La cueva del Cancho de Navahermosa

Observatorio de La Trocha - Nuestro arte prehistórico

Modesta en tamaño y discreta en su apariencia, esta covacha alberga un conjunto de representaciones rupestres que la convierten en una pieza clave para comprender el arte prehistórico del sur peninsular

Vista frontal de la Cueva del Cancho de Navahermosa, en Castellar de la Frontera.
Vista frontal de la Cueva del Cancho de Navahermosa, en Castellar de la Frontera.
Hugo Alberto Mira Perales
- Especialista en arte prehistórico de la Asociación La Trocha y consejero de número de la 2ª sección (Arqueología, Etnología, Patrimonio y Arquitectura, en el IECG. Miembro del grupo de investigación PAI-HUM 1130, del comité ejecutivo de la revista 1902 COMMITTEE, y del Proyecto First Art.

23 de enero 2026 - 04:02

En el extremo meridional de la península ibérica, allí donde Europa parece casi rozar África y donde el paisaje se debate entre el Mediterráneo y el Atlántico, se conservan algunos de los testimonios más antiguos de la creatividad humana. Entre ellos destaca la cueva del Cancho, un pequeño abrigo rocoso situado en el término municipal de Castellar de la Frontera. Aunque modesta en tamaño y discreta en su apariencia, esta covacha alberga un conjunto de representaciones rupestres que la convierten en una pieza clave para comprender el arte prehistórico del sur peninsular.

La cueva del Cancho forma parte de un amplio mosaico de yacimientos con arte rupestre distribuidos por el Campo de Gibraltar y las sierras próximas. Este conjunto, a menudo menos conocido que otros grandes focos peninsulares, posee sin embargo una enorme relevancia científica. Sus manifestaciones artísticas se relacionan tanto con las tradiciones locales como con el denominado arte rupestre del arco mediterráneo de la península ibérica, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. Esta conexión sitúa a la cueva del Cancho en una red cultural y simbólica que trascendía ampliamente el ámbito local.

Desde el punto de vista geológico, el abrigo se formó por la erosión de la roca arenisca, un material relativamente blando que, a lo largo de miles de años, fue modelado por el viento, el agua y los cambios de temperatura. El resultado es una pequeña cavidad abierta en la Loma de Cantaraz, cerca del Cortijo de Navahermosa y en un entorno especialmente rico en vestigios prehistóricos, como la cercana Cueva de los Números o la Cueva del Cambulló. Esta concentración de yacimientos sugiere que la zona fue intensamente frecuentada por grupos humanos desde épocas muy tempranas.

Calcos de H. Breuil y matrimonio Topper.
Calcos de H. Breuil y matrimonio Topper.

El paisaje que rodea la cueva del Cancho ayuda a entender por qué estos grupos eligieron este lugar. Se trata de un territorio de suaves lomas, cursos de agua cercanos y abundantes recursos naturales. En la prehistoria, estas condiciones habrían favorecido tanto la caza como el pastoreo incipiente, además de ofrecer refugios naturales para protegerse de las inclemencias del tiempo. Las cuevas y abrigos no solo servían como espacios habitacionales ocasionales, sino también como escenarios para actividades simbólicas y rituales.

La primera referencia científica a la cueva del Cancho se remonta a 1929, cuando el prestigioso arqueólogo francés Henri Breuil la incluyó en su obra Rock paintings of Southern Andalusia. A description of a neolithic and copper age Art Group. Breuil, una de las figuras más influyentes en el estudio del arte rupestre europeo, describió entonces la presencia de dos figuras zoomorfas y un grupo de puntos pintados sobre la pared del abrigo. Aunque su descripción fue breve, bastó para situar a la cueva del Cancho en el mapa de la investigación prehistórica. Décadas más tarde, en 1975, el investigador alemán Uwe Topper visitó de nuevo el abrigo y confirmó la existencia de las representaciones señaladas por Breuil. Además, identificó otras dos figuras que habían pasado desapercibidas o no habían sido descritas con anterioridad. Gracias a esta revisión, el conjunto rupestre del Cancho ganó complejidad y despertó nuevas preguntas sobre su significado, su cronología y su función dentro del contexto regional. Los dos investigadores plasmaron en sus calcos lo que cada uno pudo ver en el enclave, hay diferencias notables entre los dos calcos, algo que no es lógico cuando las representaciones son en este caso claras y el conjunto contiene pocos motivos.

Las pinturas de la cueva del Cancho están realizadas con un pigmento de color rojo intenso, un tono muy común en el arte rupestre prehistórico. Este color se obtenía generalmente a partir de óxidos de hierro, minerales abundantes en la naturaleza y fáciles de transformar en polvo mediante procesos sencillos de molienda. Mezclados con agua, grasa animal u otros aglutinantes, estos pigmentos permitían crear pinturas duraderas, muchas de las cuales han llegado hasta nuestros días pese al paso de milenios. El conjunto conservado en el abrigo es reducido, pero no por ello menos interesante. En una de las paredes se agrupa un conjunto de puntos rojos, dispuestos de manera aparentemente intencionada. Junto a ellos se identifican varias figuras esquemáticas, entre las que destacan dos representaciones zoomorfas y una posible figura antropomorfa. La sencillez de las formas, lejos de restarles valor, refleja una tendencia común en el arte esquemático prehistórico, donde la esencia del motivo se impone al detalle naturalista.

