Elogio del imbécil
Al sur del Sur
El futuro depende de los imbéciles y el mejor amigo del hombre es un tonto, concluye Pino Aprile. Y a los hechos nos remitimos
Se cuestionaba Pino Aprile en su Elogio del imbécil sobre las razones que llevan a que los seres humanos, presuntos homo sapiens, se comporten en muchas ocasiones conscientemente como auténticos estúpidos. Partiendo de las investigaciones de Charles Darwin y Konrad Lorenz, el veterano periodista y pensador italiano vino a decirnos que esta involución de la especie responde a un determinismo cultural: el temor a quedarnos aislados frente al avance de los necios en un mundo donde se margina a los más talentosos y se premia a los mediocres. Al fin y al cabo, desde Aristóteles, somos y seremos animales sociales.
Así pues, a la hora de depositar el voto en unas elecciones, no elegimos a los líderes más inteligentes, preparados y honrados, sino a los que se han adaptado mejor a ese perverso ecosistema. A fuerza de querer igualarnos en cretinismo, al final optamos por que nos lideren quienes más creemos que se parecen a nosotros, en tontunez, se entiende. El futuro depende de los imbéciles y el mejor amigo del hombre es un tonto, concluye Aprile. Y a los hechos nos remitimos: si la policía detiene a dos ladrones que acaban de atracar de forma simultánea un supermercado, el juez siempre tratará con mayor indulgencia al más estúpido de ellos y buscará cualquier argumento para aplicarle una eximente en la sentencia; al más listo, en cambio, le caerá una condena más severa. ¿Por qué? Por eso mismo, por listo. O listillo. No será cosa del juez, a decir verdad, sino de la aplicación de las leyes que nuestros representantes -elegidos en comicios, recuérdese- han aprobado.
Trump demuestra que nos encaminamos de regreso a las cavernas con el rabo entre las piernas, hacia el poder del más fuerte sobre el débil
Cuentan que Churchill, tras contribuir a derrotar a la Alemania nazi con decisiones clave y con sus convincentes discursos -"blood, toil, tears and sweat" (sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor)- no pudo reprimir una maldición ante el mayordomo que le despertó la mañana en la que se anunció su derrota en las elecciones a la reelección como primer ministro: "Qué ingrato es el pueblo", masculló con rencor. O tonto, debió pensar. Claro que también por aquí tuvimos a un alcalde que proclamó algo parecido tras perder el sillón de regidor, aunque la verdad es que no había entendido nada de nada.
Ironías aparte, que un tipo como Donald Trump -y su amplia corte de descerebrados- se haya erigido en jefe de medio Mundo es la demostración palmaria de que nos encaminamos de regreso a las cavernas con el rabo entre las piernas. Hacia el poder del más fuerte sobre el débil. El Derecho Internacional y el multilateralismo, como lección surgida y obligada tras los horrores de la II Guerra Mundial, se han difuminado ante el ataque militar sufrido por Venezuela. La amenaza se cierne también sobre otros países, sean Colombia o Dinamarca. O Taiwan, a manos de China, cuyo régimen se ha animado a hacerse a las bravas con ese próspero miniestado ante la escalada prebélica del presidente de EEUU y la ausencia de una reacción de condena por parte de la ONU. Como ocurre con Gaza o Ucrania.
La pregunta clave como país -y como ciudadanos individuales- es en qué lado de la historia queremos figurar, si en el de los nuevos zares -Trump, Putin, Netanyahu...- o en el de los supervivientes a contracorriente. Quizá no por supervivencia, pero sí por dignidad.
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