Su Majestad
Cuentos del Natal
Servidumbres del reinado, a aquel impertinente con chaqueta se le había metido en las mientes poner la música tediosa, repleta de coros gritando y reconocible sólo en un fragmento, con el famosísimo: “¡Aaaleluya! ¡Aaaleluya!”, como fondo de las recepciones por todo el tiempo que su presencia Real había sido solicitada allí. Qué coñazo de música, excepto en los pasajes suaves en los que sólo la voz de un cantante de ópera surgía para recordar que seguía allí y seguiría hasta que el encopetado señor quisiere. Entonces sonaba “¡Aaaleluya! ¡Aaaleluya!” y algunas señoras, esperando su turno, movían la cabeza con cara de inteligentes como si reconocieran la “canción” y tuvieran que justificar ese reconocimiento: “¡Aaaleluya! ¡Aaaleluya!”.
La costumbre le hizo asumir el poder de mover una mano y conseguir así, de forma automática, el saludo de la multitud que le aguardaba impaciente. Los niños ensimismados abrían los ojos a su paso ahítos de gloria. La tarde, estallando de luces artificiales, se derramaba sobre ellos con la frialdad de los astros hiemales. El aire helado les recibía a todos, al Rey y a los súbditos, y la tarde de dicha se iba convirtiendo en noche. Por algunas esquinas rondaba el humo lento y gordo de las castañeras vendiendo calor y dulce para las almas ateridas.
De pronto, al filo de una cena tardía, desaparecía la gente y el Rey acababa su jornada. Tras el último saludo, la postrera pleitesía, Su Majestad quedaba solo y el personal de alrededor cesaba en su servicio, Su Majestad ya era parte del decorado Real. Y quedábase unos instantes quieto, agotado, pensativo. Después poníase en pie y con todo boato arrastraba sus ropajes hasta el interior del edificio anfitrión. Salía de allí delgado, con unos vaqueros, sin barbas ni corona, caminando desvalido entre los transeúntes noctivagos que rompían las nieblas de los castañeros. Nadie le hablaba cortésmente; ningún niño, los pocos que seguían por las calles, le miraban con los ojos grandes; aunque hubiera alzado la mano mil veces nadie le habría contestado; y algunas señoras mayores, ahora, se apartaban de su camino reconociéndolo como malencarado y pobre. Él, despistado y harto, pararía, al bajarse del autobús, a tomarse unos tintos en el bar, en la barriada, y ya pensaba en el paro y la mala vida de enero. De lejos, en algún lugar, se oía el sempiterno: “¡Aaaleluya! ¡Aaaleluya!”.
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