo anfitrión. Sólo le faltó jugar. De hecho, Seve pasó a la historia como la primera persona que conquistaba el título como capitán tras haberlo conseguido como jugador. El de Pedreña determinó que Miguel Ángel Jiménez ejerciese de vicecapitán.

La composición del equipo europeo desató una fortísima polémica como consecuencia de la exclusión (a pesar de que tenía derecho por ranking) del madrileño Miguel Ángel Martín por culpa de una lesión que le había impedido competir desde julio. Aunque no jugó, la PGA le restituyó sus derechos a pocos días del comienzo, posó en la foto oficial y aquel equipo será recordado siempre como La Europa de los trece, que, por entonces, era el número de países que componían la CEE.

Con todos esos condicionantes, jugaron por Europa: Colin Montgomerie, Darren Clarke, Bernhard Langer, lan Woosnam, Per-UIrik Johansson, Lee Westwood, Ignacio Garrido, Thomas Bjorn, Constantino Rocca, José María Olazábal (por Miguel Angel Martín) y, por elección del capitán, Nick Faldo y Jesper Parvenik.

El equipo norteamericano estaba capitaneado por Tom Kite, un tipo tan famoso en Estados Unidos, más allá del deporte, que incluso protagonizó un capítulo de Los Simpson. Formaron aquella escuadra: Tiger Woods (que ganó solo con un punto y medio de cinco posibles, además de Constantino Rocca en los individuales del último día), Justin Leonard, Tom Lehman, Davis Love III, Jim Furyk, Phil Mickelson, Jeff Maggert, Mark O'Meara, Scott Hoch, Brad Faxon y, por elección, Lee Janzen, Fred Parejas.

El jueves 25 de septiembre de 1997 San Roque se había comenzado a convertir en el epicentro de todas las miradas. En la capital mundial del golf, como se afirmaba pomposamente en aquellos momentos. Los entonces reyes de España, Juan Carlos I y Sofía, presidían ante nada menos que 20.000 espectadores la inauguración oficial, preñada de liturgia olímpica, en la que no faltó el desfile de los equipos de Europa y Estados Unidos y en el que la comarca sólo contó con un alcalde, el sanroqueño Andrés Merchán. El presidente de la Junta, Manuel Chaves, el de la Diputación en aquel momento, Rafael Román, y la entonces ministra de Educación y Cultura, Esperanza Aguirre, ocupaban lugares de privilegio.

El comienzo del juego no era más que la culminación de seis años de advertencias continuas de que llegaba a Valderrama un acontecimiento que ni gran parte de los ciudadanos de la comarca ni, lo que es peor, la totalidad de los políticos, fueron capaces de entender. Lo que, por añadidura, les impidió rentabilizarlo como hubiese sido preceptivo. Baste como ejemplo que setenta kilómetros de cableado llevaron, a través de trece canales, las imágenes de la competición a unos 700 millones de personas en todo el planeta.

Este torneo ideado en 1926 por Samuel Ryder, el desocupado hijo de un comerciante de maíz de Manchester, para "defender el honor del golf británico" está considerado el cuarto en impacto mediático a nivel mundial, sólo por detrás de los mundiales de fútbol y atletismo y de los Juegos Olímpicos. Sin embargo, la mayoría de los que lo siguieron por televisión y prensa acabaron por no saber si se jugaba en Valderrama o en Sotogrande y si estas indefinidas ubicaciones estaban en Cádiz o Andalucía o cuál de ellas era el todo y cuál la parte. De San Roque, nada. La empresa patrocinadora, Johnnie Walker, hizo lo imposible, bien por voluntad bien por desconocimiento, para que así fuese.

Además de un impresionante despliegue, sobre todo de la Guardia Civil, 1.014 voluntarios (137 de Algeciras, 109 de La Línea, 80 de San Roque y ocho de Los Barrios representaban a la comarca) velaron para que los alrededor de 50.000 espectadores que acudieron cada día al campo pudiesen disfrutar del espectáculo.

Entre los que se dejaron ver en calidad de espectadores, algunos casi levantaron más revuelo que los propios jugadores. Fue el caso del baloncestista Michael Jordan -que recibió un trato de monarca- del actor Michael Douglas o el ciclista Miguel Indurain. Ni la llegada del entonces presidente de la Comisión Europea, Jacques Santer, ni el del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch o de George Bush padre, ex presidente de EEUU, supuso tanto para la mayor parte de los que habían adquirido sus entradas como el de los antes mencionados.

Las carreteras fueron, con mucho, el talón de Aquiles de aquella Ryder. En un alarde de previsión, el ministro José Borrell había denegado el apoyo del gobierno socialista unos años antes para el desdoblamiento de la Carretera Nacional 340 entre Estepona y Guadiaro por considerarlo innecesario. La consecuencia fue que la Guardia Civil se veía obligada durante la noche a colocar conos en dicho trazado para crear un tercer carril artificial, que facilitaba el acceso a Sotogrande. Hacia la mitad de cada jornada esa vía cambiaba de dirección para favorecer la salida en dirección Málaga. Hasta dieciséis kilómetros de colas se registraron algunos días.

El desplazamiento desde los diferentes aparcamientos hasta las inmediaciones del campo se convirtió en el principal obstáculo, especialmente al final de cada jornada, cuando los aficionados abandonaban de forma masiva las instalaciones.

El gran desembarco de entusiastas desde todos los puntos del mundo (10.000 del Reino Unido, 5.000 de Estados Unidos) puso patas arriba el mundo hotelero, poco dado entonces a este tipo de retos. La leyenda afirma que se pagaron desde medio millón (3.000) hasta dos millones de pesetas (12.000 euros) por alquilar durante una semana uno de los chalets de Sotogrande. Cinco grandes transatlánticos atracaron en el puerto de Algeciras para hacer las veces mitad de residencia mitad de casino.

A primera hora de la tarde del domingo 28 la Infanta Elena, en presencia del presidente del gobierno, José María Aznar, entregaba a Seve Ballesteros la Copa Ryder, cuyo triunfo había revalidado Europa en una última jornada de infarto a la que había llegado con cinco puntos de ventaja que estuvieron a punto de esfumarse.

Años después, Nacho Garrido dijo en el diario El Mundo: “Recuerdo las celebraciones y que no podíamos avanzar, la gente nos paraba, nos tocaba, querían nuestras gorras, hasta los jerséis... Era una locura”.

Chema Olazábal explicaba: “Para mí fue una Ryder Cup muy especial: después de todas las que habíamos compartido Seve y yo formando pareja, era la primera vez que jugaba con él como capitán. Seve estuvo pendiente de todo. Nos exigió mucho, lo mismo que siempre se había exigido a sí mismo y estuvo encima de todos los jugadores.

“Seve estudió el juego del equipo estadounidense en profundidad y preparó el campo de manera que todos jugásemos desde la misma zona para tener las mismas oportunidades, y con la ayuda del Pisha [en referencia a Miguel Ángel Jiménez], su mano derecha, acertó de lleno en la elección de las parejas. Nos transmitió la pasión que ponía en todo lo que hacía y fue un gran capitán”, recordaba Olazábal con motivo del vigésimo aniversario. Este lunes ya son 25 los años que han transcurrido. Y aún parece que fue ayer.

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