 Fotografía de los diferentes motivos representados en la cavidad.
 Fotografía de los diferentes motivos representados en la cavidad.

La interpretación de estas figuras no es sencilla y ha sido objeto de debate entre los especialistas. Para Uwe Topper, el grupo de puntos y dos de las figuras carecen de una explicación clara. Sin embargo, las otras dos representaciones parecen sugerir, según su análisis, la imagen de un animal de carga o quizá una hembra preñada, así como una esquematización antropomorfa. Estas lecturas, aunque plausibles, deben tomarse con cautela, ya que el carácter esquemático del arte dificulta cualquier identificación definitiva. Más allá de la interpretación literal de las figuras, resulta fundamental preguntarse por su significado simbólico. En muchas culturas prehistóricas, las representaciones rupestres no eran simples decoraciones, sino elementos cargados de sentido. Podían estar vinculadas a rituales de caza, a creencias relacionadas con la fertilidad, a la transmisión de conocimientos o a la afirmación de la identidad del grupo. En este contexto, la posible imagen de una hembra preñada podría relacionarse con ideas de fecundidad y continuidad, mientras que la figura antropomorfa aludiría a la presencia humana dentro de ese universo simbólico. El grupo de puntos, por su parte, constituye uno de los elementos más enigmáticos del conjunto. Este tipo de motivos puntiformes aparece en numerosos yacimientos rupestres de la península ibérica y de otras regiones de Europa. Algunas teorías sugieren que podrían representar conteos, señales territoriales, referencias astronómicas o simples marcas rituales. Sin embargo, en ausencia de un contexto claro, cualquier interpretación sigue siendo hipotética.

Desde el punto de vista cronológico, las pinturas de la cueva del Cancho se inscriben de manera general en un marco que abarca desde el Neolítico hasta la Edad del Cobre, tal y como ya apuntó Henri Breuil en su estudio. Este periodo, caracterizado por profundos cambios sociales y económicos, fue testigo del paso de comunidades cazadoras-recolectoras a sociedades agrícolas y ganaderas. El arte rupestre de esta etapa refleja, en muchos casos, estas transformaciones y las nuevas formas de relación con el entorno.

La cueva del Cancho, como otros abrigos de la zona, probablemente no fue un lugar de habitación permanente. Su función estaría más bien ligada a actividades concretas, quizá de carácter simbólico o ritual. La elección de un abrigo visible en el paisaje, pero a la vez protegido, sugiere una intencionalidad en la ubicación de las pinturas. No se trataba de un espacio cualquiera, sino de un lugar con un significado especial para quienes lo utilizaron. A pesar de su importancia, la cueva del Cancho sigue siendo relativamente desconocida para el gran público. Su discreción contrasta con el enorme valor patrimonial que encierra. Como ocurre con muchos yacimientos rupestres, su conservación es frágil. La exposición a los agentes naturales, unida al riesgo de visitas incontroladas, hace necesaria una protección adecuada y una mayor sensibilización social sobre la importancia de este legado.

Tumbas antropomorfas próximas a la Cueva del Cancho.
Tumbas antropomorfas próximas a la Cueva del Cancho.

En los últimos años, la arqueología ha avanzado notablemente en el estudio y la documentación del arte rupestre gracias a nuevas tecnologías. Métodos como la fotogrametría, el análisis digital de imágenes o las técnicas no invasivas de datación permiten obtener información más precisa sin dañar las pinturas. Aplicadas a enclaves como la cueva del Cancho, estas herramientas podrían aportar datos clave para comprender mejor su origen y su significado. En este caso concreto de la Cueva del Cancho, se observan algunos restos y trazos que no se representaron por los dos investigadores antes citados, posiblemente no le dieron la importancia por no tratarse de motivos completos y se centraron en representar solo los motivos completos, más o menos claros.

Pero más allá del interés científico, la cueva del Cancho posee un valor cultural y simbólico incalculable. Representa un vínculo directo con las comunidades humanas que habitaron este territorio hace miles de años. Sus pinturas son, en cierto modo, un mensaje enviado desde la prehistoria, una muestra de la necesidad humana de expresar ideas, emociones y creencias a través de imágenes.

En un mundo cada vez más acelerado y tecnológico, detenerse a contemplar estas manifestaciones ancestrales invita a reflexionar sobre nuestros orígenes y sobre la continuidad de la experiencia humana. La cueva del Cancho nos recuerda que, mucho antes de la escritura y de las ciudades, ya existía un lenguaje visual capaz de transmitir significado y de dejar huella en el tiempo.

Proteger y difundir enclaves como este no es solo una responsabilidad de las instituciones, sino también de la sociedad en su conjunto. Conocer la cueva del Cancho es reconocer la riqueza histórica del territorio de Castellar de la Frontera y del conjunto de la provincia de Cádiz. Es, en definitiva, asumir que bajo nuestros pies y en las rocas que nos rodean se esconden historias que todavía hoy tienen mucho que contarnos.

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